Debido a que no existe una ciencia política suficientemente imparcial, la izquierda latinoamericana y las concertaciones que asume están obligadas a examinar las circunstancias que la han conducido a lo que parece ser una debacle, diagnosticar sus males, y auto medicarse. Se trata de un ejercicio autocrítico en el cual los aliados, buenos para elogiar y consolar, son poco útiles para la crítica constructiva.  

En algún momento, en la práctica política latinoamericana se introdujo el hábito de que “la izquierda no critica a la izquierda”, fenómeno asociado a la idea de no sumar argumentos a los adversarios, y derivado de cierta sacralización de los liderazgos, lo que en conjunto empobrece el desempeño de los movimientos progresistas.

Ejemplo de ello son las reuniones y eventos políticos de los partidos y movimientos sociales, convertidos en torneos de oratoria o ferias, en los cuales los ponentes son portadores de saludos, consignas, y expresiones verbales solidarias, limitándose a celebrar éxitos más que a concebir y promover tácticas y estrategias de lucha y resistencia.

Un discurso monocorde y reiterativo se empeña casi exclusivamente en denunciar a los adversarios externos, y en culpar al monopolio mediático ejercido por la derecha, a la vez que son extremadamente raros los análisis, estudios, opiniones o trabajos académicos, que desde dentro de los procesos, como parte de su quehacer o provenientes de aliados y amigos, expresen críticas o sugerencias.

Al asumir las riendas de los gobiernos, los líderes progresistas de las últimas décadas se han esforzado por crear organizaciones y mecanismos de concertación estatales, a los cuales se procuró sumar la mayor cantidad posible de países. Tales entidades, obligadas a observar los preceptos del derecho internacional que impiden a unos gobernantes incursionar en los asuntos internos de otros los países; anula las posibilidades de diálogos constructivos.

Sin embargo, a pesar de existir suficientes experiencias al respecto, no hay un esfuerzo equivalente para crear instancias políticas no estatales, y no sometidas a las reglas jurídicas que obligan a los estados, dedicadas a desarrollar el pensamiento, diseñar tácticas y estrategias, e intercambiar experiencias, e incluso ejercer constructiva y discretamente la crítica.

Probablemente la ausencia de elaboraciones teóricas y debates políticos reales haya impedido crear las alertas necesarias para la formación de alianzas entre los gobernantes progresistas y la izquierda local, con los sectores y estamentos de la burguesía nativa, con los cuales es posible trabajar manteniendo las distancias y las salvaguardas que los preserven de ser absorbidos por ellos.  

Al asumir el poder los líderes populares, abrumados por la tarea, soslayan lo concerniente al trabajo de masas. Sin estructuras ni disciplina política los movimientos sociales se dispersan, y se convierten en simples electores. La prioridad concedida a la aplicación de políticas sociales no es acompañada con la habilidad para convertirlas en generadores de conciencia y compromiso.

Una década después de estar en el poder el PSUV no dispone en Venezuela de un diario de calidad, competitivo, y de circulación nacional, tampoco lo hizo el peronismo en Argentina, ni el MAS en Bolivia. En ese orden de cosas, en los años cincuenta la izquierda era más creativa.

A la falta de instrumentos políticos de concertación y diálogo se suma la inexperiencia, posiblemente conductora del diseño de políticas que guiadas por afanes de justicia, privilegian la aplicación de acciones sociales, más o menos asistencialistas, relegando las opciones de desarrollo, creación de puestos de trabajo, y avances en la economía interna.

En cualquier caso las primeras lecciones de los reveses en Venezuela, Bolivia y sobre todo Brasil, indican la necesidad de análisis a fondo, que probablemente sean más fecundos en la medida de su esencia colectiva, participativa e inevitablemente crítica y autocrítica.

La idea de liderazgos y de políticas infalibles está descartada, y la necesidad de concertación es obvia. Allá nos vemos.