Disfraces de la expresión

                                                 

En la noche del 28 de febrero del 2017, con el glamour acostumbrado y la reminiscencia cortesana que lo acompaña, el Presidente Donald Trump, entró al recinto del Congreso, donde los presidentes de Estados Unidos ofrecen el Discurso del Estado a la Nación. Una especie de declaración de los deseos del Ejecutivo, los cuales pueden caer en saco roto si posteriormente el Congreso no aprueba su plan presupuestario que, en este caso, se presenta el 18 de marzo.

Entre lo novedoso del evento estuvo la presencia de jueces de la Corte Suprema. Parecería que los gurús de la Ley y cancerberos de la Constitución están curiosos por saber qué dice este empresario de bienes raíces y animador de shows televisivos, devenido en Presidente del poderoso país.

La estela familiar no sorprendió en un debut de esta naturaleza, porque su presencia ha sido oficial y oficiosa en todas sus comparecencias, primero como candidato y más tarde como Presidente. Allí estuvieron presentes el yerno Jarred Kushner, con su esposa Ivanka la hija del Presidente que, según dicen y parece ser oficial, revisó minuciosamente el discurso. Por supuesto, también asistieron los flamantes millonarios Ministros que conforman el Ejecutivo.

Para el Presidente, acostumbrado a los mandatos absolutos, esta fue la primera prueba de fuego. No es igual dirigir una empresa, que ejercer el mando condicionado a una poderosa institución Legislativa y otra Judicial, peor aún, sabiendo que debe enfrentarse luego a una prensa fastidiosa, ávida de lectores, aun a costa de mentir o no decir toda la verdad.

Trump tiene a su favor la bancada republicana, pero como ya hemos dicho, no sabemos cuánto tiempo durará ese amor. A estas alturas de su gobierno, no se han escuchado senadores republicanos propagando las ideas del Presidente, como generalmente ocurre. Trump no es un republicano, sino un ser inorgánico que no cabe en ninguna estructura.

Aunque la prensa internacional en general, al día siguiente amaneció hablando de “lo inesperado de su discurso”, apoyándose para ello en la moderación de sus expresiones, Trump, no cambió un ápice sus ideas nacionalistas y su crítica a las administraciones anteriores, a las cuales acusa de haber sido demasiado benévolas

Dijo que Estados Unidos ha gastado en Medio Oriente seis millones de millones y con ese dinero la infraestructura del país se hubiera construido dos veces. Con esas palabras ratifica su criterio de suspender o al menos cambiar, la esencia de las intervenciones en esa región.

Parece contradictorio que, habiendo solicitado la eliminación del presupuesto para la ayuda exterior, ascendiente a 47 mil millones, la reducción de gastos del servicio exterior y algunos beneficios sociales más, pida por otro lado un aumento de los gastos militares por 54 mil millones. Con estas palabras ratifica la más peligrosa de las políticas prometidas “HACER AMÉRICA GRANDE DE NUEVO”.

Con el estilo del mejor dirigente autoritario, fue catastrófico al hablar del seguro de salud, sin embargo, posteriormente confesó que es un tema delicado y más complicado de lo “que parece”, algo que seguramente conoce desde hace tiempo. En realidad, Trump siempre ha dejado implícito que se trata de reemplazar Obamacare, no de eliminarlo. Una muestra de ellos es que, entre sus propuestas, prometió obligar a las compañías farmacéuticas a rebajar el precio de los medicamentos.

El muro de la frontera fue ratificado y dejó en claro que realizará una profunda reforma migratoria, igual que existe en Canadá, México y todos los países de la región.

Respecto al comercio internacional repitió las mismas ideas de fondo, pero en lugar de amenazar con subidas arancelarias en un recinto donde esas palabras causan salpullido, dijo que estaba de acuerdo en comerciar “siempre y cuando nosotros no llevemos las de perder”, lo cual no parece igual, pero es lo mismo.

No creo que debemos esperar del nuevo Presidente de Estados Unidos de América, nada diferente de lo ya ha prometido. Pienso que la preocupación debe centrarse en confiar que, de ser llevadas a cabo algunas de ellas o todas, no cauce grandes conflictos nacionales e internacionales.

A mí como cubano, lo que más me interesa es que siga fiel al criterio de no inmiscuirse en los asuntos internos de otros países y no usar el dinero de los contribuyentes para cambiar regímenes y gobiernos que no son enemigos de Estados Unidos.

 En este último aspecto, no importa cómo lo diga, lo importante es que lo cumpla.

 Las declaraciones de Trump no pueden ser tomadas literalmente. El nuevo Presidente gusta del juego, la confrontación de quienes la buscan, el escondido, la sorpresa y el disfraz carnavalesco de la expresión. En su esencia es una personalidad conspiradora, que gusta hablar en clave, pero sabe lo que dice y dice lo que sabe. No le pierdan el hilo a su discurso y rueguen porque cumpla al menos, aquello de la no injerencia, lo cual es piedra angular de la paz internacional.

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Viva cuba libre!