Militares y Políticos

 

La función social de las fuerzas armadas es la defensa de la soberanía nacional y la integridad territorial, para lo cual se entrenan y arman constantemente. Los imperios y algunos grandes estados les asignan tareas en el extranjero.

Las mayores aberraciones ocurren cuando las tropas son manipuladas políticamente, empleadas en el mantenimiento del orden público o en la represión, y cuando sus altos mandos se mezclan en la política en calidad de deliberantes. Salvo tareas de importancia social, desastres naturales, u otras eventualidades, el lugar de los militares son los campamentos, los polígonos, o los campos de batalla.

Entre los peores resultados de la violación de estas reglas, que proceden de la doctrina de la separación de los poderes, figuran el auge del militarismo, que conlleva a una desmedida influencia de los círculos castrenses en la política, y como corolario el establecimiento de regímenes militares o encabezados por ellos. Al respecto fueron trágicas las experiencias de Alemania que condujeron a dos guerras mundiales, así como las del Imperio Otomano y el Japón.

En ese orden de cosas, las palmas son para Iberoamérica, donde durante cuatro siglos de ocupación colonial los países fueron regidos por gobernadores militares, y donde la independencia tuvo que ser conquistada mediante prolongadas guerras, todo lo cual dotó al estamento militar de una desmesurada influencia.

El empoderamiento de los militares dio lugar al caudillismo y al hábito de gobernar por la fuerza, lo cual determinó una debilidad endémica de las instituciones civiles y cerró el paso a las prácticas democráticas, lo que determinó que hasta no hace mucho prevalecieron los regímenes y las dictaduras militares, especialmente nefastas en Sudamérica.

No obstante, experiencias pasadas y el presente prueban que no basta con alejar a los militares de la política, porque las tendencias bélicas y la propensión al uso de las fuerzas militares en las relaciones internacionales no emana de ellos, sino de círculos políticos que favorecen el auge de los armamentos e instrumentalizan a los aforados, que atados a la obediencia debida se convierten en ciegos ejecutores de agresivas políticas.      

De hecho, en ninguna de las grandes potencias de hoy, especialmente en Estados Unidos, Europa Occidental, Rusia y China y ni siquiera en Corea del Norte, los estamentos militares y los altos mandos tienen una influencia decisiva.

Las tensiones militares en Europa, resultado de la ruptura de los equilibrios que establecía la presencia soviética, se derivan de fenómenos políticos como son la expansión de la OTAN hacia las fronteras rusas, la anexión de Crimea, la hostilidad hacia China, los intentos de someter a Irán, y el conflicto con Corea del Norte que por momentos parece crítico.        

A estas circunstancias acaban de sumarse dos graves hechos. A niveles globales la definición por Estados Unidos de una estrategia nuclear que favorece el armamentismo y generará respuestas obvias, y la insólita observación del secretario de estado Red Tillerson que prácticamente exhorta a los militares venezolanos a inmiscuirse en la política interna.

Cuando los políticos negocian y se entienden, los militares no tienen nada que hacer, vivaquean, se entrenan, y en los polígonos juegan a la guerra, y aunque consumen enormes recursos, no causan daño. Es mejor que sea así. Allá nos vemos.