Maniobras sucias, injusticias, y desmesuras

                                                                      

La condena a doce años y un mes de prisión que virtualmente saca a Lula de la competencia electoral, es parte del asalto al poder protagonizado por la derecha brasileña, que comenzó con la destitución de la presidenta Dilma Rousseff.

La justicia brasileña, indulgente con Michel Temer, a quien exoneró, y tolerante con decenas de parlamentarios y funcionarios corruptos, que ha practicado en una escala nunca vista la “delación premiada”, es más severo con Lula que con Marcelo Odebrecht. De hecho, protege a algunos corruptos, y persigue implacablemente a auténticos líderes populares, que pueden haber errado, pero no prevaricado.

Las manipulaciones mediáticas en torno a problemas realmente existentes cuestionaron a Lula, y en el caso de Dilma, generaron cierto nivel de participación popular, expresada en manifestaciones callejeras. Esa gestión de la derecha puede haber sido favorecida por cierto desconcierto del Partido del Trabajo de Brasil (PTB), que no utilizó su capacidad de convocatoria para defender a la presidenta, y ha sido omiso en la condena a las acciones de corrupción, sirviendo de telón de fondo a los acontecimientos que han conducido a la actual situación.

Si bien es cierto que la corrupción en Petrobras y la gigantesca estructura multinacional que con idénticos fines creó la empresa Odebrecht tuvieron lugar bajo los gobiernos de Lula y Dilma, también lo es que no ha podido probarse ninguna participación de ambos mandatarios. De ahí la inconsistente acusación de “corrupción pasiva”, la cual es una figura jurídica genérica que no prueba nada. El hecho de que un gobernante sea ineficaz en la lucha contra el crimen no lo convierte en criminal.

El dato que operaciones de tal magnitud se desarrollaron bajo los gobiernos populares, no prueba la culpabilidad ni la pasividad, sino demuestran la envergadura y la eficacia de una conspiración para delinquir, que necesariamente, involucrando a las entidades de seguridad, control, y auditoria que la ocultaron a los ojos de los presidentes, los cuales más que implicados, fueron víctimas. En lugar de beneficiarse con la corrupción Lula y Dilma han sido perjudicados por ella.

Obviamente Lula que no es perfecto, puede haber cometido errores en una gestión sumamente exitosa, quizás fue tolerante con quienes no debió, incluso actuar con cierta ingenuidad, pero de ahí a intentar encerrarlo por corrupción, humillarlo retirándole el pasaporte, y tratarlo como a un delincuente, existen enormes distancias que la derecha brasileña recorre festinadamente, mostrando un enseñamiento que, más que apego a la justicia, evidencia su esencia reaccionaria y antipopular. Allá nos vemos.

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El presente artículo fue redactado para el diario ¡Por Esto! Al reproducirlo indicar la fuente.