Dos legados

 

                                                                                                     

La actual coyuntura, propiciada por la resistencia y la coherencia, es la mejor oportunidad que han tenido la nación y el estado cubanos para regularizar sus relaciones con los Estados Unidos.

A lo largo de la historia, con los recursos a su alcance, y bajo diversas condicionales, entre ellas los intereses de clases, los círculos políticos nacionales lograron impedir que la nación fuera absorbida por los Estados Unidos. La soberanía que hoy se ejerce no es una novedad, sino un resultado.

En el siglo XIX las fuerzas más avanzadas que hicieron suya la opción de la independencia, antes que derrotar a España tuvieron que neutralizar influyentes corrientes anexionistas. Ambas decisiones fueron reconocidas por la Resolución Conjunta, mediante la cual el congreso estadounidense, el 19 de abril de 1898 reconoció que: “El pueblo de la isla de Cuba es y de derecho debe ser libre e independiente”

A principios del siglo XX, bajo la ocupación norteamericana, se luchó contra la Enmienda Platt y por la salida de las tropas interventoras. Aunque no se logró todo, la bandera estadounidense fue arriada, sus militares evacuados, y la república proclamada. En 1925 Cuba recuperó la soberanía sobre la Isla de Pinos, y en los años treinta logró la derogación de la humillante Enmienda.

La Revolución, que a la reivindicación de la soberanía política sumó el rescate de las riquezas nacionales, hizo el resto.    

A finales del siglo XIX, José Martí, desde el interior de los Estados Unidos donde vivió durante 15 años, se esforzó tanto por impedir la excesiva influencia norteamericana en los asuntos cubanos, como para forjar con ese país una relación cordial basada en el reconocimiento de la soberanía cubana.

Tales posiciones fueron expuestas en la misma época y con idéntica claridad. La primera en la conocida carta inconclusa a Manuel Mercado escrita en los campos de Cuba el 18 de mayo de 1895, y la segunda en respuesta al The New York Herald el 2 de mayo del propio año. La diferencia radica en que la carta al amigo fue un documento privado, mientras la respuesta al editor norteamericano era pública y de segura repercusión política.

Convencido de que la relación con Estados Unidos era fundamental para la república que estaba punto de nacer, Martí ofreció una respuesta meditada, cuidadosamente redactada y oficial, carácter subrayado al colocar junto a su firma la de Máximo Gómez, Generalísimo del Ejército Libertador: “…Cuba ―señaló― quiere ser libre, para que el hombre realice en ella su fin pleno; para que trabaje en ella el mundo, y para vender su riqueza escondida en los mercados naturales de América…”

Antimperialista consecuente, José Martí se proyectó como el estadista conocedor de que una relación armónica y soberana de Cuba, tanto con Estados Unidos, como con Europa y América Latina, era imprescindible para la República; por ello fue meridianamente claro: …Para que trabaje en ella (es decir en Cuba) el mundo, y para vender su riqueza… en los mercados naturales de América (es decir de los Estados Unidos) su riqueza escondida…

Hoy, en una coyuntura promisoria e irrepetible, al presidente Raúl Castro le ha correspondido la enorme responsabilidad histórica de realizar los cometidos que, en este sensible tema, forman el legado de Martí.

La tarea encargada mediante la carta a Manuel Mercado está cumplida. Estados Unidos no pudo al fin caer sobre América con la fuerza de Cuba, sino todo lo contrario. Falta otro capítulo, el expuesto en condiciones igualmente dramáticas desde los campos de Cuba libre, en la carta enviada al importante representante norteamericano.

Se trata de una reiteración de la posición anticipada tres años antes, cuando al redactar el artículo séptimo de las bases del Partido Revolucionario Cubano, Martí precisó: “…El Partido Revolucionario Cubano cuidará de no atraerse, con hecho o declaración alguna indiscreta durante su propaganda, la malevolencia o suspicacia de los pueblos con quienes la prudencia o el afecto aconseja o impone el mantenimiento de relaciones cordiales…”

Al respecto, el Héroe Nacional dejó no uno sino dos legados: confrontar al imperialismo y mantener relaciones con los Estados Unidos. Al resistir al imperio, Cuba preparó el camino para convivir con él, no en bucólica armonía, sino en un razonable clima de cordialidad. Allá nos vemos.D