Los pájaros cagones, una de esas cosas inverosímiles de mi Habana

 

Miami.- En nuestra Habana, desde siempre han habido muchas, muuuuchas cosas inverosímiles. Más que cosas son y han sido realidades increíbles, pero esos son otros cuentos para llenar toda una interminable enciclopedia. Este en particular es un cuento sobre una de esas cosas sorprendentes que me ha estado sucediendo desde hace un buen rato, años si se quiere, y por un buen rato también he venido prometiéndome, en voz alta, que escribiría sobre ella. Mi buen amigo, Reinier, que me oye y que me exige ser consecuente, me ha venido requiriendo que lo haga, que escriba, sobre éste y otros cuentos, igualmente rocambolescos.

Éste como delata su título es sobre los pájaros, más bien es sobre las aves, cagonas de nuestra querida Habana. En Cuba les decimos pájaros en el hablar diario a todas las aves, como igualmente les decimos gallegos a todos los españoles, o chinos a todos los oriundos del Lejano Oriente, aunque no a los del más cercano Oriente –el nuestro-, a esos compatriotas, muchos otros compatriotas, quienes no son de este Oriente, les llaman palestinos.

Pues bien este cuento resulta por el número increíble de cagadas de pájaros que estos bombardean sobre mi carro. Hasta hace poco supuse que eso también le ocurriría a todos los demás carros, en realidad a todos los demás vehículos, que transitan las calles de La Habana.

Pero en estos últimos tiempos ha sido tan constante ese bombardeo que ha logrado hacerme paranoico y que sostenga que es mi carro en particular que provoca ese inmisericorde hostigamiento pajaruno. No sé si es el color del carro, su tamaño, su olor, su reflejo, sus ruidos, o su simpatía, ¡sabrá Dios!

Porque no importa si mi carro está parqueado, bien debajo de un árbol o de una combinación de árboles, o que esté parqueado sin árboles alrededor, o sin estar debajo de los cables del teléfono o de la electricidad. No importa.

De hecho hace ya un buen rato parqueaba el carro en la rampita a la entrada del garaje, entre la calle y la acera, debajo de unos cables eléctricos. Cuando llegaba me fijaba que no hubieran palomas u otros pájaros, agarrados por sus paticas a esos cables, como si sentados, antes de parquearme allí; cuando regresaba, de lejos me fijaba que no hubiesen palomas u otros pájaros en los cables, que pasaban perpendicularmente sobre el carro, pero sin falta ahí estaban siempre sobre el carro las cagadas de los dichosos pájaros, en el capó, en el techo y en la tapa del maletero. Después de un tiempo, más que razonable, no volví a parquear ahí el pobre carro.

Pero últimamente no les basta a los puñeteros pájaros cagar sobre el capó, el techo o la tapa del maletero, ahora también cagan sobre los cristales, no sólo del parabrisas, que es ancho y largo, o sobre el cristal de atrás, sino, inconcebiblemente, cagan de tal manera que sus cacas caen sobre las puertas laterales y las ventanillas del pobre carro.

Además no importa si el carro está limpio o sucio, parqueado o andando, los pájaros lo cagan. No importa el tiempo que esté parqueado, puede ser inclusive, solamente cinco minutos, y ahí están las nuevas cagadas cuando regreso al carro. Salgo de casa, después de limpiar todas las cagadas y cuando llego a mi destino que puede ser menos de dos kilómetros, cuando parqueo y me bajo del carro, ahí están en esos lugares tan extraños de la carrocería de mi acomplejado carro las inefables cagadas pajarunas. Porque he llegado a creer que ya no sólo soy yo el que está acomplejado y paranoico sino mi pobre carro también que es el que sufre semejantes continuos ultrajes a su pudor carruno.

Ahora, fíjense ustedes, en las posibilidades que existen para que este asedio irremediablemente continúe. De acuerdo a las autoridades científicas responsables de esos estudios las aves en Cuba suman 369 las especies silvestres y de vida libre, que pertenecen nada menos que a 208 géneros, a 63 familias y a 21 órdenes. Pero peor aún, ya que por esto tienen mucho más derecho a cagar donde quieran, como quieran y cuando quieran, ya que según estos estudios llegaron a territorios que hoy forman Cuba hace más de 42 millones de años. Y tenía que ser, para recondenarme más la existencia, estas aves tienen su origen principalmente en la América del Norte…

Todos estos, además de los gorriones, zunzunes, cotorras, loros, periquitos, todo tipo de palomas, tomeguines, cardenales, bijiritas, pitirres, auras tiñosas y sinsontes, ya nuestros…

¡Ah!, triste de mí, el paranoico andante con su botella de plástico –el pepino cubano- y su trapito especial para limpiar cagadas de pájaros sobre su acomplejado carro cada vez que se monta o se baja del mismo. ¡Qué cuadro ese!

Recientemente, en un momento de menos estrés, manejando por el Malecón, me dije, estás exagerando, Andrés, son ideas tuyas, a todos le tiene que pasar algo igual o parecido, y entonces, ¡plaff!, otra cagada pajaruna, esta vez en el parabrisas delante de mis ojos, como si me estuvieran oyendo mis pensamientos, para insistir que en realidad no exagero.

Pero la última, la que me conminó a escribir este cuento, la que me hizo escribirlo, fue lo que me ocurrió después de un paseo delicioso a pie por la calles de La Habana originaria, tan bellamente reconstruida y mantenida, caminaba rumbo a mi carro parqueado en la Avenida del Puerto, y en la misma esquina de las calles Empedrado y Mercadares… ¡plaff!, otra cagada pajaruna, gracias a Dios no de aura tiñosa, ésta en el cristal izquierdo de mis espejuelos… Chirrín, chirrán… //

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Viva cuba libre!