Puticas fracasadas que gozan en lugar de sufrir

 

  fidel-en-la-plaza-de-la-revolucion  “Llora como mujer lo que no supo conquistar como hombre,” dicen que Boabdil el Chico, el último rey moro de España escuchó decir a su madre, musulmana que los cristianos llamaban Aixa y mujer de gran coraje, cuando se retiraba de Granada luego de entregar en 1492 las llaves de la ciudad a los Reyes Católicos y finalizaba la reconquista de la península ibérica.

    Frase célebre, haya sido real o invento de la leyenda popular. La historia me viene a la mente por lo que hace días me dijo mi amigo Frank, en camiseta deportiva y a punto de irse al gimnasio. Cuba entera se encontraba de luto y las cenizas de Fidel Castro, muerto días atrás, rememoraron su marcha triunfal de Santiago de Cuba a La Habana en enero de 1959, ahora de nuevo triunfante aunque en dirección contraria y llorado por su pueblo, aunque, como antes, admirado en cada pulgada de territorio por donde se desplazaba el jeep que lo conducía.

     Murió a los 90 años, en La Habana, y de la Plaza de la Revolución, donde por décadas concurrieron millones de cubanos a escuchar con atención sus extraordinarios y extensos discursos, partió sin que en un momento su pueblo abandonara en ciudades, caseríos y carreteras su cortejo fúnebre que se dirigía al cementerio de Santa Efigenia, en Santiago de Cuba,donde reposaría cerca de la tumba de otro gigante de la historia universal, José Martí, y de Frank País, sus compañero de lucha contra Batista.

     Muchos, pero muchos, en Miami, en esos momentos daban brincos de alegría, celebraban con barbiquiú y cervezas la caída del hombre que siempre los derrotó, al que nunca pudieron ganarle una batalla. El restorante Versailles era el centro de la ignominía que el mundo debía observar con asco, no por asunto de política, sino por sentimientos cristianos, por la cobardía que se escenificaba. Refulgían banderas y luces festivas y la televisión y los micrófonos querían ahora dar brillo a los que no tuvieron el valor de pelear y derrocar a quien cuya muerte celebraban.

     No recuerdo exactamente, pero Frank me dijo algo así como “Gozan como puticas en lugar de llorar por su fracaso ante ese gran hombre.”  Y fue cuando recordé la frase de la madre de Boabdil el Chico. Se la iba a recordar, pero guardé silencio porque mi amigo me preguntaba si no consideraba lo flojo que habían sido los periodistas que allí se encontrababan, con sus cámaras de TV y sus micrófonos mientras compartían aquella algarabía de risas e insultos para el hombre que murió no por alguna audaz acción de Miami o Washington, sino de forma natural, por obra del destino que a todos nos espera.

    Según mi amigo, debían haber preguntado a todos los que allí gozaban si estaban dispuesto a firmar un compromiso de crear una brigada que sería entrenada y bien apertrechada para ir a pelear a Cuba a derrocar a su hermano Rúl Castro, como ellos dicen, tan comunista, tirano, criminal, torturador y déspota como el propio Fidel. Por supuesto, los viejos, por sus artritis , la presión arterial, el reuma, la diabetes y otros achaques ya no podrían hacerlo, pero los jóvenes llenos de vigor, sí. Sin embargo, los viejos no siempre fueron viejos, y hace treinta o cuarenta años atrás estaban llenos de vida y pudieron haberlo hecho, pero no lo hicieron, aunque sí por décadas se lucían en televisión hablando atrocidades del sistema cubano y de Fidel Castro y de todos los comunistas que lo rodeaban.

     Los jóvenes que bailoteaban de alegría en el Versailles parecen dispuesto a hacer la misma guerra, solo por televisón. Han aprendido de esos viejos que se autititulan  patriotas verticales y que al Versailles ni un día han faltado a comer pastelitos y tomar café mientras en continuo bla bla bla elaboraban planes secretos, operaciones comandos, bombardeos y mil artificios más de la guerra que no se atrevían comenzar, como hizo Fidel Castro atacando con fusilitos calibre 22 la segunda fortaleza militar más poderosa de Cuba. Luego organizó en todo el país un movimiento revolucionario clandestino que no faltó ni en el más pequeño poblado y sin apoyo de ningún gobierno, partiendo de tierra mexicana (recordemos: la misma de Pancho Villa y Emiliano Zapata) y con el reducido grupito de hombres que quedó luego del descalabro del desembarco, inició una guerra de guerrilla que en dos años y dos meses derrocaría a un ejército de sesenta mil hombres que poseía cañones, aviones, morteros, tanques, armas de infantería y municiones de todo tipo que les facilitaba el gobierno de los Estados Unidos.

    Fidel, como todos nosotros, algún día tenía que morir. Yo imaginé que sus cenizas serían llevadas a lo alto del Pico Turquino y desde allí esparcidas al viento que lo llevarían a la cercana Punta de Maisí y al lejano faro del Cabo de San Antonio, en el otro extremo de la Isla. Pero su tumba en el cementerio santiaguero de Santa Efigenia será ahora, sin dudas, lugar de peregrinación de todos los revolucionarios y hombres honestos del mundo. Será una Meca política.

       Los del Versailles y todos los que festejaron, decentes habrían resultado si como avetruces hubieran metido la cabeza en la arena cuando conocieron el normal fallecimiento de Fidel Castro. “No gocen de una alegría que ustedes no merecen porque no se la han ganado,” le habría dicho la corajuda Aixa, madre del último rey moro de España.

      Otra cosa le hubiera dicho el viejo Anastasio, anciano campesino de la Sierra Maestra, que sufrió toda la pobreza de la Cuba de antes, que logró ver un tren y al mar cuando tenía veintiseis años, que recuerda con satisfacción cuando sirvió de guía a los barbudos y aquel día que Camilo contentó como un niño se comió la cacharra de malanga que él le ofreció, luego lo abrazó y le dijo que esas eran las mejores malangas hechas en todo el mundo, que dos de sus pequeños hijos murieron en medio de las lomas sin atención médica, que años después la Revolución lo enseñó a leer y a contar y que su orgullo mayor es su hijo cirujano, becado por la Fidel desde la primaria y que ha cumplido varias misiones fuera de la Isla: “En lugar de llorar la muerte del Comandante que nos hizo gente –así expresaría–, como puticas no pararon de gozar. Que poco saben y que mierda son, carajo”

   Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.

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