El cuarto del niño

                                             

do2La Oficina Oval, lugar de trabajo del Presidente de Estados Unidos, se ha convertido simbólicamente para la ciudadanía estadounidense y el mundo, en algo así como el cuarto de juguetes del niño.

Todos los oídos se mantienen atentos a los ruidos y silencios que de allí provienen. Si escuchamos actividad, pensamos que el niño está jugando, pero si nos invade el silencio, nos preguntamos qué estará tramando.

Donald Trump, es un hombre de la televisión devenido en político, contrario a Ronald Reagan que era un político devenido en artista de Hollywood. La mayoría inmensa de opiniones concuerdan que no es un estadista, lo cual me agrada, porque nada más nefasto que ese subproducto del liberalismo llamado “políticos”. No obstante, el hecho de no serlo, es al propio tiempo una gran preocupación, porque el mundo está regido por políticos y alrededor de esta “especialización”, se crean mecanismos que, de ser obviados, pueden traer malos resultados. Lamentablemente a veces surgen personalidades que prometen erradicarlos, pero finalmente son subyugados por la majestad del cargo y terminan haciendo más mal que bien. Tal fue el caso de Hitler, Mussolini, Phillippe Pitain en Francia, Franco en España y más recientemente dirigente de izquierda elevados a las altas magistraturas de América Latina, salvando la distancia entre estos y aquellas criminales dictaduras europeas.

La izquierda latinoamericana ha manifestado torpeza en aprovechar los mecanismos que llevaron su liderazgo al Poder y para empeorar las cosas, algunos insisten en el modelo cubano, el cual es único e irrepetible. Saltar etapas sin la justificación de un enemigo atentando militarmente en contra del país, como fue el caso de Cuba, invadida por Estados Unidos, no se adecúa a las realidades socio-económicas que administran. Mucho más sin la presencia de la URSS, por más errada que haya sido su política. Insistir en ideologizar la economía, es desconocer sus tendencias intrínsecas e inviolables y es el equivalente de confundir política con gestión productiva. La economía no produce justicia, de igual modo que la política no produce alimentos, bienes de consumo, máquinas herramientas y tecnología. Hay una correlación entre ambas, pero no pueden suplantarse sus funciones y las reglas que específicamente rigen la economía, no pueden alterarse sin consecuencias negativas para la ciudadanía e incluso para el medio internacional.

Trump es uno de esos hombres que llegan al Poder, desafiando el sistema. En épocas de cambios, adecuaciones y reformas, los políticos profesionales dicen detestarlo y los caracteres mesiánicos se suman a la promesa. El nuevo Presidente estadounidense proviene de esta última camada.

Desde su llegada a la Presidencia, todos prestamos oído al cuarto de la Oficina Oval. En ocasiones hace ruidos enviando twiters y en otras recurre al silencio. Mientas esto último sucede, la ciudadanía estadounidense aguarda con curiosidad y los mandatarios atados de algún modo a Washington, se preocupan con justificados temores.

Complicando las cosas, la prensa sensacionalista, llenándose de excusas y pretextos, recurre a la noticia partidista y en el peor de los casos, a enfoques ideologizados de los sucesos ya sea tornándose oficialistas u oficiosos.

Trump está muy lejos de poder hacer las cosas que prometió, excepto en asunto de inmigración y ligeros cambios al plan de salud del Presidente Obama, el cual indiscutiblemente requiere de profundas reformas, pero no su eliminación. Los republicanos no harán esos cambios y los pocos que van a introducir, contribuirán a enfureces aún más a una población que desesperadamente clama por cambios políticos.

En asuntos de inmigración los acontecimientos indican que una política al estilo de Canadá sirve de aliento a la reforma que se planea. Por otro lado, las tendencias políticas significativas del país, abogan por un control fronterizo tendiente a beneficiar las reestructuraciones económicas demandadas por los cambios tecnológicos.

Las interrogantes surgen cuando observamos la callada relevancia de personajes como Stephen Bannon, estratega oficial del Presidente.

 La perpetua denuncia de un “Estado Profundo”, compuesto por viejos funcionarios, conocedores de los mecanismos de acción política, comprometidos con determinada manera de pensar, significa que Trump pudiera tener una agenda radicalmente contraria a la que ha estado vigente por dos siglos y medios en Estados Unidos.

Cuando un gobernante o un líder, platea cambiar radicalmente a los funcionarios administrativos que mantiene a flote el corazón del país, o sea el Estado, hay mucho por qué preocuparse.

Los twiters de Trump distraen la atención de las cosas importantes con informaciones que, en su mayoría, no tienen sustento. Tal es el caso de acusar a Obama de vigilar las oficinas del Trump Tower o insistir que hubo fraude electoral y cosas por el estilo. Cuando está en silencio, los acólitos hablan del Estado Profundo y la sombra de Bannon parece la de un Rasputín en sus mejores tiempos o la de un Fouché, siempre detrás del Presidente con su cara de jugador de pocker.

Ninguno de los personajes históricos señalados, Rasputín o Fouché, tenían agendas ideológicas nacionalistas, antisemitas y proyecciones grandiosas de dominio, dentro de la llamada “derecha alternativa”.

En estos días Trump está tranquilo. ¿Qué estará haciendo en el cuarto de los juguetes, amén de jugar con el Twiter?

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Viva cuba libre!