Por favor, no jueguen con la cadena

 

          Melania es la esposa de Donald. Pero no del famoso y carismático pato Donald. Si no del presidente actual de los Estados Unidos, quien a veces puede parecer un personaje salido de las caricaturas. Muchos medios la han cogido con esta inmigrante yugoslava nacida en Eslovenia, país del centro de Europa que se puede recorrer en tres horas desde sus fronteras con Italia, Austria, Hungría y Croacia.  Según dicen su padre fue miembro del Partido Comunista, algo muy normal entonces en Yugoslavia y ella, hoy por hoy, guste o no guste, es la segunda Primera Dama no nacida en los Estados Unidos. La primera fue la esposa de Johm Adams, que nació en Inglatera. Melania, curiosamente, se crió en un país perteneciente al desaparecido bloque comunista y se hizo ciudadana estadounidense en el 2006.

    Hace unos diez años se casó con Donald Trump, sin imaginar (igual que tampoco imaginaron los más sesudos analistas políticos estadounidenses) que su millonario esposo resultaría  presidente en el 2017.

     Muchos medios de comunicación han hurgado en su pasado en busca de indicios que puedan resultar picantes o desacreditivos para un público superficial que sin dudas es mayoría.  Por ejemplo, sacaron a la luz como la gran cosa del mundo que en el 2005 posó desnuda para una revista inglesa.  

    Quienes conocieron a Melania en sus años más juveniles dicen que era muchacha muy estudiosa y modesta que soñaba triunfar en el mundo de las modas. Jamás profería una mala palabra ni se expresaba mal de nadie. Además de las lenguas que se hablaban en la antigua Yugoslavia, aprendió francés, alemán e italiano. El inglés lo habla sin problema, solo que, según los que tienen buen oido, dicen que con acento.

     Tenía, y, por supuesto,  tiene, cinco pies y once pulgadas; su cabello era y sigue siendo bello, y su cuerpo era, y también lo sigue mostrando igual: esbelto y atractivo. En la intimidad debe tener a su esposo Presidente, quien le lleva veinte y seis años, totalmente turulato.

     Antes se había casado en Europa con un fotógrafo que le hizo sus primeras fotos artísticas. Parece que comenzó a modelar a los dieciseis años, y logró hacerlo en Milán, París y otras importantes ciudades.

     Según cuenta la prensa y a este cronista le importa un comino si fue en ese lugar o a la entrada de un templo budista en la India, ya divorciada conoció al millonario Donald Trump en la isla de los rascacielos de Manhattan. Trump, de ligón, enseguida se le lanzó y le pidió su número de télefono. Ella, en ese momento, no se lo dio porque el tipo estaba con otra dama.

    Pero ligón y con tanto billete, se casaron en el 2005 y tuvieron un hijo por el cual no se ha mudado todavía a la Casa Blanca por no querer interrumpir su curso escolar en un afamado colegio de New York. Lo cual hace pensar que es una buena madre.

     Yo diría a la prensa escrita, al radio y a la televisión: ¡Dejen tranquila a esa muchacha que no se ha metido con ustedes ni hace daño a los Estados Unido! Hagan trizas si quieren al marido, pero no la ataquen ella. Ya lo dijo nuestro Apóstol José Martí: “Del tirano, di todo, di más/ Del error, di sus antros, di sus veredas oscuras/ De mujer… puede que mueras de su mordida/ Pero no empañes tu vida hablando mal de mujer.”

      No hagan más prensa amarillistas. Se sabe que el mal que hace un hijo no se le puede achacar al padre, o viceversa. Y un viejo oportunista refrán dice: “Juega con la cadena pero no con el mono.” En este caso jueguen con el mono, no con la cadena. Tengan presente los insinuantes y llenos de gracia cartelones que se esgrimieron en New York o California en una manifestación de mujeres contra el nuevo presidente. Decían: ¡Liberen a Melania!    

    Les habló, para Radio Miami, ahora solo por Internet, Nicolás Pérez Delgado.

Un comentario

FRANCISCO BLANCO 2017-03-14 17:05:52

Muy buen comentario de Nicolas.Agradable y sin una sola dosis de veneno,lo cual lo hace noble sin dejar de decir lo que en este momento es oportuno.Vale Nicolas P{erez Delgado.


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