El cubano que quiera puede irse a EE.UU.

 

    cuba Basta otra vez una balsa. Basta otra vez cruzar, aunque no por un puente, el río Grande o Bravo, según se mencione esa frontera en los Estados Unidos o México.    

     Sin embargo, los medios de comunicación de Miami están que arden, protestan, blasfeman. Como si la decisión del ex presidente Obama en sus última horas de gobierno de eliminar uno de los tantos privilegios que gozan los cubanos en relación a otros inmigrantes –en este caso el de pies secos pies mojados– fuera lo más caprichoso, singular y abusivo del mundo. Como si los cubanos ya no pudieran entrar a los Estados Unidos cuando les venga en gana.

    Y es que en su infructuoso afán de derrotar a la independiente y socialista isla caribeña, desde hace más de medio siglo, los Estados Unidos hizo niños bitongos de los cubanos que a su territorio llegaban con privilegios que los hacían sentirse superiores a los demás inmigranes de América Latina, a los que muchos cubanos catalogaban de indios. No pocos se la habían jugado en un maltrecha balsa en el Estrecho de la Florida, pero los malcriaron tal vez demasiado. Tanto que, como blanquitos gorditos y engreidos de la high life del Miramar habanero, a quienes a la escuela los llevaba una Nana uniformada y no los dejaban jugar quimbumbia, Barack Obama, desde que tomó posesión de la Casa Blanca, les parecía no ser un presidente de los Estados Unidos, sino “el negrito ése.”

     Eran los aristócratas de la emigración, seres superiores a los que las autoridades debían respetar. “Yo soy cubano,” solo había que decir. No eran unos espalda mojadas, ni unos pobres infelices analfabetos centroamericanos que por décadas debían esconderse de la policía de migración. No importa que trabajaran honradamente haciendo labores de poca monta por no tener papeles y pagaran impuestos; si los descubrían los separában de los hijos que por nacer en los EE.UU. eran estadounidense, y eran deportados como ganado a sus países de origen.

    Esos infelices son valientes. Hombres y mujeres. Salieron de su tierra sin haber tenido oportunidad económica de hacerse ingenieros, abogados o médicos, ni siquiera técnicos medios o de completar el sexto grado. Escapaban de la violencia de las bandas criminales que a la fuerza imponen su ley a sangre y fuego en las barriadas. Escapaban de la falta de atención médica porque no tenían como pagarla. Vender sus casas era un imposible, pue no eran propietarios. Desesperados salían rumbo a los EE.UU. en busca de una vida al menos un tantito mejor. Y salían a pecho, a cojones, como se dice en Cuba, no solo por el cruce, sino también por lo que les esperaba después. Sin un dólar en los bolsillos para al menos brindar con una Coca Cola al llegar a la tierra del grande y más rico país del mundo.

     Cruzaban la ansiada frontera no tranquilamente por un un puente. Tenía que evadir altas cercas, a fanáticos racistas caza-inmmigrantes con perros y armados de escopetas y rifles, y los que ya habían dejado atrás el largo e inclemente desierto, a nado cruzaban la corriente del Rio Bravo. Al fin alcanzaban la meta. Llegaron a los Estados Unidos de América y era tanta la misería, el dolor y la muerte que habían dejado en sus países que ahora no les importaría trabajar recibiendo salarios por debajo del establecido porque si protestaban eran denunciados por ilegales. Vivirían a escondidas durantes años y años, por décadas, sin la más mínima ley que ajustara legalmente su situación, con miedo a las autoridades, tal vez así hasta la muerte. A los cubanos, a esos mismos que entraron en balsas y se la jugaron entre tiburones, tenían que verlos con envidia, pues ellos carecían de la más mínima ley de ajuste migratorio y siempre eran considerados pies mojados.

    Esa es la diferencia. Vean a los cubanos atrapados en Colombia, en Panamá, en Costa Rica, en Ecuador. Se sienten con todos los derechos y hasta exigen que les pongan aviones para volar a los Estados Unidos. Todos, mujeres y hombres, se ven rozagantes, fuertes, pero, creyéndose con derechos, enojados por la situación en que se encuentran.  He presenciado en los noticieros vespertinos de la televisión miamense varias de sus protestas. Un cubano, por ejemplo, decía como la gran cosa del mundo que si  para llegar a los EE.UU. tenía que coger La Bestia hasta México, el famoso llamado Tren de la Muerte, lo cogía y que a Cuba solo regresaría en una caja de muertos. Viéndolo, me pregunté: “¿Y por qué no lo has hecho? ¿Qué esperas?” Y es que el gobierno de Washington siempre se la ha puesto tan cómodo a los cubanos que seguramente espera que algo ocurra y los acojan como siempre, como a los millonarios de la emigración. Otro, aunque más modesto, decía que sólo quería que le dieran lo que no recibe ningún inmigrante del mundo: que lo legalizaran y entregaran el permiso de trabajo.  

    Este cronista desearía  que Washington les enviara aviones, guaguas, barcos, que los recogiera a todos, pues ahora sufren la realidad y ha sido la política anticubana de los EE.UU. lo que los ha impulsado a emigrar, los ha malcriado, lo que no han hecho con ningún otro extranjero. Pero no tienen que quejarse ni mendigar. El cubano que quiera puede llega a los EE.UU. en la lancha de un traficante al que se le paga diez mil dólares por cabeza, en maltrecha balsa o cruzando ilegal la frontera de México, lo único que ahora se igualará a los cientos de miles de inmigrantes de otros países, a todos los inmigrantes del mundo que quieren entrar a este país, y escondido deberá andar. Pero todavía tiene el privilegio que si entra legal, en avión, con visa por unos meses, solo tiene al año y un día que mentir diciendo que era un “reprimido por los brutales cuerpos políticos cubanos.” Es probable que no se investigue y gane el estatus de “Perseguido Político. O, para asegurar ese estatus, antes de abandonar la Isla, coge una brocha y pinta un cartelito que diga “Abajo Castro. Viva la libertad” y se hace retratar o filmar con un celular. Foto o video que hace llegar a un noticiero de Miami, hambrientos siempre de encontrarle la quinta pata al gato en Cuba.

    Lo real es que los cubanos pueden seguir llegando a los Estados Unidos, pero como cualquier otro ciudadano del mundo: ahora sin papeles. Veremos como la verdad se impone. Si la nueva administración mantiene suspendido  pies secos, pies mojados e incluso más adelante elimina la Ley de Ajuste Cubano, se vería si la situación en Cuba es en realidad tan caótica en la economía y tan represiva como inventan los congresistas cubano-americanos y los medios en Miami. Veremos cuan significativamente bajará la cifra de inmigrantes de la Isla, a diferencia de la de latinoamericanos que viven en el capitalismo desde hace casi doscientos años, la cual se mantendrá y puede crecer. En los primeros meses del año pasado 18 mil menores de edad cruzaron solitos la frontera. Ni uno nació en la Isla. Se demostrará que no se trata de capitalismo versus socialismo. Los cubanos no desean cambiar su sistema y vivir en cualquier país capitalista de la región, sino que han sido embrujados por los cantos de sirena de la nación más poderosa y rica del mundo, donde se les han ofrecido privilegios casi sin límites en cuanto a leyes migratorias. Sin embargo, cada vez más de ellos, incluso ya con ciudadanía USA, conociendo el diario vivir del tan elegantemente propagandizado sueño americano, sientan nostalgia por los trabajos que pasaron en su Isla y a ella, para siempre o por períodos de largos meses, piensan regresar, de inmediato o más adelante.

    Les habló para Radio Miami, ahora solo por Internet, Nicolás PérezDelgado.

   

Un comentario

FRANCISCO BLANCO 2017-02-02 20:00:11

NICOLAS,CREO QUE EL FLUJO SE DETENDRA.-.AVENTURARSE A SALIR DE SU PAIS Y NO TENER UNA AYUDA AL LLEGAR NO ES NADA AGRADABLE Y SI SE ES DEMSIADO AVANZADO EN EDAD ES PEOR.-YO PERSONALMENT CREO QUE SERAN MUY POCOS ;LOS QUE CORRAN ESTE PELIGRO DE LLEGAR A DONDE NO VAN OBTNER NADA..-POR LO TANTO CRO QUE LA LEY DE AJUSTE CUBANO LLEGO A SU FINALTU COMENTARIO ES MAGNIFICO


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Viva cuba libre!