Revolución de Octubre, fallas y trascendencias

 

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 El experimento soviético probó que sin propiedad privada ni grandes corporaciones se puede desarrollar la economía, pero no pudo aportar nuevos derroteros. Su urgencia en el proceso de acumulación de capital lo sumergió en un primitivismo que superaba con creces al Estado Capitalista. Ni siquiera logró administrar con eficiencia sus abundantes recursos y en un pertinaz empeño por acelerar la acumulación de capital se sumergió en una exagerada etapa primitiva de explotación. Por su premura no dio importancia a las nuevas tecnologías de calidad que ya habían establecido sus primeras y rudimentarias cátedras, al calor de los grandes conglomerados industriales. Al deficiente modo de desarrollo económico escogido por la dirigencia, se sumó la negativa de realizar aportes en el ámbito político, el institucional y el jurídico, lo cual contribuyó aún más, a crear enormes déficits de libertades, derechos individuales y democracia.

Al rechazar la democracia burguesa, se rehusó toda democracia, incluso la oportunidad de escoger un proceso económico que no castigase tan duramente a varias generaciones.

El despilfarro de recursos en la primera etapa del capitalismo alcanzó su clímax a fines del siglo XIX, pero su propia supervivencia lo condujo a los primeros ajustes, mejorando la eficiencia y productividad. El excesivo despilfarro soviético se extendió durante la casi totalidad del siglo XX, aun cuando otras experiencias hubiesen permitido controlarlo, tal y como ha sido la opción de China. Su tozudez en el orden político, algo que algunos de los pioneros de aquel proceso alertaron, tuvo mucho que ver con el afán desmedido por competir con países que ya habían transitado y madurado la nueva formación económica. El déficit económico, de libertades, derechos individuales y democracia, a fines de la década de 1980, enviaron un estado de cuentas con saldo rojo.

Casi cincuenta años antes de la toma del Poder por los bolcheviques, Inglaterra y las sociedades europeas comenzaban a consolidar hábitos de desafiar gobiernos y cuestionar prácticas de Estado, lo cual estimuló el avance de las ideas sociales. El capitalismo era enfrentado por los trabajadores. La lucha por el horario, mejores condiciones laborales, la probabilidad de llegar a los parlamentos a personas identificadas con los más desfavorecidos y las nuevas relaciones sociales generadas por aquel primitivo capitalismo, conformó visiones de las cuales carecían las mayorías rusas, oprimidas por un cruel despotismo.

Rusia ingresa al proceso de una Revolución socialista cabalgando sobre siglos de despotismo y cruentas represiones. La dirección revolucionaria optó por acelerar, a cualquier costo, al estilo de un laboratorio, el crecimiento económico, supuesta piedra angular para la organización de una “sociedad comunista”.

Era difícil en aquel instante de euforia, no sólo para los bolcheviques triunfantes, sino para las fuerzas progresistas en general, prever el resultado de la interpretación práctica que recibieron las propuestas de Marx. Como tampoco es factible para nosotros revertir los hechos en nuestra imaginación y afirmar de manera absoluta, qué hubiese sucedido de no ocurrir el temprano fallecimiento de Lenin.

No obstante, las fallas del proceso que, con relativo acierto hoy podemos señalar, no impiden reconocer su positiva influencia sobre otras fuerzas políticas progresistas de Europa que, por vía del reformismo político y el establecimiento de democracias y políticas sociales, tendientes a una distribución más justa de la riqueza social, favorecieron una mayor democratización en sus países y contribuyeron a mejorar el nivel de vida de grandes mayorías.

El Estado de Bienestar, con sus orígenes diversos, en cuyo inventario podemos contar leyes de seguro social para la vejez e indemnización a los trabajadores, aprobadas ambas en 1883 y la de salud en 1884, durante el gobierno del conservador Otto von Bismarck en Alemania; las legislaciones sociales inglesas impulsadas por Benjamin Disraeli, creando las pensiones para indigentes ancianos en 1908, garantías de empleo a los campesinos pobres, la ley de seguro de salud de 1911, garantizando asistencia a todo ciudadano y similares reformas en Francia, recibieron un fuerte aliento con la Revolución de Octubre. Apenas terminada la Segunda Guerra, el Estado de Bienestar se instala en diversos países occidentales de Europa. Algunas izquierdas cuentan, no sin razón, que la motivación oculta fue contener el comunismo, argumento irrelevante por cuanto todo lo que sucede en política tiene su origen en las respuestas de cada sociedad ante las circunstancias y Europa tuvo que ceder ante el movimiento progresista del continente.

La Revolución de Octubre pese a sus desaciertos e incapacidad para la rectificación, puso a Rusia en el camino de la competencia mundial y sirvió para alentar a los desposeídos y abusados de otros países y en ese sentido jugó un papel importante. No dio lugar a una revolución mundial como creyeron Lenin y Trotski ni creó el paraíso en la tierra, pero indicó caminos y realizó propuestas todavía vigentes.

Cien años después, el mundo no celebra su fiesta. Tampoco tiene razones para condenarla. El camino de la justicia, pieza central del socialismo y piedra angular para la convivencia humana, apenas comienza a dar sus primeros pasos de infante curioso. Los países cuyos poderes sociales se conservan, como Vietnam, China y Cuba, racionalizan la organización del Estado y sus sociedades, reinterpretan los fundamentos teóricos y abandonan la práctica de “saltar etapas”, las cuales han demostrado ser infranqueables. En los demás países, donde predomina el conservadurismo político, el Poder se enfrenta a las demandas sociales de las nuevas generaciones. Ceden a las presiones, se suman otras voces y las trampas puestas para la alternancia en la Administración del Estado, son denunciadas y sus revaluaciones inminentes.

Así es la historia. Altos y bajos, triunfos y retrocesos, pero su camino ascendente parece que sólo podría ser detenido por otra lluvia de meteoritos que, en este caso, matarían al nuevo y más excelso dinosaurio de todas las épocas: el ser humano, con sus grandiosos sueños y su indoblegable empeño por trascender centurias.