El debate al interior de la isquierda

 

A diferencia de la derecha conservadora, surgida mediante un dilatado proceso histórico a partir de las élites de la nobleza, y heredera de largas tradiciones políticas; la izquierda se formó por fuerzas emergentes, originada en el fragor de las confrontaciones de clase, derivadas de las aberraciones del capitalismo salvaje en el siglo XIX.

La primera izquierda fueron los liberales, surgidos en el siglo XVIII, que en lucha contra el absolutismo, crearon doctrinas filosóficas, jurídicas, y políticas, redactaron tratados, fundaron periódicos y organizaciones, difundieron ideas avanzadas, e inspiraron la democracia, el estado de derecho, y retaron a las monarquías. En Iberoamérica, bajo influencias europeas y estadounidenses, la ideología y los militantes liberales alimentaron las ideas y las luchas independentistas y contra la esclavitud.  

Desde la época de Marx, más aún en la de Lenin, el debate ideológico, político, e incluso filosófico al interior de la izquierda europea, que daba sus primeros pasos, fue una constante que contribuyó a la formación y evolución de un pensamiento político renovador y diverso que, partiendo del tronco común de la crítica al capitalismo salvaje y de la obra de Marx, dio lugar al nacimiento de doctrinas y corrientes políticas avanzadas todavía vigentes.

En ambientes de tolerancia mutua, aparecieron y prosperaron las opciones comunistas, socialdemócratas, socialcristianas, e incluso anarquistas. A la pléyade de teóricos y líderes de la época, además de Marx y Engels, Proudhon, Lassalle y otros, se sumó el papa León XIII, que en su encíclica Rerum Novarum tomó nota de la nuevas realidades y actores que aparecieron en los escenarios sociales, entre ellas el capitalismo salvaje y la lucha de clases, y sumó la voz y la influencia de la Iglesia Católica a la lucha política desde una posición progresista.

Tan vigoroso fue aquel despertar, que las corrientes surgidas entonces: socialismo marxista o comunismo, socialdemocracia, y movimiento socialcristiano, adoptándose a situaciones concretas y entornos nacionales, están todas vigentes en nuestros días, y ofrecen opciones que alimentan los procesos políticos más prometedores.  

Aquella diversidad de alternativas y metas más o menos compartidas, en lugar de ser favorecidas por el triunfo de los bolcheviques en la Rusia de 1917, fue frenada y más tarde suprimida y sustituida por un enfoque que no era común sino único. El estalinismo que asumió la unidad y cohesión del movimiento comunista, no como la coincidencia de lo diverso, sino como la unidad de las papas en un saco de papas, liquidó la diversidad, las búsquedas de alternativas, y las innovaciones políticas de un modo tan radical que todavía daña.

Las organizaciones y partidos de izquierda en América Latina, aunque comparten objetivos y metas, suelen ser incapaces de ejercer entre ellas la crítica para subsanar errores, y encontrar tácticas apropiadas. Por lo general sus eventos, cuando no asumen el carácter de ferias, suelen ser torneos de oratoria con escasos significados prácticos.

En los foros recientes, mientras abunda la retórica acerca de una integración imposible, se asumen discursos anticapitalistas, y se dictan cátedras acerca de cómo derrotar a la globalización neo liberal, se pasa por alto el análisis de los reveses en Paraguay, Brasil, Argentina y más recientemente en Ecuador.       

Dado el tiempo transcurrido, las batallas libradas, las experiencias acumuladas, la izquierda, que antes de la crisis actual vio caer sus referentes y paradigmas, en particular la Unión Soviética y todo el campo socialista, debería extraer las debidas conclusiones. Sin creatividad y sin cohesión, sin trabajo común y sin dialogo interno, será difícil avanzar. Allá nos vemos.

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El presente artículo fue elaborado para el diario Por Esto. Al reproducirlo indicar la fuente

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