Esa horrenda Cuba, a la que acabo de visitar

Cualquier cristiano de este mundo que a menudo vea los noticieros de la televisión miamense considerará como una verdad irrefutable que La Habana es una inmunda capital en lo físico y lo espiritual y que a diario se consume en las llamas del inframundo socialista.
Lo mismo un Cao que un Set Set, entre otros, aseguran que diablillos rojos destruyen edificios, desbordan apestosos latones de basura, cavan profundos baches en las calles, multiplican moscas y otros nocivos insectos y perversos desabastecen mercados y tiendas. La población sufre falta de alimentos, de ropas, carece de servicios sanitarios adecuados, falta el agua en las tuberías oxidadas y deshechas y los excrementos corren por las calles. La miseria hace deambular por el Malecón a prostitutas habrientas que transmiten gonorreas, chanclos, helpes genitales, sífilis y sida, males para los que no hay cura por la falta de medicina en hospitales y farmacías y donde los médicos casi brillan por su ausencia pues como esclavos han sido enviados al extranjero. Nadie tiene dinero para coger un taxi-almendrón y mucho menos para sentarse a comer en un paladar. Un hedor sulfuroso infecta perros que sufren sarna, pulgas y la temible rabia. Peces horripilantes, de largos y asquerosos bigotes, llamados clarias e importados seguramente del río Estigia, límite entre la bendita Tierra y el mundo de los muertos, devoran otros peces y salen de las aguas y engullen a las pocas gallinas y animales comestibles que aún subsisten. La otrora bella ciudad de La Habana es ahora una deshecha y descomunal cuartería.
Los malignos diablillos, según informa televisión, radio y prensa escrita, lo constituyen los dirigente de la Isla, el gobierno en pleno. Y, para asombro, son mayoría los miamenses los que luego repiten tantas y pasmosas patrañas como verdades absolutas. Por supuesto, los medios no dan a conocer lo que expresan congresistas honrados y relevantes pensadores en todo el mundo, como el sociólogo norteamericano James Petras, autor de más de 60 libros editados en 29 idiomas y de más de 2 mil artículos en el New York Times, The Guardian, The Natión, The Christian Science Monitor, Le Monde Diplomatique y otras muchas publicaciones nacionales y extranjeras.
Este cronista hace poco visitó la Isla. Mil son los problemas, como en cualquier otro país de la región, incluso en los Estados Unidos. Nadie dice que La Habana sea el paraiso que Dios creó en el planeta Tierra. Cuba carga desde hace más de medio siglo un bloqueo ecónómico y político, embargo llaman por acá, que si se lo hubiesen aplicado a cualquier otro país de la región hubiese colapsado en días. Pero aun así, con ese asedio, con ese cerco, ni siquiera ha vuelto a ser la Cuba de antes, aquella de niños de nueve o diez años que sin asistír a la escuela y con un cajoncito colgando de sus endebles hombros salían a la calle a limpiar zapatos para llevar unos centavos a sus empobrecidas casas. Los campos no se ven sólo colmados de maltrechos bohíos de piso de tierra y techo de guano, con guajiritas de quince años sin brillo en el pelo y ya desdentadas como si fueran abuelas, y no son pocas las que hoy, en medio de la vega, viven en chaleces de mampostería y placa, todas calzadas, esperando terminar el preuniversitario para matricular en la universidad. Por barrios y calles de La Habana y de otras ciudades desaparecieron aquellos infelices que cuando la ricura del capitalismo salían con una lata de conserva vacía: “Me da un poquito de comía, señora; tengo hambre.” Panorama todavía conocido, pero ya no en Cuba, sino en muchos países del continente. Y aunque los Caos y los Set Set digan que al cubano no le alcanza el salario para vivir, y sea cierto que algunos viven apretados, este cronista vio los paladares repletos, la gente tomando Cristal y Bucanero en cientos de sitios y a los almendrones pasar repletos; donde se apea un pasajero, sube otro.
Quejas de los cubanos de hoy, por supuesto que hay. Muchas veces tienen razón. Hay funcionarios públicos que pasan por donde hay un problema que se puede resolver y no les importa. El mismo periódico Granma publica justas quejas de la población que después no se solucionan. El delegado de base del Poder Popular carece de recursos para resolver dificultades que se presentan en su circunscripción. En el campo a veces se echan a perder cosechas porque el organismo encargado de acopiarlas no lo hace. Se quejan de que no se sancionan las indisciplinas sociales, de que la gasolina está cara, de que existen quienes en sus negocios privados quieren hacese millonarios en quince días y hay paladares con precios a nivel de Paris o New York. Los taxistas en sus almendrones duplican las tarifas mientras que la televisión en general resulta aburrida y mucha gente recurre al llamado paquete.
Exagerando, yo diría que se quejan de todo, hasta de que no llueve o llueve a cántaros, o que tienen que pagar impuestos, pues también hay que considerar que el cubano hace más de medio siglo se acostumbró a que sus necesidades esenciales se resolvieran cayéndoles del cielo, desde la educación, los alquileres, la salud, los costos del cine, de la guagua, de los espectáculo teatrales y de ballet, incluso los velorios, que son gratis, con caja y todo, igual que creen que las vacaciones anuales y pagas que tienen por todo un mes –sí, nada menos que por treinta días– las goza el mundo entero, sin conocer o no queriendo conocer que en Miami, por ejemplo, el que tenga sólo siete días de vacaciones se da golpes de alegría en el pecho, y que se sufre porque hasta más de la mitad del salario se esfuma en la renta de la vivienda; el seguro del auto le come también una pata; la simpleza de sacarse una muela le saca también 300 dólares del bolsillo a no ser que posea un buen seguro médico de al menos 600 dólares mensuales, y, agobiado, sacando números, no son pocos los que apenas duermen, obligados a tener dos trabajos, aunque después visiten Cuba alardeando como millonarios.
Por supuesto, Miami no queda en territorio de El Salvador, Colombia, Guatemala, ni Paraguay. Está en los Estados Unidos, el país todavía más poderoso del mundo, donde los ricos y los millonarios (el uno por ciento de la población, aunque no son cuatro gatos, pues el país tiene 319 millones de habitantes) poseen lujosos barrios y cayos frente a las costas, yates de tamaño y lujos de hoteles cinco estrellas que cuando navegan por el río Miami, que atraviesa una buena parte de la ciudad, hay que levantarles los puentes levadizos en las avenidas y calles por las que cruzan. Aquí la pobreza adquiere otro cariz y hay que reconocer que el seguro social para los ancianos de bajos recursos no es para quejarse. Sin embargo, bajo los puentes se refugían los homeless, palabra que traducida quiere decir sin hogar, desamparado, y que suman cientos de miles en los Estados Unidos. Homless que lavan sus pertenencias en el río que no en el Estigia, como los medios quieren hacer creer que es el estrecho de mar que separa a Cuba de los Estados Unidos, quedando al norte la tierra bendita y al sur el mundo de los muertos.
En los últimos días se ha estado reportando cientos de muertos y desaparecidos en Colombia y Perú a causa del desborde de los ríos. Lo que no reporta en Miami han sido las declaraciones del reconocido sociólogo norteamericano James Petra sobre el particular. Señala Petras que a esas inundaciones le llaman catástrofes naturales, pero que no son nada natural, sino actos criminales, pues esa gente, sus pueblos, están situados en malos lugares, vulnerables. Los ricos no viven junto a esos peligrosos ríos porque las inversiones que evitarían una catástrofe solo se canalizan en lugares de la gran mineria, del petróleo, de los grandes latifundios.
Y se pregunta el famoso sociólogo: “¿Por qué tantos mueren en Colombia, Perú y otros países y no en Cuba? ¿Por qué si hay inundaciones en Cuba casi nadie muere, excepto algún boludo que se queda guardando una vaca?” (Aclaro que utiliza el rioplatense término de boludo, que quiere decir tonto, cretinizado, ignorante, porque esto lo repitió para una radio de Montevideo, Uruguay).
Y a la pregunta responde el tan reconocido pensador James Petras: “Es por el diferente sistema social. Uno que defiende a los ciudadanos y otro que los abandona.”
Mientras, los boludos de los medios miamenses continuarán, como hacen ya más de medio siglo, desvirtuando la verdad y repitiendo boludas mentiras respecto a Cuba, pues esa horrenda capital cubana que ellos cuentan no es evidente. Lo que vi fue a montones de turistas. Los que querían solearse y no llevaban sombreritos de guano, el aire les desordenaba los cabellos mientras encantados se paseaban en autos convertibles de los años cuarenta y cincuenta que parecían recien importados de Detroit. Y antes del punto final de esta crónica, informo a los boludos ya mencionados que en el último Concurso Internacional de Cartas de Amor, el XVII, Fidel Castro recibió 5 mil 400 espístolas de todo el mundo, según dio a conocer la agencia de noticias españolas EFE.
Les habló para Radio Miami, ahora solo en Internet, Nicolás Pérez Delgado.

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Viva cuba libre!