Comiendo trapo, comiendo papel

 

     Hay que ser ciego, tener la cabeza más dura que el acero o más hueca que la mina de diamantes de Mirny para chocar una y otra vez con la misma piedra. Una piedra que sigue en el mismo sitio y mantiene el mismo color. Ni siquiera el musgo la cubre, ni se disfraza con yerbitas ni con algún material suave. Es piedra piedra. Piedra roca. Y roca dura. Eso deberían saber.

     Que no lo sepa el bobo de la yuca, estaría bien. Se podría aceptar. Pobre bobo. Pero que no lo sepan congresistas y presidentes que quieren dirigir no solo a su país, sino al mundo entero. Eso no tiene nombre.

      Mi buen amigo Irenaldo García, de quien vuelvo a recordar que no tiene nada que ver con el esbirro batistiano de igual nombre, dice que actuar así constituye millonaria estupidez. No sé si es que exagera, pues no ha ocurrido tantas miles de veces, o se refiere a que los señores millonarios no miran hacia abajo.

     Con la misma piedra chocaron Eisenhower, Kennedy, Johnson, Nixon, Ford, Carter, Reagan, Busch-padre, Clinton, Busch-hijo, Obama y, el actual, Trump, también insiste en chocar con ella. Eso me hace recordar el estribillo de una vieja y famosa guaracha cubana que cantó Benny Moré, Daniel Santos, Bienvenido Granda y otros famosos. El estribillo, pegajoso, decía: “El bobo de la yuca se quiere casar, comiendo trapo, comiendo papel,” y me digo: ¿Qué estarían comiendo once presidentes y qué estará comiendo el actual? Habría lógica en que bobos choquen y choquen con la misma piedra, pero… ¿presidentes de los Estados Unidos?

    A la piedra no hay que identificarla. Todo el mundo le sabe el nombre. Una piedra que pareciera asemejarse a la kriptonita en relación con Superman.

     No vamos a ir lejos en el tiempo. En abril de 1992, el presidente George Busch, el padre, vaticinó que con la desaparición de la Unión Soviética y de todo el campo socialista europeo, Fidel Castro caería pronto y que él sería el primer mandatario estadounidense en visitar a la nueva y libre Cuba.

     En Miami, gozosos líderes contrarrevolucionarios empezaron a repartirse cargos públicos, sobre todo la presidencia. Los magnates calculaban que pronto se les devolverían fábricas, latifundios, edificios y centrales azucareros.

     Capos de la droga, el juego y la prostitución se soñaron en La Habana, pero con más talle en las altas esferas que un Santos Traficante o un Meyer Lansky.

     Todos hicieron maletas.

    Sin dudas, todos comían trapo, todos comían papel.

     Más que reaccionaria, la terrorista Fundación Cubana americana, bajo la égida de Jorge Mas Canosa creó entonces una comisión que se decía para la reconstrucción económica de la Isla. A su acto inaugural asistió el ex presidente Ronald Reagan, quien, como sacerdote imperial, bendijo la idea. Allí se encontraba Jeb Bush, hijo de ex presidente. Se relamían como panteras a punto de engullir un nonato de ciervo y hasta anunciaron que tenían compradores ansiosos, dispuestos a pagar millones de dólares por tierras y otros bienes en la Isla. Creyeron que iban a comer jamón del bueno y muy barato, pero igualitos que el bobo de la yuca lo que comieron fue trapo y papel.

    Pobres tipos. Se creen pícaros, pero a Fidel Castro no pudieron ganarle ni una. ¡Ni una! Y con Raúl van en pérdida igual.

    Así fue la historia. Y así sigue siendo. ¿No? Miren a Marquito Rubio. Miren a Díaz Balart. Resultan asesores del Presidente para asuntos cubanos. Ambos han llegado hasta el senado federal, donde también parece que no pocos comen demasiado trapo y papel. Por no decir que también comen otra cosa que en inglés se conoce con un seseante sustantivo, con un vocablo más suave que el español: shit. Pero empiecen con eme o con ese, todo el mundo sabe que huelen igualito. Ah, y la piedra sigue en el camino. No es muy grande en tamaño, pero ni con bulldozer la han podido eliminar.

    Les habló, desde Miami, Nicolás Pérez Delgado.

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Viva cuba libre!