Por $2.50 se me murió Tomasita

 

En San Souci la ruleta alegremente gira. Hay bingo y montaña rusa en Coney Island Park. El neón de los anuncios lumínicos colorea calles y avenidas. Esculturales modelos en bikinis se muestran en los show del Casino Parisién y del Hotel Nacional. Radiocentro anuncia cinta de la Metro Goldwin Mayer. Nat King Cole canta en Tropicana. El Salón Francés de El Encanto exhibe exclusivos vestidos. En el Biltmore Yatch Club, alegres y perfumadas mujeres ríen entre los fulgores brillantes de copas y vasos, rodeadas del suave humo de cigarrillos norteamericanos

Pero la Cuba mayoritaria no era ésa. La de luces, casinos, yatch clubes y selectas boutiques, ni de lindas guajiritas que con sus manitas blancas decían adiós a sus galanes cuando estos montaban sus corceles de elegante pasitrote, ni todos tenían veinte pesos en el bolsillo, aunque la mayoría en Miami quieren hacer ver que así era.

     Y ante la realidad que vivía Cuba se impuso asaltar el cuartel Moncada y hasta el galileo Jesús de Nazaret, con su barba y pelo largo, entonces se hubiera ido a la Sierra Maestra a pelear.

    ¿No lo creen?

Esto ocurrió en Holguín, en la colonia cañera Tauler de la finca Limoncito. Lo contó el excelente reportero Santiago Cardosa Arias* en la revista Carteles al triunfo de la Revolución cuando entrevistó a Víctor y a Clotilde Tamayo, ambos campesinos, peones de la finca y padre y abuelo de una niña que no debió morir y que no quedó otra alternativa que sepultarla en una caja de bacalao.

    Cardosa Arias les pidió que contarán, y esta fue la dramática historia que recogió y que en parte reproducimos para este Miami que quiere pintar a la Cuba de antes de 1959 como el paraíso terrenal por las ruletas en los casinos, el Coney Island, Tropicana, las tiendas de lujo de la calle Galeano y los Yatch Clubes. Y esto, todavía con dolor, fue lo que los dos campesinos contaron:

    “Mi Tomasita tenía seis meses de nacida cuando ocurrió la novedad. Ella era muy linda; la mamá y yo la queríamos mucho, como se quiere a un primer hijo. Un día amaneció enfermita. Se había pasado la noche entera llorando, con fiebre, y nosotros sin saber qué hacer. Yo llevaba varias semanas trabajando, pero en casa no había ni un centavo. Como se dice: no teníamos ni en qué caernos muertos. Por eso se me ocurrió ir a ver al mayoral, a Enrique Vázquez, para que me diera una orden, o un vale por unos pesos, para comprarle una medicina que nos recomendó una vecina, pues aquí no había médico cerca. Pese a que le dije que lo que necesitaba eran dos pesos y cincuenta centavos, por los cuales le iba a trabajar dos días, el mayoral me dijo que no podía dármelo, que viera a Baldomero Núñez, el administrador, a quien fui a ver corriendo”

    Cardosa Arias narra en su reportaje que Víctor tuvo que hacer un alto en lo que contaba para reponerse de la emoción y controlar el llanto. Momento en que “Emidio Batista, otro cortador que escuchaba, aprovecha para aclarar que el anticipo solicitado por su compañero no eran dos cincuenta en efectivo, sino un vale para adquirir en la tienda del batey una rueda de cigarros que luego debía ser vendida en un peso y ochenta centavos, menos del valor, que era el único medio, la única forma, de conseguir el dinero.

    El reportaje de Cardosa Arias, que recién empieza, tuvo lugar en la cooperativa 32 José Garcerón. Y sigue narrando el periodista: “Se han acercado otros macheteros de la colonia, entre ellos el padre de Víctor, un simpático viejito llamado Clotilde que, según informa el administrador de la cooperativa, no quiere permanecer en cama, como le ordenó el médico del pueblo, alegando que “ahora que estamos en el Año de la Reforma Agraria no voy a dejar de trabajar para la Revolución.”

    “Como le decía –continuó Víctor– me fui a ver al administrador; me dio veinte explicaciones, veinte alegatos, pero no el dinero, ni la orden. “Lo siento –me dijo–, pero no te puedo servir en eso (…) Aquí hay mucha gente con problemas. No, yo no puedo.” No hay que decir que la infeliz criatura no pudo sobrevivir. ¡No tomó ninguna medicina! Por eso, a los tres días se nos murió. ¡Por dos cincuenta, señor, se nos murió Tomasita.

    “Don Clotilde, el abuelo, hace un comentario después de pedir permiso para participar en la entrevista.

    “Fue por esa gente que se murió –afirma–, no tenga la menor duda, señor. Así lo puede escribir. Esos señores no eran humanos; no les interesaban nuestros problemas, ni si nos moríamos, aunque nos explotaban.”

Aquí no termina esta historia que es para llorar. A la criatura había que enterrarla, ella tenía solo seis meses y la caja sería pequeñita, y un señor de poder, en su máximo grado de cristianismo, entregó al adolorido padre un papel para la bodega del batey. Y el abuelo contó:

    “Ese Nandín Robaina no tenía corazón. Cuando la niña murió lo fui a ver en nombre de mi hijo, para que lo ayudara en el asunto de la compra de la cajita donde enterraríamos a la criatura. ¿Y qué hizo ese señor? De dinero, ¡nada!… Después del ruego que le hicimos, cogió un papel dando una orden para la bodega del batey y que nos entregaran una caja de madera.

    “Sí, nos dieron una caja vacía de bacalao, y como no teníamos otra cosa, pues, tuvimos que utilizarla. Con clavos viejos y nuestros machetes hicimos lo que mejor pudimos. Era un pequeñito ataúd de tablas apestosas a bacalao, indigno hasta para un animal.”

¿Qué dirán los alabarderos miamenses de la desgarradora historia de Tomasita? ¿Dirán que es invento comunista? ¿Había o no había que asaltar el Cuartel Moncada?

     

 

*Santiago Cardosa Arias (Baracoa, 1933-2016) obtuvo el Premio Nacional de Periodismo 2014. Trabajó en Carteles, Revolución, Granma y otras publicaciones. Maestro del arte periodístico es autor de los libros “Ahora se acabó el chinchero” y “El reportaje y el reportero.”

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Viva cuba libre!