El primer sanguivin no fue el de los Pilgrims


El cuarto jueves del mes de noviembre es un día de fiesta que los hispanos regalamos a los anglosajones. Fue que ningún periodista, político, poeta o historiador nacido en la isla de Juana, como primero fue bautizada en honor de la reina española, se propuso fregar suciedades de la historia. Si lo hubieran hecho, el Día de Acción de Gracias hubiera tenido lugar en 1492 y no 129 años después, cuando los Peregrinos del Mayflower invitaron al gran jefe de los Wampanoag a una parrillada donde nativos y calvinistas se dice compartieron alegremente.

Cuando el tozudo navegante Cristóbal Colón se hizo a la mar luego de vencer las dudas de frailes y todas las dificultades económicas de la empresa, no partió rumbo a un territorio más o menos conocido, como al que hicieron rumbo los inmigrantes del Mayflower. En espera de encontrar un mítico reino, el del Gran Khan, por las bordas de la Niña, la Pinta y la Santa María echaron al mar prudencia y sentido común y desvirgaron aguas desconocidas, reputadas por los cartógrafos y en tabernas de rudos marinos como de peligros sin límites. Pasadas las primeras semanas de navegación, entre no pocos se decía: “Lo mejor sería ahorcar del palo mayor a este viejo loco, tirarlo por la borda y volver tranquilos a nuestra tierra firme en Palos y Moguer.”

En cambio, cuando el Mayflower llegó a la costa de Massachusetts hacía ya 13 años que un centenar de inmigrantes también procedentes de Inglaterra habían fundado una colonia en la bahía de Chesapeake, a la que llamaron Jamestown. Pero de estos fundadores casi no se habla y no pocos creen que los Peregrinos fueron los primeros en arribar al actual territorio de los Estados Unidos. Desconocen que incluso dos años antes del arribo en 1620 de la nave con esos 102 Peregrinos que tan célebre han resultado, a Jamestown habían llegado 90 “doncellas” para ser vendidas y un holandés desembarcó los primeros 20 africanos. A Europa se exportaba tabaco desde hacía cuatro años.

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Curiosamente, el potencial Día de Acción de Gracias cubano también tendría que ver con el tabaco y con un ayamontino llamado Rodrigo de Xerez que había conocido a Colón en una taberna donde el Almirante lo convenció de la redondez de la Tierra y de que navegando rumbo al oeste, incluso a media vela, en 40 días llegarían a las Indias.

El ayamontino no resultó uno más de los anónimos marinos de las tres carabelas que descubrieron el continente americano, pues frente a la costa que los naturales llamaban Cuba –por la actual zona de Gibara—, en calidad de embajador Colón le encomendó la misión de adentrarse tierra adentro hasta los palacios del Gran Khan y entregarle a éste una carta y unos presentes a nombre de los reyes de Castilla.

Sin dudas, ideales e imaginación sobran en los hispanos, como siglos después exteriorizaría el Quijote, y como creyeron que sus naves estaban ancladas en la costa de la India a Rodrigo lo acompañaron dos guías indios y su paisano Luis de Torres, políglota conocedor del caldeo, hebraico, arábigo y otras lenguas. Se adentraron en un mundo exuberante. Millares de pajarillos de variados plumajes entonaban selváticas melodías en medio de la pródiga vegetación y ambos se afanaban por encontrar muestras de especierías e indagaban por el oro junto a ríos y arroyos.

Las gentes que encontraban eran bronceadas, fuertes, amables. Las mujeres como Dios las echó al mundo. Algunos quieren observar de cerca las caras peludas de los extraños; otros huyen despavoridos ante aquellas vestimentas desconocidas que brillaban como soles.

Unas 12 leguas después llegan a un poblado. Hay júbilo en los naturales. Agasajan a los recién llegados. Los invitan a comer del casabe, de la yuca y el ñame. Son agradables, pacíficos, los invitan a quedarse. Los recién llegados regalan collares de cuencas de vidrio, y espejitos y los naturales, en su lengua, sonrientes, daban gracias. Rodrigo se fija que algunos chupan unos tizones encendidos: unas yerbas secas metidas entre otras hojas secas también. El ayamontino se intriga, inquiere detalles. Luis de Torres recurre a todos sus idiomas y dialectos.

—Cojiba… cojiba… tabaco… tabaco –respondían los nativos que entendieron, más que por la jerigonza que escuchaban, por los gestos y las señas del políglota.

Los españoles habían descubierto también el fumar. Cojiba era la yerba; tabaco un instrumento de cáñamo duro y pulimentado para aspirar el humo y destinado a gente importante. Rodrigo decidió probar tales sahumerios. A Luis de Torres no le agradó. Pero a Rodrigo sí, aunque se mareó un poco en aquella primera prueba. Dieron gracias a los indios por la acogida, gracias, gracias, muchas gracias, y nadie podría negar ser ése el primer día de Acción de Gracias en el continente americano si los cubanos se hubieran propuesto hacer propaganda sobre lo bienhechores que fueron sus padres fundadores con los indios cuando les regalaban collarcitos y espejitos. Rodrigo llevó al Almirante aquella yerba que dijo daba sosiego al espíritu. Pero Colón le dijo:
—Conozco tal hoja seca. Ofrendáramenla en San Salvador el pasado doce de octubre –y agregó–: Pero no se aflija, Don Rodrigo, ya toparemos con el rey de los reyes.

El Gran Khan no apareció. Pero habían descubierto América, el mismo continente al que 115 años después y a cientos de leguas marítimas más al norte desembarcaron los primeros ingleses por la bahía de Chesapeake y 13 años después, por cabo Cod, los 102 Peregrinos que en Inglaterra no gustaban por ser considerados extremistas religiosos, con una filosofía más radical que la de Calvino.
El cubano es regalón y no hizo caso de ese día o no quiso edulcorar el genocidio que luego cometerían los españoles en toda la América hispana, igual que hicieron los cara pálidas anglosajones, aunque Hollywood hizo creer a muchos que los indios eran los malos de la película.

Los nativos de la tribu Wamponoag socorrieron a los Peregrinos. Les dieron semillas y los enseñaron a sembrar, pescar y cazar. Al año los Peregrino los invitaron a una comelata. Muchos son los hermosos grabados que recogen ese momento y en 1863, por iniciativa del presidente Abraham Lincoln, se instauró oficialmente el Día de Acción de Gracias, el Thanksgiving.

Las gracias, muchas gracias o thanks you, thanks for everything enseguida se transformaron en pérfidas ingratitudes, en terribles matanzas. Los nativos fueron exterminados en buena parte por los españoles en el sur del continente y por los ingleses en el norte, fueran muy religiosos o ateos, en el norte. En el oriente de Cuba quedaron contados y aislados descendiente de tainos, siboneyes o guanatahabeyes. En los Estados Unidos, apaches, siouk, cherokees y otras tribus eran mucho más poderosas y guerrearon por más de dos siglos contra los colonos que los despojaban de sus tierras y les mataban sus bisontes. En La Florida, por ejemplo, perduran los Miccosukee, exitosos empresarios con negocios de casinos y turismo. A no todos lograron exterminar.

Pocos años después de ese Thanksgiving que con fiestas se conmemora anualmente en Estados Unidos, en 1637, por ejemplo, un    armado puritano atacó a indios de la tribu pequot mientras dormían. Los encerraron en unas empalizadas y les prendieron fuego. Quinientos indios –niños, mujeres y ancianos– se cuenta que murieron esa noche.

Más de 300 años después, en 1970, en la celebración del Día de Acción de Gracias, en Plymouth, Massachusetts, se descartó la idea primaria de que un indio hiciera un discurso. Se llamaba Frank James y era un wampanoag, pero las autoridades al ver lo que había preparado, dieron marcha atrás. No habló. Parte de su discurso, según se supo, era el siguiente:

“Os hablo como un hombre, un hombre wampanoag… Mis sentimientos son contradictorios… Apenas había pasado cuatro días desde que los Padres Peregrinos habían explorado las orillas del Cabo Cod, cuando empezaron a saquear las tumbas de mis antepasados y robar el maíz, el trigo y los granos.

En fin, los colonialistas son todos más o menos iguales y similares son sus seguidores imperiales, hayan sido o sean españoles, ingleses, estadounidenses, holandeses o galos. Eso sí, ratificamos que el primer sanguivin, aunque no se celebre y que esta crónica da a conocer al mundo, fue cubano. Pero eso tampoco es relevante. Si se quiere es burla, aunque burla juiciosa y en definitiva muy pocos, pero muy pocos, se enterarán de lo que en serio se burla, pues no aparecerá en el New York Times, ni en Granma, ni en Le Monde y ni siquiera se escuchará por la radio miamense, pues la hora que teníamos nos la quitaron. Y hemos de dar gracias –¿O no es el Día de Acción de dar Gracias, el Thansgiving—porque no nos logran sacar de uno de los millones de espacios de Internet.

No solo hoy, todos los días debemos dar gracias por estar todavía vivos, pues el mundo no está para fueguitos artificiales y en el patio donde tomando cerveza, comiendo guanajo –que así es como los cubanos le decimos al pavo— y oyendo música nos divertimos celebrando el Thanksgiving puede el cielo de repente cegarnos con la irradiación de una explosión nuclear o ofrecerse la noticia que un botoncito apretado en Washington ha lanzado la bomba hacía otro país sin saberse qué pasará en el planeta a partir de ese instante en que empezarían bombas similares a circular en todas direcciones en el momento en que guanájamente –según diccionario: bobamente– creíamos estar dando gracias a la vida y a la amistad entre los pueblos.
Les habló, desde Miami, Nicolás Pérez Delgado

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Viva cuba libre!