¿Por qué el PSUV volvió a ganar en Venezuela?

Nicolás Maduro durante una conferencia de prensa en Caracas. Foto: AP.

Nicolás Maduro durante una conferencia de prensa en Caracas. Foto: AP.

La elección de gobernadores en Venezuela, este domingo 15 de octubre, fue un verdadero cimbronazo para las fuerzas de la derecha continental, que esperaban que se refrendaran los resultados de las legislativas 2015, cuando la Mesa de la Unidad Democrática (MUD, agrupación de partidos opositores) triunfó de forma contundente. Nada de eso sucedió: el chavismo ganó 18 gobernaciones de las 23 en juego, al obtener 54 % de los votos a nivel nacional. La MUD apenas se impuso en cinco, en su mayoría alcanzadas por Acción Democrática, del veterano ‘cacique’ Ramos Allup. Las fuerzas más radicales de la derecha, las que encabezaron las violentas protestas meses atrás, se quedaron con las manos vacías.

“¿Cómo se explica que, en la crisis económica, social y política en Venezuela, el oficialismo haya ganado la mayoría de las gobernaciones?”, se preguntó en Twitter la presentadora de CNN, Patricia Janiot, adversa al chavismo desde los tiempos del propio Chávez. Esa es la pregunta que revolotea en la derecha regional: ¿cómo puede “esa gente” -para ellos siempre inferior en cuanto a capacidades- seguir ganando elecciones, incluso en medio de esa guerra económica que ha provocado desabastecimiento y una enorme inflación?

Posiblemente haya que buscar explicaciones en el quiebre político que significó la convocatoria a la Asamblea Nacional Constituyente (ANC), cuando millones salieron a votar –en julio pasado- para decirle no a las ‘guarimbas’, las violentas movilizaciones de calle que dejaron un centenar de muertos, varios de ellos quemados vivos por el “pecado” de ser pobres y chavistas. Desde aquella jornada electoral, la violencia disminuyó notablemente y la MUD aceptó -diálogo mediante con el Gobierno- la convocatoria a elecciones regionales, en función de las cuales realizó incluso unas elecciones primarias para elegir sus candidatos: fue allí, aunque con magra participación, que Ramos Allup comenzó a ganar la batalla interna de la derecha.

Janiot, al igual que centenares de comunicadores a lo largo y ancho del continente, olvida eso y también un dato adicional: que el chavismo, como fuerza política, ha constituido un verdadero nuevo paradigma en la política venezolana. Esto también puede explicar, en parte, su capacidad de ganar una elección nacional en el marco de una embestida internacional sin precedentes, con una inflación galopante, con desabastecimiento inducido y con buena parte de los medios de comunicación -internos y externos- en contra.

Maduro celebra junto a miembros de su partido, la victoria alcanzada en las elecciones regionales con el 54 por ciento de los votos. Foto: Prensa Presidencial.

Maduro celebra junto a miembros de su partido, la victoria alcanzada en las elecciones regionales con el 54 por ciento de los votos. Foto: Prensa Presidencial.

El chavismo no sólo ha sobrevivido al fallecimiento de su propio líder, sino que cuando parece agonizante patea el tablero, aprovechando los groseros errores de una oposición verdaderamente ‘amateur’. Y de esa forma construye, como ahora, esta victoria que descoloca a quienes vaticinaban el derrumbe del gobierno de Maduro hace apenas 10 semanas.

Uno de los datos más interesantes de la elección tiene que ver con la aparición en escena de una nueva generación del Partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV). La llegada de Héctor Rodríguez a la gobernación de Miranda (una vasta entidad territorial que incluye la mitad de la capital, Caracas, y en los últimos años dominada por la oposición) oxigena al propio chavismo, demostrando que es un proyecto político a largo plazo, que puede modificar su propio discurso para buscar interpelar nuevamente a sectores medios urbanos.

Dentro de la oposición hay grandes derrotados: los ex gobernadores Capriles y Falcón (mandatarios de los populosos estados Miranda y Lara, respectivamente), y el trío formado por Freddy Guevara, Leopoldo López y Lilian Tintori –de la muy derechista organización Voluntad Popular-, quienes incendiaron las calles meses atrás. Pero también, un gran ganador: el experimentado ‘cacique’ –como se denomina a los jefes vitalicios de tribus indígenas- Henry Ramos Allup, que con cuatro gobernaciones en el haber de su partido, Acción Democrática, se constituyente en un claro precandidato presidencial para el 2018, posiblemente en disputa interna con Julio Borges, presidente de la Asamblea Nacional.

La floja hipótesis de fraude en los comicios de este 15 de octubre quedó desbaratada por el propio Henrique Capriles Radonski, sempiterno candidato a la presidencia de la República y uno de los máximos líderes de la oposición, quien al momento de escribir estas líneas aún no ha emitido posicionamiento público.

La elección del pasado domingo demuestra, entonces, varias cosas. En primer lugar, que no es verdad aquella hipótesis de la derecha venezolana según la cual “el 80 % quiere a Maduro fuera del poder”. No por casualidad el gobierno adelantó de diciembre a octubre estas regionales: tenía conocimiento de un voto-condena a aquellos que desestabilizaron el país por meses, y de ahí que sus principales lemas de campaña tuvieran que ver con la paz y la democracia. Además, evidencia que los votos cosechados por la oposición fueron sólo los de sus sectores menos radicalizados, tendencia que tuvo lugar tanto en las primarias como en las generales. Esto debería favorecer el diálogo y aislar a los sectores radicalizados, que fueron castigados por el voto popular.

Parece abrirse, por tanto, un nuevo momento político en Venezuela, con un gobierno consolidado desde lo institucional, pero que aún seguirá afrontando grandes dificultades en lo económico, y una oposición que deberá rearmarse si pretende disputar la elección presidencial que tendrá lugar el año próximo.

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