Se desinflan el globo de los ataques sónicos en Cuba

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por Jesús Arboleya Cervera
El pasado 9 de enero, los congresistas cubanoamericanos Marco Rubio y Bob Menéndez, convocaron con prisa una audiencia especial del plenario del Senado de Estados Unidos, para debatir el socorrido tema de los supuestos ataques sónicos contra diplomáticos norteamericanos en Cuba.

Tal parece que se trata de una acción desesperada, encaminada a mantener vivo un tema que se desinfla, ante la falta de evidencias que sostengan estas acusaciones.

Científicos de todo el mundo descalifican la posibilidad de estos ataques. Tanto la policía canadiense como el propio FBI afirman no tener conclusiones que los confirmen y el senador Jeff Flake declaró recientemente en Cuba que no existen pruebas que los funcionarios norteamericanos fueron víctimas de ataques con un arma desconocida, todo lo cual ha disparado los cuestionamientos sobre la veracidad de las acusaciones.

Aunque el secretario de Estado, Rex Tillerson, ha declarado que los diplomáticos norteamericanos no regresarán a Cuba hasta que no haya garantías de que no corren peligro, al mismo tiempo declaró que no sabe qué o quién puede haber ocasionado los síntomas que se reportan.

Para llegar a la “raíz del misterio”, Tillerson ordenó poner el caso en manos del Accountability Review Board (ABC), un organismo permanente encargado de investigar peligros para funcionarios y propiedades de Estados Unidos en el exterior. Esta decisión puede ser interpretada como una manera de cubrirse las espaldas, ante cualquier decisión que tenga que tomar en el futuro.

Ni siquiera esta audiencia senatorial, montada para demostrar lo indemostrable, pudo aportar nuevos elementos. A lo más que pudo llegar el secretario adjunto, Francisco Palmieri, fue a afirmar que “Cuba había fallado en su deber de proteger a los diplomáticos norteamericanos”, aunque nadie sabe de qué.

Las propias conclusiones de Marco Rubio, demuestran el vacío argumental de las elucubraciones. Según podemos inferir de lo dicho por el senador, es un “hecho” que hubo diplomáticos afectados; que da igual si fue producto de “ataques sónicos” u otras causas “misteriosas”; que si no fue Cuba podía haber sido otro país, en este caso Rusia —para lo que trajo a colación leyendas de la guerra fría que se remontan a los años 60— y que, en todo caso, Cuba tenía que saber lo que nadie en el mundo sabe, ni siquiera los propios Estados Unidos.

Si no fuese por los daños que se han producido a las relaciones entre los dos países y a las personas e instituciones involucradas, podríamos entretenernos con este “culebrón” producido en Miami. Incluso cansa tomarse el trabajo de rebatir una mentira que se muestra de manera tan obvia. Más bien, lo asombroso es la timidez con que la prensa ha tratado este asunto, en contraposición con lo inquisitiva que ha sido a la hora de criticar otras políticas de la actual administración.

En definitiva, lo importante es dilucidar lo que se busca con este cuento. Los supuestos “ataques sónicos” no son la causa del endurecimiento de la política hacia Cuba, sino una excusa necesaria frente a la tremenda impopularidad de los cambios llevados a cabo por el gobierno de Donald Trump.

Tal parece que lo ocurrido responde a la mirada que la extrema derecha cubanoamericana ha vendido al gobierno respecto a la realidad cubana y los posibles desenlaces de los procesos que tienen lugar en el país.

Se recupera la vieja lógica de acrecentar las presiones sobre Cuba, en la esperanza de que conducirá al desplome del gobierno cubano. Como tal estrategia no puede llevarse a cabo en un contexto de normalidad, las últimas medidas han estado encaminadas a desmantelar los consulados y así impedir la aplicación de los acuerdos migratorios, la posibilidad de que los norteamericanos viajen a Cuba y los contactos de la población cubana con sus familiares radicados en Estados Unidos.

Se esperaba que las tensiones migratorias aumentaran la “presión de la caldera”, provocando conflictos internos en Cuba. Es verdad que ha aumentado el descontento, pero el blanco no ha sido el gobierno cubano. Pocas veces un presidente norteamericano ha sido más repudiado que Donald Trump, sobre todo por aquellos que esperaban emigrar del país o mantener relaciones con sus familiares en el exterior.

Vale la pena comparar esta reacción con la eliminación de la política de pie seco/pie mojado por parte del gobierno de Obama. Si bien se trató de una decisión que afectó a los potenciales migrantes y la expectativa de que ello ocurriera desencadenó el incremento de los flujos migratorios por diferentes vías, la mayoría comprendió que la existencia de esa política constituía una anormalidad, que tarde o temprano iba a ser rectificada.

Ahora estamos hablando de personas que actuaban en el marco de la legalidad establecida por ambos países, que se sienten injustamente agredidas por las medidas norteamericanas, a sabiendas de que en Cuba nadie es atacado por armas sónicas ni nada por el estilo. Al contrario, en ninguna parte del mundo los norteamericanos pueden sentirse más seguros que en Cuba.

Igual ocurre con los norteamericanos que desean viajar al país, con las instituciones y personas deseosas de mantener intercambios con Cuba o con los cubanoamericanos, a quienes estas medidas los afectan en asuntos esenciales de su propia existencia.

No hacen falta ataques sónicos para que los oídos de mucha gente en Washington estén explotando con el zumbido de estas insatisfacciones y eso lo sabe Marco Rubio, quien a pesar de todo insiste, porque esta gente vive de la guerra.