Hormigas devoran La Habana

 

     Por unos días descansaré de Miami, de sus patrañosos noticieros, de su tráfico desquiciante, de la soledad de sus aceras sin portales ni árboles. Volaré rumbo a una ciudad tan especial que la fundación suiza New 7 Wonder la seleccionó como una de las Siete Ciudades Maravillas del Mundo luego de una encuesta entre millones de ciudadanos de diversos países.

    Y eso que los encuestados y los directivos suizos de la Fundación han de desconocer el realismo mágico de esa ciudad que una vez estuvo a punto de ser devorada por las hormigas y en otra ocasión se quiso dar muerte a invasores que de ella se apoderaron ofreciéndoles sabrosos platanitos maduros.

    Ahora que allá voy, un muy poderoso huracán categoría cuatro, bautizado como Irma, parece que de alguna manera en días azotará a la Isla, pero todavía a las nueve de la noche en la Habana truena el cañón en una de sus fortalezas, la de La Cabaña. La Luna desaparecerá tras negros nubarrones que anuncian lluvia o brillará en la noche clara, pero siempre el faro del Morro se mantiene alerta, advirtiendo a los navegantes. El cañón truena, pero no en son de guerra como hace siglos hizo contra el pirata y el corsario y hoy volvería a tronar contra cualquiera norteña locura imperial, como cuando en 1762 tronó contra la poderosa flota inglesa que, a la larga, logró tomar la ciudad y patrióticas muchachas, simulando sonrisas ofrecían a los invasores aguardiente acompañado de platanitos, creyendo que la mezcla de la fruta con el alcohol resultaría veneno poderoso.

    Nueve de la noche, hora en que antaño cerraban las puertas de las murallas y que ahora, a algún entretenido que coge fresco en el muro del Malecón, el cañonazo puede sorprender y seguro que observará el reloj para comprobar su hora o la exactitud de los artilleros.

       Es La Habana y es su gente y es su mar y es su brisa fresca y dulce. Una ciudad que en sus inicios estuvo a punto de ser devorada por las hormigas. Entonces era un caserío y faltaban siglos para que naciera Eusebio Leal, a quien algún día habrá que hacerle una estatua en el centro de la Plaza Vieja. La villa ni remotamente podía soñar en convertirse en una de las Siete Ciudades Maravillas del Mundo. Era de casuchas, con bares de pésima muerte y bohíos a lo largo de la bahía. La primera iglesia fue de pencas de guano, sitio donde luego se erigió el Palacio del Segundo Cabo. La vida era ruda en aquella Habana a la que arribaban sedientos marinos en tránsito y los habaneros también eran de armas a tomar, como los que ahora defienden la Revolución. Abundaban cuchilladas, pleitos por el juego y ni el clero se caracterizaba por las buenas costumbres.

    Las hormigas, insectos sociales y amantes de lo dulce y que ya secaban naranjos y otros árboles por los alrededores, decidieron buscar algo más suculento e invadieron la villa. El cabildo se vio impotente ante el masivo y gastronómico ataque. Tan desesperado e impotente estaba que acordó con la bendición del cura de la villa designar como jefe de la lucha contra las hormigas a uno de los Doce Apóstoles. El cargo recayó en San Simón, quien inmediatamente debía interceder ante Dios para quitar todas las hormigas “desta villa y sus términos.”

     El cronista desconoce detalles de cómo fue la gestión de San Simón, y si en esta visita que hará a La Habana se encuentra por cualquier esquina de la calle Obispo con el historiador Eusebio Leal, Insigne Restaurador de la Habana Vieja y sus Alrededores, título honorífico que le podrían conferir, le pediría que lo ilustre sobre el asunto. Pienso que independiente de la gestión divina, a lo mejor las hormigas se retiraron a echar una larga siesta luego de hartarse de las sabrosuras de aquel San Cristóbal de La Habana que ahora, sin el San Cristóbal, se mantiene en las puertas del Caribe como capital del primer país socialista de América.

     Las invasión de hormigas es historia, pero en tiempos recientes, no diminutos insectos, sino un gigante imperial ha querido engullirse de nuevo las sabrosuras no solo de La Habana, también  de toda la Isla y cayos adyacentes, archipiélago del que fueron dueño, pero hace ya casi sesenta años que los cubanos, comandados por San Fidel y San Raúl, lo han impedido.

    Y voy a esa Habana que tiene mil problemas, pero maravillosa como siempre, digan lo que digan los embusteros de los medios de comunicación de Miami que, por supuesto, abominarán a la fundación suiza. Allá ellos. Del aeropuerto de Miami partiré y cuarenta o cincuenta minutos después, mochila al hombro, bajaré las escalerillas del avión respirando una brisa distinta, amelcochada, que bajo el sol impío del calentamiento global, abanicará frescor entre los verdores y palmeras del aeropuerto “José Martí.”

    Quiera Dios que durante mi estancia las hormigas no vayan a invadir de nuevo tan dulce ciudad y me devoren a mí también, pues si se tratara del imperio, basta con San Raúl para ponerlo a raya. Pero, en definitiva, tampoco debo de preocuparme por hormigas: a ellas también mi grado de acidez creo que las mantendrá a raya.

    Les habló, desde Miami, Nicolás Pérez Delgado.

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La Habana, una de las ciudades maravillas del mundo

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