Un octubre en noviembre

 

                         

             

 

Sin asombro recibimos la noticia, al saber que Vladimir Putin, no sólo restó importancia a la Revolución Bolchevique al cumplirse su primer centenario, sino que prefirió no hacer conmemoraciones recordando el centenario. Era esperado del Presidente ruso, quien en su discurso a la nación el 1ro de diciembre del 2016 manifestó lo siguiente:  “No podemos arrastrar hasta nuestros días las divisiones, las ofensas y los problemas del pasado, los cuales explican las tragedias que tocaron a casi todas las familias de Rusia, sin importar a quién, ni en qué frente estuvieron nuestros antecedentes en aquellos tiempos. Recordemos que somos un pueblo unido y tenemos una Rusia unida.”. Recientemente en una intervención con académicos dijo: «¿No fue posible seguir un camino evolutivo, mejor que pasar por una revolución? ¿No podríamos haber evolucionado mediante un avance progresivo, gradual y constante en lugar del costo de destruir nuestra condición de Estado y la despiadada destrucción de millones de vidas humanas?»,

Aunque es cierto que el patrón usado para impulsar un nuevo poder político que sustituya al Estado capitalista, alentó el enfrentamiento de las reales divisiones dentro de la sociedad, el acontecimiento tuvo una singular importancia que aún conserva. Su desarrollo demostró parcialmente, que la iniciativa privada no es el único medio de producir desarrollo económico y que, el Estado, reviste una esencial importancia en la distribución equitativa de las riquezas. Históricamente es un punto de inflexión indiscutible de Rusia que la elevó al rango de una potencia mundial.

La decisión del Presidente Putin para no conmemorar oficialmente lo que él llamó en su discurso del 1 de diciembre del 2016 “la Revolución de Febrero y la Revolución de Octubre”, tiene un carácter conciliatorio y señaló que esas fechas son un pasaje de la historia rusa. “Es nuestra historia común y hay que tratarla con respeto”. Pero quedó claro que se trató de un acontecimiento traumático que deben analizar los “historiadores y científicos para reestablecer el acuerdo social y civil que conseguimos alcanzar hoy”.

Definir aquel proceso sólo por sus crímenes, principalmente asociados al stalinismo y la existencia de los gulag, desconociendo los fundamentos prácticos aportados, es engañarse uno mismo o dogmatizar una realidad que habla por sí sola. Al parecer Putin no los niega, pero no considera prudente bendecirlos como el inicio de la historia rusa, sino como un acontecimiento más que según manifestara en la inauguración del monumento a las víctimas de la era soviética, “estos crímenes no pueden tener ninguna justificación”. Desde el 2005, la fecha oficial rusa, Día de la Unidad Nacional, es el 4 de noviembre, día en que los rusos expulsaron a los polacos del territorio hace cuatrocientos años y el inicio de los Romanov.

Todos los acontecimientos sociales que, por múltiples razones, rompen el curso evolutivo, alterando el orden político por la voluntad de una persona o grupo, trae como resultado oscuros pasajes y lamentables ocurrencias que convierten en víctimas a amplios sectores de la sociedad. Aun cuando los hechos, alentados por ideas que se contradicen con la negatividad de los sucesos, logren eventualmente encaminarla por mejores senderos.

Los procesos políticos, surgidos de rebeliones sociales, justificadas o no, junto con su frescura de agua cristalina, siempre han producido lodos. Muchos más que las revoluciones que han sido resultado de la evolución zigzagueante de la historia y cuyos desarrollos no fue precedido por los traumas de convulsas insurrecciones. La Revolución Inglesa, Francesa, Rusa (Bolchevique), Mexicana, la Cubana y quizás en menor cuantía la Norteamericana, la cual fue consecuencia de una guerra para independizarse de su Metrópoli, como ocurrió con las luchas independentistas Latinoamericanas, llevan máculas. Unas terribles, rayando en lo inhumano, cargadas de odio, revanchas y envidias. Otras inconcebibles desde nuestra realidad, pero susceptibles de interpretaciones cuando analizamos sin prejuicios el medio en que se desarrollaron, como fue el caso de la llamada Revolución Norteamericana, cuyas ideas liberales, en contradicción con ellas y la Europa de entonces, mantuvo la esclavitud y afanosamente se empeñó en desplazar a los aborígenes del medio. Algo similar sucede con la Revolución Cubana, algunas de cuyas manchas no pueden señalarse sin considerar el estado de sitio al cual ha sido sometida por Estados Unidos.

Los mismos criterios de los conservadores ortodoxos de derecha, que sólo entienden la Revolución Bolchevique como una maquinaria de crímenes inmundos, son los que impiden a determinadas izquierdas, tan ortodoxas y fanáticas como los anteriores, hablar del magnífico acontecimiento que significó la Revolución Norteamericana, a pesar que desconoció la igualdad del negro y a sangre y fuego desplazó a la población indígena.

Más próxima a la ortodoxia de las teorías liberales estuvo la Revolución Norteamericana que la Blochevique de los suyos, puestos que sus enunciados explican la factibilidad de implementar cambios políticos que rompan los patrones del capitalismo, al explicar cómo los factores evolutivos favorecen su realización y ésta fue precisamente una de las mayores contrariedades rusas. Sin considerar ese aspecto, la Revolución Bolchevique optó por inventar una nueva estructura económica, contradiciendo las realidades técnicas y las leyes de la producción y el intercambio.

El socialismo y la utopía comunista, explicada por los teóricos sociales del siglo XIX, fue una esperanza ante la explotación inmisericorde que alentó las probabilidades de enriquecerse de la noche a la mañana, posibilitadas por los nuevos descubrimientos tecnológicos y científicos. El mensaje del socialismo teórico fue más profundo que el de Adam Smith en su Riqueza de las Naciones, pues éste apelaba a la compasión ante el inminente desguazo social que las nuevas formas de producir desataron, mientras las ideas socialistas abogan por eliminar las causas que lo provocan.

La Revolución Bolchevique, usualmente referida como Revolución Rusa o Revolución de Octubre en base al calendario juliano, no es un hito a sacralizar, pero sus metas son condición obligada de la humanidad, para balancear la convivencia y evitar confrontaciones inútiles.

De accidentes lamentables está llena la historia que, penosamente no son colectivamente previsibles en su momento. Es cierto que de buenas intenciones está empedrado el camino del infierno. Pero lo que debe valorarse no son las intenciones, sino los medios utilizados para su implementación y hasta qué punto estos difieren de las posibilidades circundantes, impidiendo convertirlas en realidad eficiente y perdurable.

Si para algo sirve la historia es para inferir estas enseñanzas y para que poetas e historiadores adornen el lenguaje.

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