¿Habrían faltado esos fantasmas?

 

      Buena parte de la rica historia de los Estados Unidos es desconocida, más en esta sureña ciudad del sur de La Florida donde poco se lee. No obstante, en el excelente sistema de biblioteca del Condado Dade existe un libro que a todos instruiría, más a esos cubanos de ultraderecha que desde programas de televisión aparentan incluso ser más patriotas y bravos que Audie Murphy, el soldado más condecorado en la II Segunda Mundial, quien en sus  27 meses en combate se dice mató hirió o capturó a más de 200 soldados alemanes.   

      Nos referimos al libro La otra Historia de los Estados Unidos, de Howard Zinn, de quien ese gran pensador que es Noam Chomsky ha dicho que “su contribución a la cultura intelectual y moral de los estadounidenses es increíble.” Y es que Zinn muestra lo que ocurrió desde el punto de vista de los desposeídos, de las mayorías, esos que se quieren pasar por alto en la historia para solo dar paso a altos políticos y exitosos empresarios multimillonarios. Este autor, que tantas falsedades y acomodos de la realidad revela, sí fue hombre de combate. Durante la II Guerra Mundial fue piloto de los bombarderos que atacaban a la Alemania hitleriana.

    Por él conocimos que cuatro años antes de aparecer el Manifiesto Comunista, cuya primera frase es “Un fantasma recorre Europa…” pareció en cierta manera adelantársele y en un pequeño periódico obrero estadounidense de 1844 se dijo lo siguiente: “La división de la sociedad entre la clases productivas y no productivas, y la distribución desigual del valor entre las dos nos lleva a otra distinción: la del capital y mano de obra… la mano de obra se convierte en comodidad… el capital y la mano de obra están enfrentados.”

    En víspera de la guerra de secesión, Zinn reproduce como eran descritos los ricos de Boston: “Estos hombres vivían con todo lujo en Beacon Hill, admirados por sus vecinos por la filantropía y el mecenazgo que ejercen hacia el arte y la literatura. Comerciaban en State Street mientras sus directivos adjuntos dirigían sus fábricas, sus directores ferroviarios llevaban los ferrocarriles de su propiedad, y sus agentes vendían su energía hidráulica y su propiedad inmobiliaria.”

       Así disfrutaban del mundo, pero a mediados de ese mismo siglo XIX, “en Filadelfia vivían hasta 55 miembros de familias obreras por vivienda. Normalmente una familia por habitación, y no tenían ni sistema de eliminación de desechos, ni lavabos, ni aire fresco, ni agua. Existía un sistema de bombeo de las aguas del río Schuykill, pero iban destinadas a las casas de los ricos.”

     “En New York se podían ver a los pobres echados en las calles entre la basura. No había desagüe en los barrios bajos y el agua fecal se acumulaba en patios y callejones, filtrándose a los sótanos donde vivían los más pobres trayendo la epidemia de tifoidea –en 1837—y la de tifus, en 1842. Durante la epidemia de cólera los ricos huyeron de la ciudad; los pobres se quedaron y murieron.”

    Trabajadores de Chicago, en una concentración multitudinaria, al referirse a la guerra por la abolición de la esclavitud afirmaron que la mayoría de la población blanca se ve obligada a sufrir una esclavitud más hiriente y humillante.

    Harriet Hanson, una muchachita de 11 años que trabajaba en una fábrica con dormitorios supervisados por matronas, en Lowell, Massachusetts, se quejó porque las levantaban a las 4 de la mañana y trabajaban hasta las 7 y 30 de la tarde y a veces su cena a esa hora era pan y salsa de carne. Hay que decir que a los negros esclavos en Cuba, sus dueños los alimentaban mejor. Pero así nacían muchos millonarios. La niña de 11 años luego recordaría que en una huelga “…al mirar atrás y ver la larga cola que me seguía sentí un orgullo que más nunca he vuelto a sentir.”

    La historia clásica, hermosa o heroica en todos sus capítulos, que se enseña en escuelas e institutos desechan desamparos y declaraciones de insurrección, como cuando en New York se distribuyó el panfleto titulado “Los ricos contra los pobres” y se creó un partido que se llamó Derechos Igualitarios. Un cuatro de julio, uno de los oradores de ese partido expresó: “Primero intentaremos la vía de las urnas. Si eso no nos permite conseguir nuestros buenos propósitos, el próximo y último recurso será la caja de los cartuchos,” haciendo un juego de palabras entre cajas electorales y cajas de proyectiles de guerra.

    El director del periódico Republican de Saint Luis escribió: “Las huelgas ocurrían casi cada hora. El gran Estado de Pennsilvania estaba todo alborotado; la ciudad de Nueva Jersey era presa de un miedo paralizante; Nueva York estaba reuniendo un ejército de milicianos; Ohio se veía sacudido desde el Lago Erie hasta el río Ohio; Indiana permanecía en un estado de terrible suspense; Illinois, y especialmente su gran metrópoli, Chicago, parecía caer en el borde de un precipicio de confusión y alboroto. Saint Luis ya había sentido el efecto de las primeras sacudidas de la revuelta…”

     En el verano de 1877, cuando en las calurosas ciudades las familias pobres vivían en sótanos y bebían agua contaminada, el NewYork Time expuso: “…ya se empieza a oír el gemido de los niños moribundos…Pronto, si nos hemos de guiar por experiencias pasadas, habrá miles de muertes infantiles cada semana en la ciudad.” En Batilmore, donde las aguas fecales corrían por las calles, murieron 139 bebés.

    En la estación de trenes de Batilmore & Ohio, en Martinsburg, Viginia Occidental, los trabajadores fueron a la huelga, desconectaron las máquinas y al poco tiempo en la estación se agolpaban 600 trenes de mercancías. En otra de las rebeliones de los ferroviarios, en Batilmore, más de 15 mil personas dieron fuego a tres vagones de pasajeros, un andén de la estación y una locomotora.

    Parecen páginas extraídas de “Diez días que conmovieron al mundo,” libro del norteamericano John Reed sobre la revolución bolchevique.

       Luego de la depresión de 1893, el norteamericano Eugene Debs se decidió por una vida a favor del sindicalismo y el socialismo. Una huelga en Chicago fue aplastada por miles policías. Debs fue a la cárcel y luego escribió en el Railway Times: “La cuestión es socialismo contra capitalismo. Yo estoy a favor del socialismo porque estoy a favor de la humanidad. Hemos estado bajo la maldición del reinado del oro demasiado tiempo. Ha llegado la hora de regenerar la sociedad.”

          Eugene Debs, en 1920, encontrándose en prisión, sin campaña electoral de miles y millones de dólares, aspiró a la presidencia de los Estados Unidos y obtuvo en 6 por ciento de los votos. Esto no se cuenta en las escuelas.

    Mucho más narra y analiza Howard Zinn en su libro La otra historia de los Estados Unidos y en el aire deja una pregunta: ¿qué hubiera sucedido si un Marx, un Lenin o un Fidel Castro hubieran, y no como fantasmas, recorrido el país?

      Les habló, desde Miami, Nicolás Pérez Delgado  

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