Revolución de Octubre y Guerra Fría

 

               

            

                                        Aniversari_Revolució_1917             

 

Este año, en el mes de noviembre, se conmemora el centenario de la Revolución de Octubre. Fue uno de los acontecimientos socio-políticos más trascendentes del siglo XX, dividiendo al mundo en dos sistemas sociales. La fortaleza adquirida por el nuevo Estado forzó al reconocimiento internacional de dos sistemas políticos universales que por definición debían ser contrapuestos, contradictorios y excluyentes.

Hasta el fin de la Segunda Guerra Mundial no hubo encontronazos de significación entre Estados Unidos de América y Rusia que eran, en ese entonces, los mayores exponentes de ambos sistemas.

El frenesí ocasionado por la triunfante revuelta que suplantó el Poder zarista por el Bolchevique, atribuido por sus dirigentes al “designio histórico” y la “verdad”, los condujo a considerar que estaban en el camino que llevaría al Comunismo. Cambiaron los nombres, crearon nuevas terminologías y bautizaron a Rusia como “el primer Estado Socialista”. La creencia de haber descubierto la solución humana de las problemáticas sociales, los hizo asumir una función de apostolado más allá de sus fronteras, sentando cátedra en temas sociales, procurando la dirección de los movimientos progresistas y planeando de diversos modos que el resto del universo aceptara la “nueva verdad”.

El criterio de hacer la Revolución en un solo país, lo cual ha mostrado su factibilidad en los últimos años, aunque con un concepto de Estado Socialista diferente, los sumergió en una labor febril para la creación de una Internacional que en definitiva laboró a favor de Rusia. El más independiente de esos partidos fue el Partido Comunista de Estados Unidos. La diseminación de agentes, militantes y apóstoles asignados para facilitar el reemplazo del Poder en otros países o realizar labores de cabildeo o propaganda para evitarle entorpecimientos al naciente Estado, fue levantando sospechas y abroquelando a los fanáticos del capitalismo estadounidense, que también tenían su verdad, no menos fanática e incierta, que planteaba la “mano invisible del mercado”, a la cual le atribuían ser la esencia de todo progreso y desarrollo económico.

A penas transcurridos veinte años del comienzo de aquel proceso, sobrevino la Segunda Guerra Mundial. La fortaleza alcanzada por el nuevo Estado, aconsejó a Estados Unidos de América establecer una alianza para enfrentar al eje fascista que, mejor equipado que Rusia, tenía ventajas para eventualmente aislarla y extender la masacre de la guerra. La bravura del soldado ruso, ya demostrada en épocas de Napoleón y los gigantescos suministros estadounidense, lograron finalmente la victoria. La cooperación no sobrevivió al triunfo y se desató la Guerra Fría que terminó cuando la Unión Soviética colapsó.

De haber vivido más años Roosevelt, más dispuesto a la negociación que sus sucesores, es posible que aquella etapa se hubiese dilatado, pero los evidentes propósitos soviéticos de llevar su esfera de influencia al mundo controlado por Estados Unidos de América y el criterio de “verdad” esgrimido con fuerza y soberbia por la otra. hubiera hecho inevitable a mediano plazo, tanto la carrera armamentista como el desafío latente entre ambos colosos.

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