Para avanzar hay que salir de las trincheras

Cuando el presidente Raúl Castro llama a “Mantener los oídos y los pies pegados a la tierra”, no se refiere solo a los estados de ánimo de la población, sino a todo lo que acontece en la sociedad cubana, a los fenómenos presentes y porvenir, asociados a realidades nacionales, y también externas.

La alerta asume que la diversidad económica, cultural, social, confesional, académica y filosófica que se abre paso en Cuba, obviamente se expresará también en los ámbitos ideológicos y políticos, fenómeno para el cual es preciso prepararse, sin que existan maneras compulsivas, administrativas, o autoritarias para detener procesos que se derivan de realidades objetivas.

Las mutaciones en la sociedad cubana son resultado de procesos de desarrollo, avances y no retrocesos. Por decisiones de la Revolución y no por imposiciones ajenas, prospera el sector privado, que se expande a las actividades culturales. El cine independiente cosecha lauros, los exponentes de la cultura nacional se integran al mercado internacional, y los emprendedores muestran que no es preciso emigrar para triunfar. La industria de la belleza y la moda regresa, y los atletas cubanos brillan en clubes extranjeros.

Con naturalidad, sin traumas, se restauró el laicismo en las estructuras estatales y políticas, y se instaló la tolerancia y la diversidad religiosa. Los religiosos cubanos son diputados y miembros del Partido. Funcionan en la Isla templos católicos y evangélicos, casas de culto y oración, sinagogas judías, espacios para las religiones populares y posibilidades para los islamitas. Con normalidad se expiden permisos para procesiones religiosas, acciones de caridad, y actividades en espacios públicos, y cada vez son más los niños que se bautizan.

Las personas viajan y regresan. La sociedad y las autoridades depusieron sus objeciones con los que emigraron, y casi sin formalidades les permiten regresar al país. Muchos cubanos poseen pasaportes de otros estados. El gobierno llama a los inversionistas extranjeros y les ofrece facilidades y se muestra abierto a negociar con los que en el pasado fueron perjudicados.

La diversidad sexual acepta todas las identidades, y con apoyo estatal y político se combaten discriminaciones y prejuicios. Se efectúan manifestaciones y festivales sobre el orgullo gay. Lo que nadie creyó ver se hizo posible al restablecerse las relaciones con Estados Unidos y negociar las diferencias en pie de igualdad.

Al convertirse en una entidad más diversa y tolerante, la sociedad cubana se ha hecho mejor. Estimar que una colectividad donde los ciudadanos ejercitan la iniciativa económica, viajan libremente, hacen negocios y disponen de sus bienes, disfrutan de sus ingresos en las instalaciones turísticas nacionales y en el extranjero, y se mantienen firmes con el socialismo, puede ser conmovida por diletantismos y elucubraciones acerca de opciones que por individuales son legítimas, es erróneo.

Creer que una juventud ilustrada y cosmopolita, que se apropia, utiliza, y disfruta de modo masivo a las nuevas tecnologías de la información y las comunicaciones, navega por INTERNET, intercambia con decenas de amigos e interlocutores en las redes sociales, pueda resignarse a comportarse de modo aldeano en materias políticas e ideológicas es un sin sentido.

Estoy persuadido de que el mejor modo de apoyar al Partido y a las autoridades revolucionarias es reflexionando acerca de la naturaleza y el carácter irreversible de estos procesos, avizorar los que están por venir, y crear fórmulas para encauzar las diversas corrientes de opinión y tendencias hacia destinos positivos.

No se pueden apoyar los cambios y reformas anclados en el pasado ni reivindicando anacronismos. Era joven cuando Raúl Castro llamó a “desempolvar”, escuché a Fidel cuando llamó a sostener la virtud fuera del convento, y comparto el punto de vista de que: “Avanzar es preferible a atrincherarse”. Allá nos vemos.
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*Este artículo fue escrito para el diario mexicano ¡Por Esto! Al reproducirlo o citarlo, indicar esa fuente

Probablemente en Ecuador hubiera sido preferible que el Movimiento Alianza País perdiera las elecciones porque de ese modo mantendría el apoyo de la mitad del electorado, reforzado la unidad de sus estructuras y conservado la integridad de su liderazgo que ahora ha comenzado a desgastarse en una sorprendente querella que los debilita y les impide concentrarse en su labor a favor del pueblo. De cierta manera, la historia se repite.

A las enormes dificultades para obtener avances políticos significativos, de la izquierda en los países latinoamericanos, se suman las vicisitudes para consolidarlos y la fatalidad con que se deshace lo alcanzado. Parafraseando presidente Raúl Castro: “…Falta fijador”.

De qué sirve que el Movimiento Alianza País controle el parlamento si esa mayoría no es capaz de impedir que el presidente de turno imponga sus caprichos y desdiga los preceptos del proyecto social y político que lo catapultó. Algo parecido ocurrió con el Partido del Trabajo en Brasil y su liderazgo que, en lugar de reforzarse luego de diez años en el poder, se ha agotado y el kirchnerismo que tras exitosos períodos de gobierno, se debilitó dramáticamente.

Como perseguidos por un estigma, los movimientos populares latinoamericanos son víctimas de la recurrente noria vigente desde la independencia que, en lugar de a republicas institucionalmente fundadas, condujeron al caudillismo, a las dictaduras y al predominio de las oligarquías dependientes del capital extranjero.

Así se patentizó la dificultad para consolidar resultados, que no es lo mismo que eternizar gobiernos, presentes en la Revolución Mexicana, en los procesos encabezados por Getulio Vargas, Lázaro Cárdenas y Juan Domingo Perón y que ha afectado decisivamente a los procesos político, encabezados por la izquierda.

A la hegemonía del binomio formado por el capital y el pensamiento liberal, la izquierda ha presentado una visión y una práctica alternativa. Los bolcheviques quisieron cambiarlo todo y construir una sociedad nueva, la socialdemocracia europea optó por la moderación y el reformismo y, a medio camino entre una y la otra, la izquierda en América Latina ha disfrutado de las mejores oportunidades después de la Revolución Cubana y de la crisis del socialismo real.

No obstante los relevantes éxitos alcanzados en la llamada “década ganada”, los gobiernos populares, en lugar de usar los recursos del poder y las facilidades de la legalidad para reforzar sus estructuras y hacer que funcionen para dar profundidad a los proyectos y las estrategias, a la izquierda contemporánea le ocurre lo contrario. El poder la debilita y la divide y amenaza con corromperla.

Tal vez la prédica del presidente Rafael Correa contra la partidocracia, afectó al propio movimiento Alianza País, impidiéndole adquirir una conformación estructural suficientemente sólida y una definición ideológica que sirviera como reguladores capaces de impedir lo que ahora ocurre.

Un partido o un movimiento no es una cúpula ni una maquinaria electoral sino una plataforma formada por las bases y las instancias de dirección que son eficaces en la medida en que tienen un protagonismo real y operan como inteligencia colectiva. Instrumentalizar los movimientos sociales y políticos para apoyar los liderazgos y no para ser creadores y rectores con capacidad para ejercitar la crítica, es un error que se repite una y otra vez.

Los hechos y su tozuda vigencia vuelven a estar a la vista. Quizás en Ecuador el daño está hecho. En unos meses un líder inconsecuente desbarata la obra de diez años. Queda el consuelo de poder sacar alguna enseñanza y la pregunta de: ¿Hasta cuándo durará el aprendizaje? Allá nos vemos.
*Este artículo fue escrito para el diario “Por Esto”. Al reproducirlo o citarlo, indicar la fuente.

Un comentario

Jose R Alfonso 2017-08-08 10:16:02

Profesor, saludos, en política, si hay algo verdaderamente difícil, es administrar la victoria e aquí un ejemplo de ello.


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Viva cuba libre!