Paradigmas fantasiosos. La convivencia social se funda sobre paradigmas…

 

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La convivencia social se funda sobre paradigmas que encajan perfectamente en las realidades del momento. Cada época los desarrolla y en un instante histórico quedan acuñados hasta que nuevas brisas los desplazan, no sin permanecer por un tiempo en contra de las nuevas codificaciones del entorno. Criterios que tuvieron explicación objetiva, se conservan como cuerpos inertes en nevera mortuoria. El resultado de esto es una mezcla de fantasía y realidad.

El embargo estadounidense en contra de Cuba que, el 10 de diciembre de 1992, hablando ante un grupo de estadounidenses “defensores” de los Derechos Humanos, lo denuncié como la mayor violación de esos “derechos” que ellos precisamente defendían, es una piedra en el zapato gubernamental cubano.

En la década de los noventas, sectores llamados moderados, cabildearon tenazmente en Washington, denunciando esa violación. Se trata sin dudas de un engendro, único en la historia, instrumentado por Washington con el propósito de cambiar el régimen de Cuba. La táctica consistió en señalarle a los Congresistas que esa política no había logrado su objetivo y por consiguiente no tenía razón de ser.

La teoría detrás del Bloqueo fue la “olla de presión” o sea, “matamos de hambre al pueblo y éste se inmola en aras de derrocar a los gobernantes”.

El llamado Derecho de No intervención, se puso al centro de la política exterior cubana en el preciso instante que comienza el proceso revolucionario en 1959. A partir de abril de 1961, una invasión a la Isla por un cuerpo de ejército financiado y entrenado por Estados Unidos de América, lo profundiza al punto de sacralizarlo, convirtiendo la defensa física del territorio en una constante que se extiende hasta nuestros días.

Con el desarrollo de la ONU y el proceso de interdependencia entre naciones, el concepto de no intervención ha perdido algo de su carácter absoluto, exceptuándose en casos de masacres sistemáticas y abusos criminales del Poder del Estado dentro de un territorio o país. Es un asunto delicado, pero se entiende que su carácter absoluto debe condicionarse a normas elementales de convivencia.

En Cuba ese criterio es visto con recelo y aunque la salvedad es válida, su puesta en práctica exige serios análisis y un sensible entendimiento de las circunstancias.

En relación a la No Intervención de Estados Unidos en los asuntos internos de Cuba, el criterio oficialista cubano, parece a veces sobrepasar los límites de la realidad actual del término. Esto se puso en evidencia con el establecimiento de relaciones diplomáticas y la nueva política instrumentada por el Presidente Obama.

Una cosa es desembarcar fuerzas armadas y otra pretender influenciar, por medios de “lícita apariencia”, para cambiar el sistema político de Cuba. La No Intervención interpretada en términos impositivos no tiene cabida en los días de hoy, independientemente que su espíritu se viole y sea aplicado en casos aislados con bochornosas artimañas.

El ideal de toda persona es hallar otra que piense de manera semejante y de diversos modos, todos pretendemos influenciar con nuestras ideas en el otro. El Poder de Estado agudiza esa tendencia a tales extremos, que llegan a utilizar diversos medios a los cuales me he referido como de “lícita apariencia”.

Históricamente no existen excepciones en este sentido. La cubana por su parte, tiene dos de gran significado que son incluso ajenas, a las conocidas prácticas injerencistas de Washington. Una de ellas fue China, país que a mediados de la década de los sesentas se dedicó a difundir criterios opuestos al proceso cubano entre las delegaciones extranjeras que visitaban ese país. Dentro de Cuba difundían esas ideas a través de las revistas Pekin Informa y Tiempos Nuevos y llegaron a disminuir las importaciones de alimentos con el ánimo de chantajear a Cuba, aspectos denunciados por Fidel Castro en un discurso en la Plaza de la Revolución el 13 de marzo de 1966. Peor aún los soviéticos, con quienes Cuba cerró filas durante la Guerra Fría, durante la Crisis de Octubre actuaron a espaldas de las sugerencias de Fidel Castro, cuyo país corría los mayores riesgos en esa etapa, acercando la brasa a su sardina*. El afán de las grandes potencias de influenciar en otros países es algo inevitable. La misma Cuba tuvo el Departamento de América, a cargo de dirigir los procesos revolucionarios en contra de las dictaduras latinoamericanas. Ese Departamento, aunque no se definía como órgano directriz de esas insurrecciones, tuvo obviamente a su cargo la función de influenciar en dichos movimientos para que imitasen al proceso político cubano.

No es una novedad que Estados Unidos de América pretenda influenciar en Cuba y desarrolle políticas para impulsar un cambio de régimen. El asunto no es denunciar lo obvio, porque Estados Unidos de América influencia hasta en sus propios socios, de manera coercitiva muchas veces. Lo que ha cambiado respecto a Cuba son las agresiones físicas de carácter militar y dentro de esta otra realidad se debe actuar.

El bloqueo debe ser el único elemento central de las conversaciones con Washington. Sus políticas para descarrilar el proceso revolucionario es asunto de la defensa cubana, como lo es también definir políticas económicas, establecer un sistema monetario adecuado, resolver las prácticas mercantiles, depurar las empresas estatales y legislar con claridad sobre el ejercicio privado.

Pienso que el enfoque es simple: Estados Unidos de América seguirá sus propósitos de cambio de régimen en Cuba. Por su parte, Cuba debe continuar con su reclamo a no ser bloqueada económica y políticamente, denunciar cualquier intento de agresión física y convencer a Washington que cambie esa política por impotente e inoperante. Que quite el bloqueo. Creo que sería más fácil lidiar con el imperio si su política de cambio de régimen fuese sólo de carácter diplomático. Si le proponemos eso estaríamos jugando con sus propias cartas y el tiempo mostrará dónde está la razón.

*Para conocer más sobre el particular que lea la entrevista de Pat Michell a Fidel Castro a principios de los noventas