Democracia universal y bien común

  

                                                                            

La democracia es fruto de la cultura, un resultado de los procesos civilizatorios que, aunque al propagarse incorpora acentos locales, preserva esencias universales. Aunque se despliega mejor en algunos lugares, vivir en democracia es una aspiración legítima y común a toda la humanidad.

No existe una democracia cubana o mexicana, una aritmética europea, o una química austriaca. En todos los casos se trata de preceptos y valores de probada universalidad, que al aplicarse en el terreno histórico, se completan y enriquecen. Si bien las dimensiones nacionales aportan peculiaridades, no anulan el carácter global de su vigencia.

La idea de que el reconocimiento de los valores universales de la democracia contradice, atenta, o puede dañar las identidades nacionales, y que para ser genuina sus bases han de ser autóctonas, no solo es errónea, sino que casi siempre persigue objetivos extraños y suele producir desconcierto. Nadie debería invertir tiempo ni talento en tratar de descubrir lo conocido, ni desgastarse en negar algo que constituye una solución óptima.

 Otra cosa es que la diversidad de culturas y circunstancias nacionales generen sistemas políticos, formas de gobierno, y modalidades de participación popular diversas, aunque, dicho sea de paso, se avanza más consistentemente allí donde se observan las esencias del ordenamiento democrático. Salvo excepciones circunstanciales, las sociedades más avanzadas y prósperas son aquellas que han logrado un ejercicio más pleno de la democracia.

La democracia posee una amplitud y una plasticidad que la hace funcional a diferentes regímenes sociales, momentos históricos, y niveles de desarrollo. Democráticas pueden ser las sociedades más avanzadas y las naciones emergentes, incluso aquellos países cuyo desarrollo no ha sobrepasado completamente las formas tribales de organización. Tanto el socialismo como el capitalismo, la monarquía y la república, los sistemas presidenciales o parlamentarios, pueden ser democráticos. Cuando esa condición falta todos son imperfectos.

El hecho de que las nociones básicas acerca de la democracia moderna se originaran en Occidente, y se realizaran más plenamente bajo los preceptos del liberalismo, no ha sido obstáculo para su adopción por los pueblos del Oriente, donde imperan los valores cristianos o los del islam, el sintoísmo, el budismo y otras creencias, cuya vigencia no impide la estructuración de modelos políticos y formas de organización social democráticas.

 Entre las esencias de la democracia, cuya presencia en los procesos políticos nacionales es un prerrequisito, figuran la estructura estatal basada en la soberanía popular, lo cual significa que los pueblos y no los reyes, los ayatolas, los papas, ni los presidentes, son los soberanos. Otra cosa es que, por razones prácticas, se delega el poder en personas electas que suelen ser llamadas “mandatarios”. Mandatarios no son quienes mandan, sino aquellos que han recibido un mandato.

Esta precisión convierte a los gobernantes, parlamentarios, jueces, alcaldes y otras autoridades, en servidores públicos, atentos a las necesidades de las personas y comunidades que, mediante la elección, han confiado en ellos. Son también fundamentos de las democracias la existencia de sistemas políticos respaldados por constituciones y leyes escritas, cuya esencia ha de responder también a los ideales universales de justicia.

La desmesura del poder del estado, y la necesidad de regir sociedades diversas y plurales, aconseja la existencia de instituciones idóneas y de personas con probidad y vocación para el servicio social. Así mismo aconseja la separación de los poderes públicos, que usualmente asumen las formas de ejecutivos, legislativos, y judiciales, cuyo funcionamiento armónico y coherente son la principal garantía del gobierno colegiado, y un mecanismo idóneo para el control social y legal del ejercicio del poder.

La democracia no asegura la eficiencia de los gobiernos, pero permite ejercer la crítica, controlar su ejecutoria, y en última instancia cambiarlos mediante fórmulas institucionales o con el sufragio ejercido periódicamente y de modo directo.  

La democracia es la base de la convivencia social, la garantía del buen gobierno, y la concreción más genuina de los ideales de libertad, justicia social, y paz. Allí donde ella progresa, progresa todo lo demás. Perfeccionar la democracia es la más genuina de las metas políticas. Allá nos vemos.

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Viva cuba libre!