Jorge Gómez Barata

Aunque unos procesos no dependieron de otros, en 2014 el avance de las reformas económicas, las posibilidades abiertas por el inicio de la normalización de las relaciones con Estados Unidos, y la adopción de una nueva ley para la inversión extranjera, generaron expectativas en relación con el aumento de la inversión extranjera directa en Cuba. 

Entonces funcionarios cubanos de alto nivel esbozaron la necesidad de captar inversiones foráneas por alrededor de dos mil quinientos millones de dólares anuales, con el fin de alcanzar ritmos de crecimiento del PIB del siete por ciento, y tasas de inversión del veinte por ciento, lo cual, debido a la vigencia del bloqueo estadunidense, pareció una quimera.

No obstante dar por buena la cifra y la meta, conservé la convicción de que con dinero y tecnología no bastaba. De todo eso hubo en las tres décadas transcurridas entre 1960 y 1990, donde se disfrutó de un clima de unidad, entusiasmo, y consagración, y se contó con la energía y el talento de Fidel Castro, que se consagró a la edificación de la economía socialista y trazó una estrategia económica y de desarrollo básicamente correcta, basada en la colaboración y los intercambios comerciales con la Unión Soviética.

En ese período, a pesar del bloqueo de Estados Unidos, según diversas fuentes (ninguna oficial), el país dispuso de entre sesenta y ochenta mil millones de dólares, (excluyendo la esfera militar), cifras que de ninguna manera podrán alcanzarse nuevamente, y que entonces hicieron posible gigantescos planes de inversiones, obras sociales, y un descomunal esfuerzo para crear capital humano. 

 Como parte de aquellos avances, imposible de resumir en unos párrafos, se desarrollaron magnificas infraestructuras viales, eléctricas, hidráulicas, portuarias, comunicacionales y energéticas. Se expandió la industria azucarera, que en 1970 produjo más de ocho millones de toneladas de azúcar.

En esa etapa prosperó la rama agropecuaria, la industria de las construcciones, la investigación científica, la introducción de tecnologías avanzadas, la producción de maquinaria agrícola, la minería y otras. Unido a ello se creó una marina mercante que sumó más de un millón de toneladas de peso muerto, y una flota pesquera considerada de las mayores del mundo.

Sin embargo, tan destacados logros no blindaron a la economía cubana, que no tuvo capacidad para afrontar la crisis derivada del colapso de la Unión Soviética, y a ello se sumó al hándicap constituido por el bloqueo de Estados Unidos. Después de liderar la resistencia durante más de veinte años, Fidel Castro señaló que el modelo económico vigente no era funcional.

En su conjunto las realidades económicas de los países socialistas, incluida la Unión Soviética y China, evidencian que con dinero y tecnología no basta, que la inversión extranjera (o nacional), por cuantiosa que sea, no es suficiente para compensar las carencias de un modelo deficiente; tampoco los inversionistas foráneos acudirán, ni se instalarán allí donde los modos de producir, comercializar, y gestionar la economía no sean eficaces, y produzcan los resultados esperados.

Para Cuba la enseñanza es obvia. De lo que se trata es de una ecuación integral: Reformas + Inversión + Flexibilidad y Apertura. Los hechos y las experiencias china y vietnamita están a la vista. Los dogmas hundieron al socialismo, mientras las reformas pueden salvarlo. La apuesta vale la pena Allá nos vemos.

La Habana. 11 de diciembre de 2017