Dos escritores, Martí y el racismo norteamericano

 

 

   Hay peligrosas situaciones con Corea del Norte y Rusia y vemos que el racismo en Estados Unidos parece subir de tono. Nada nuevo. Hay quienes necesitan de la guerra fría y si se pone caliente todavía obtienen más beneficios sin ser ellos los que expongan el pellejo. Aunque ahora, con las arma nucleares, no es bueno vivir de ilusiones. Y siempre existirán enfermos que se creen seres superiores.

    Pero dejemos a un lado guerras y hecatombes mundiales. Viviremos experiencias de dos escritores en relación con el racismo que padecen muchos norteamericanos y veremos lo que hizo José Martí en New York.  Uno de los escritores es ruso y el otro newyorquino. El racismo, sabemos, es como la sanguijuela. Parecería que perdura hasta hoy por un satánico ritual de los encapuchados del KKK. Sobrevive en diversos lugares del mundo, aunque acá parece deberse a la psicología de estadounidenses que en la sangre llevan el veneno fanático y sureño de la Guerra de Secesión. Sin embargo, no hay que culpar solo a anglosajones rubios y de ojos azules. A muchos cubanos de Miami que no saben dónde está su abuela, o que la esconden, yo los he oido referirse al anterior presidente de la nación como “el negrito ése” y catalogar despectivamente a mexicanos y otros latinoamericanos como “indios.”

     Uno de los escritores es Aleksei Nikolaevich Tolstoy y el otro Langston Hughes. El ruso vivió entre el 1883 y el 1945. El newyorquino entre el 1902 y el 1967. Este Tolstoy (no confundir con León, el de Guerra y Paz y Ana Karenina) ha sido considerado como uno de los  mejores prosistas del siglo XX.

     Langton Hughes era mulato y brillante poeta de la cultura afroamericana. Perseguido durante el macartismo, fue también novelista, columnista, teatrista y ensayista. Hablaba perfecto el español y visitó Cuba en cuatro ocasiones, donde fue amigo de Nicolás Guillén. Estuvo en la Guerra Civil Española y dejó testimonios sobre los negros norteamericanos de las Brigadas Internacionales.

      Mi tocayo Nikolaevich estaba en París mucho antes de la Segunda Guerra Mundial y era muy amigo de un paisano suyo, el también escritor soviético Ilia Ehrenburg, quien fue testigo de la Revolución bolchevique y la Segunda Guerra Mundial y en París conoció personajes como Lenin, Trotski, Picaso, Hemingway, Modigliane, Rivera, Joyce y muchos otros.

     En su primer libro de memorias –Gente, Años, Vida— Ehrenburg contó sobre ellos y narró lo que le ocurrió a Tolstoy en una elegante sala de baile parisién donde se encontraba con su esposa. Un negro invitó a bailar a Sofia y ella le presentó a su marido. Ambos conversaron y se hicieron amigos. Tolstoy lo invitó a cenar en la pensión en que se alojaba. Entre los huéspedes de la pensión había un norteamericano que se indignó al ver a Tolstoy entrar al comedor con un negro. El ruso le explicó que el negro era una persona muy instruida y hasta le inventó el título de príncipe. Pero el norteamericano no aceptaba razones y dijo: “En nuestro país, los príncipes como éste limpian zapatos.” Ahí fue donde el escritor ruso perdió la tabla y como un oso de la Siberia agarró al norteamericano y lo tiró escaleras abajo entre las exclamaciones de aprobación de los otros pensionistas que eran franceses.

    Por su parte, Langston Hughes, en uno de sus libros, El Inmenso Mar, cuenta que iba en tren de regreso a Cleveland. Por lo bien que hablaba el español, por su piel morena-cobriza y su pelo liso y brillante a fuerza de pomada, como usaban los mexicanos, perfectamente pasaba por uno de ellos. Al cambiar de tren en San Antonio, Texas, donde la gente de color tenía que usar salas de espera para negros y no podía viajar en coche-cama, decidió ser mexicano para reservar un coche-cama.

     Cuenta él: “Aquella tarde, al atravesar Texas, estaba sentado solo en una mesa del coche-comedor, cuando entró un hombre blanco y se sentó frente a mí. Al poco rato observé que estuvo mirándome intencionadamente, largo rato, como tratando de averiguar algo. De pronto, dando un grito se puso de pie y exclamó:

     “—¡Usted es negro! ¿Verdad? –y salió precipitadamente del vagón, como perseguido por una plaga.

    “Yo me sonreí. Había antes oido decir que los blancos del Sur no se sientan jamás a la mesa con un negro, pero hasta entonces no sabía que los asustáramos tanto.”

     En otro viaje de regreso de México, en San Luis, en una breve espera entre tren y tren, contó:

    “En el centro del andén de la estación  había un puesto de periódico y una fuente de soda. Me acerqué al mostrador y pedí un helado de crema.

    “El camarero me preguntó:

    “—¿Es usted mexicano o negro?

    “—¿Por qué? –le pregunté.

    “—Porque si es usted mexicano, le sirvo –me contestó–. Y si es negro, no.

    “—Soy negro –le repliqué.

    “El camarero se volvió para atender a otro. Comprendí que estaba de nuevo en mi patria, en Estados Unidos.

     En esa patria, años atrás, José Martí y varios destacados revolucionarios cubanos habían fundado en New York “La Sociedad Protectora de Instrucción,” conocida simplemene como “La Liga.” Su fin era ayudar y enseñanzar a la menospreciada gente, como se dice, de color.

    “La Liga” tenía de pianista a la hija de Martí, María Mantilla, producto de su relación con Carmen Mantilla, gran compañera del Apóstol. Cuando la joven poeta norteamericana Cecil Charles daba clases de literatura y declamaba, al piano la acompañada la pequeña María e imaginamos a Martí observar embelesado a su niña. Y fue Cecil Charles quien, luego de la muerte del Maestro y Apóstol en Dos Ríos, tradujo al inglés y publicó Los versos sencillos.

    Martí ya había dado clases en en Madrid, Guatemala y Venezuela, pero es bueno recordar que fue en Nueva York donde sus alumnos negros le pusieron el sobrenombre de Maestro, así con mayúsculas, con el que, junto al del Apóstol, pasaría a la posteridad.

     Les habló, desde Miami, Nicolás Pérez Delgado.

    

Un comentario

Jose R Alfonso 2017-05-17 10:35:06

Muy bueno y realmente desconocía estos pasajes. Gracias Nicolás. Dr. Alfonso


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Viva cuba libre!