El Camino Estepario

                                       

El comentario más común cuando escuchamos hablar de Donald Trump, es su impredecible conducta.

La renuncia del consejero de seguridad nacional Mike Flynn, impide nuevamente enterrar las dudas sobre las relaciones de Rusia y el pintoresco Presidente que, en pocos meses, compró la presidencia del país más poderoso del mundo. Y perdonen mi herejía y mi obsesiva tendencia a ser un inveterado iconoclasta.  Ya sabemos que Trump fue “electo”, pero si no hubiese sido por su dinero no hubiese podido insertarse en la maquinaria del Partido Republicano. Por elemental lógica aristotélica, si el Candidato a Presidente (A) aspira por el Republicano (B) y éste comparte con los Demócratas el privilegio de los Votos Electorales (C), automáticamente, si el Republicano (C) recibe la mayoría de Votos, el Candidato (A), resulta electo Presidente.

Trump lo confesó desde el principio, “yo financio mi candidatura con mi dinero”. Por consiguiente, sin buscar la quinta pata del gato, no hay bochorno diciendo que el Presidente Trumpo alquiló la Casa Blanca con los millones “invertidos” en su candidatura. Dicho esto, continuemos con Mike Flynn y el Camino Estepario.

Si en algún momento se disiparon las dudas de la obsesión del Presidente Trump con Rusia, ahora vuelven a surgir con fuerza singular. Así lo cuestiona el New York Times y otros medios. Es innegable que la mayor capacidad de compromiso que posee un país, brinda mejor confianza y facultad de movimiento para negociar y ser respetado, especialmente entre países poderosos. Aunque siempre digo que no hay amigos ni enemigos pequeños. Cualquiera de ellos puede ser el ancla inesperada de salvación.

Comenta el New York Times que esa “voluntad de atacar aliados como Australia, bravuconerías con rivales como China, amenazas a enemigos como Irán y Corea del Norte y guaperías con vecinos como México, mientras consistentemente le tira besos a Rusia y al Presidente Vladimir Putin”, hace pensar seriamente que algo obscuro se esconde detrás de todo eso.

Flynn llegó al puesto que acaba de renunciar, con iguales bombos y platillos que los otros Secretarios y Altos Funcionarios “designados” por el Presidente. Curiosamente el Secretario de Estado, Rex Tillerson, Ejecutivo mayor de la Exxon Mobile, tiene lazos estrechos con Rusia y el general Flynn renuncia porque el FBI descubrió que había conversado con el Embajador ruso sobre las sanciones impuestas a Rusia por el Presidente Obama, algo que ocultó al Vicepresidente Pence. Los servicios de inteligencia por su parte han hablado de una posible intervención cibernética rusa en la elecciones generales de noviembre. Rusia ha estado en la mirilla y la palabra del Presidente Trump en todo momento, admitiendo que es mejor “tenerlo” de aliado que de enemigo. Pero este criterio aplicaría por igual a China o cualquiera de los aliados.

De no haber sido descubierto en la mentira, Flynn hubiese continuado en el cargo y los rusos habrían podido chantajearlo por la doble falta: mentir al Vicepresidente y haber hablado con un gobierno extranjero de un asunto sensible, sin la consulta previa con el Ejecutivo. Sabemos que Trump conocía de esta irregularidad desde dos semanas antes que se enterase el Vicepresidente. Quizás nunca nos enteraremos por qué Trump se lo ocultó a su segundo. En definitiva, Flynn era su hombre de confianza y acaba de perderlo.

La pregunta que flota en el ambiente es: ¿hasta dónde Trump le debe a los rusos o viceversa? A lo mejor el Presidente tiene una estrategia secreta, más allá “de buscar la cooperación rusa en Medio Oriente en coordinación con Estados Unidos”. En ese caso, es imperativo para los Poderes que definen este Estado, saber a dónde conduce esa estrategia. Si de dominación se trata, el Poder en funciones prefiere ejercerla por sí solo, como ha sido hasta ahora o en el peor de los casos, con los aliados tradicionales a quienes más o menos controlan. Pero con los rusos, a quienes el poderío atómico los equipara con Estados Unidos, no creo que tengan interés.

De menos importancia para la política nacional, pero igualmente serias, son las dudas sobre sus aventuras falderas durante sus viajes al país de los osos esteparios. Sobre todo, las posibles evidencias que los aparatos de inteligencia rusos tengan sobre el particular, asunto que en Europa interesaría más como morbosa curiosidad que como problema de Estado, pero que enfrentaría en Estados Unidos el totalitarismo del pensamiento religioso de un gran sector.

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