Indios con y sin levitas

 

    El presidente Trump vuelve a la época de una guerra fría que parece quiere calentar contra Cuba y otras naciones. Luego de un receso de pocos meses, de nuevo el gran coloso del norte, descocado una vez más, embiste contra la Isla en aras de revertir la normalización de las relaciones. Su pretexto, aparente y, más que aparente, chiflado, un misterioso rayo invisible que primero comenzó dejando sordera y otros daños físicos a empleados de la embajada norteamericana en La Habana y ahora dicen ha atacado también a turistas norteamericanos en los hoteles habaneros Nacional y Capri. Washington no se atreve a acusar directamente a Cuba de tan orsonweleana agresión, pero ha iniciado medidas contra los cubanos sin presentar ni una diminuta prueba que justifique lo que hace. El inquilino de la Casa Blanca con cara de malo de películas hace días soltó: “Cuba es responsable de los ataque acústicos.”

     Se dice, y es de esperarse, que detrás de la embestida imperial se encuentre, entre otros, un Marquito que quisiera ser rubio no solo de apellido y lucir como red neck, pues el pelo negro es muy de latinos y los latinos no parecen ser muy del agrado del actual inquilino de la Casa Blanca, ni siquiera los de Puerto Rico, isla Estado Asociado a los Estados Unidos, donde se nace ciudadano norteamericano.

     De los negros, ni hablar. El presidente saliente era de ese color, aunque no negro charol, como se dice en Cuba, sino mulato, y las acciones de Trump, neuróticamente parecen encaminarse en borrar todo lo que hizo Barack Obama; por ejemplo, el sistema de salud Obamacare, que no es perfecto, pero algo resolvía; el pacto nuclear con Irán; el DACA, programa que beneficia a jóvenes indocumentados que de niños llegaron a EE.UU. y, en el caso de Cuba, la apertura de las embajadas.

   Sin embargo, casi se ha pasado por alto un hecho. El presidente Trump se ha mantenido muy calladito sobre la medida de Obama de eliminar pies secos, pies mojados, que permitía que los balseros –no los de República Dominicana ni de Haiti, sino los de Cuba– que tocaran tierra, yerba o arena estadounidense, aunque fuera con un dedo, permanecerían en el país de manera legal y al año y un día con derecho para la residencia permanente, la ansiada Green card, imposible para la abrumadora mayoría de otros inmigrantes latinoamericanos que cruzan la frontera atravesando mar, río o desierto y, por décadas, o mientras vivan, con el corazón en la boca permanecen como ilegales. Las autoridades aduaneras rastreándolos como perros, sin importar que jamás hubiesen comedido un delito, paguen impuestos desde hace 20 años y tengan hijos nacidos en los Estados Unidos, incluso estudiando en universidades.

     Sin embargo, los cubanos que, por ejemplo, cruzaban el Rio Grande por el puente de El Paso, México, solo tenían que decirle a los aduaneros estadounidense: “Mi ser cubano, asere.” El yanqui no entendería lo de asere, pero sí lo de “quiuban, quiuban, yo ser quiuban, mister,” y el mister, los dejaban entrar incluso con más derechos de los habidos y por haber.

    Ya no ocurre así. Incluso, las visas para ingresar a los Estados Unidos que entregaba la antigua Oficina de Intereses y ahora la Embajada de Washington en La Habana han sido de hecho suspendidas. Aducen la reducción del personal de la embajada debido a los misteriosos e indescifrables ataques sónicos, siempre dejando en duda quién podría ser el agresor directo. Tal vez rusos, coreanos del norte, iraníes o unos extraterrestres que ni la NASA imagina de que Galaxia podrían ser y que en un platillo volador se deben haber reunido con Raúl Castro para entregarle arma tan peculiar. Radiaciones o fusilazos que no sabemos si son cacofónicos o armoniosos y en los que nadie con dos dedos de frente cree y cuyas víctimas son un secreto tan bien guardado como los asuntos de los oficiales de la CIA en el exterior. Hasta Nereida, personaje que en Miami interpreta el humorista Alexis Valdés se burla de tan sónica trama de espionaje y eso que sabemos que en Miami cualquier complot contra Cuba es aplaudido.

     Los cubanos tendrán ahora que trasladarse a un tercer país para desde allí solicitar la entrada a los EE.UU, la cual, sea en México, Perú o Guyana, le puede ser perfectamente negada. Si la obtiene y el dichoso se traslada a ese país, luego el consulado estadounidense puede negarla, tal como ocurría en La Habana. Pero aun obteniendo ambas visas, sobra decir lo latoso y costoso que resultaría la gestión.

    ¡Qué rayo sónico ni doce demonios! Es racismo. En USA tan viejo como Matusalén. Ya José Martí, desde New York lo combatió en sus tiempos, cuando un periódico acusó a los cubanos de montones de defectos morales y los catalogó como indios con levitas.

    Por televisión presenciamos el desprecio con que el presidente Trump trató a los puertorriqueños en medio del gran dolor que sufren tras el desastre del huracán. Lo hemos visto como se refiere a la inmigración latinoamericana. Para él somos como bichos, raza inferior, sin los valores de sus queridos anglosajones, pertenezcan o no al  Ku Klux Klan. Ya vimos como concedió indulto al racista y abusador scheriff texano  Arpayo.

     Trata de arrasar con todo lo que hizo el presidente saliente, culto, agradable, buen orador y aunque tan imperial como él, de imperdonable color de piel. Era “el negrito ese,” como le decían muchos cubanos en Miami. Trump solo le ha perdonado que firmó la eliminación de pies secos, pies mojados.

     No hay que darle más vuelta al asunto. Trump, con respecto a Cuba, al menos por ahora, lo que desea es impedir la entrada de más indios cubanos a su nación, no importa que lleven levitas o no, aunque posean, como la mayoría y gracias al sistema de gobierno de Cuba, un título profesional. En fin, los quiuban somos indios también, igualitos a otros inmigrantes de Latinoamérica, aunque muchos cubanos-miamenses se consideren también parte de la raza superior.

     Sin embargo, el Marquito que quisiera ser rubio y dicen que Trump le escucha lo que inventa  respecto a Cuba no debe hacerse ilusiones en exceso. Tiene el pelo demasiado tostado y nada importará que vista costosa levita. Todo el mundo conoce que mentía diciendo que sus padres huyeron de Cuba por la represión castrista cuando en realidad emigraron antes del triunfo de la Revolución. Por mucho que adule, que diga que irá a la peluquería a hacerse el peinado presidencial, el día menos pensado Trump se fija bien en que el Marquito no es ni remotamente claro de pelo, que un tinte le quedaría tremendamente mal y recordará lo enemigo suyo que fue en las elecciones primarias y, con su lógica, podría decir: “Este también es un indio sucio, aunque lleve costosa levita, y ya una vez me atacó,” y tal vez le dé una patadita que el Marquito sentirá –digámoslo en cubano– hasta muy dentro del ojo trasero, que es arrugado, oscuro y ciego.

    Les habló, desde Miami, Nicolás Pérez Delgado.

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Viva cuba libre!