Jorge Gómez Barata

El siglo XX fue escenario de intensos debates teóricos y luchas políticas acerca de la posibilidad del tránsito del capitalismo al socialismo. En realidad, ocurrió lo contrario. Rusia, los veinte estados surgidos de la disolución de la Unión Soviética y otra decena de países ex socialistas de Europa Oriental hicieron el recorrido inverso. De ese modo se deshizo el dogma de que el sistema político instaurado en la URSS constituía una nueva formación económica y social, y VICera por tanto irreversible.

En el orden teórico, la primera reacción de la izquierda marxista de entonces fue considerar que se trataba de una “regresión histórica”, lo cual entraba en contradicción con el precepto de que el devenir y el progreso histórico transcurre del pasado al futuro. ¿Cuál es la verdad?

Los alcances de aquel ajuste geopolítico que, aunque de diferente naturaleza ha sido comparado con el que tuvo lugar con la incorporación de Iberoamérica al sistema mundo y que dio lugar al advenimiento de la era moderna y al surgimiento de una treintena de nuevos estados entre los cuales descollaron los Estados Unidos.  

En su esencia más profunda y probablemente menos investigada, el colapso de la Unión Soviética es parte del proceso abierto por la Primera Guerra Mundial que no solo dio lugar a un nuevo reparto del mundo sino a una transformación planetaria.

El socialismo vino al mundo en una coyuntura que incluyó la Primera Guerra Mundial, la cual involucró a 32 países y en la que Estados Unidos resultó único ganador, desaparecieron los últimos viejos imperios, surgieron nuevos estados y las potencias europeas recibieron luz verde para repartirse el Medio Oriente.

También por razones geopolíticas, los bolcheviques conservaron la estructura del imperio ruso, concediendo la independencia a Polonia, Finlandia y los países bálticos. Ese proceso pareció completarse cuando, al finalizar la II Guerra Mundial la Unión Soviética promovió la incorporación al socialismo de nueve países europeos, a lo cual se sumaron cuatro asiáticos.

Se consumó así la creación del campo socialista bajo influencia soviética que, mediante la identificación entre los partidos comunistas gobernantes, la creación del Pacto de Varsovia y del Consejo de Ayuda Mutua Económica, se intentó una integración política, ideológica y estatal internacional que occidente no había logrado.

El esquema que hasta los años ochenta mostró escasas fisuras se colapsó repentinamente debido sobre todo a la capacidad de sus direcciones políticas para abrir el juego, aplicar reformas, corregir deficiencias estructurales, actualizar los modelos económicos y democratizar las sociedades. El colapso soviético puso fin al mayor proyecto emprendido por la izquierda y que pudo ser exitoso.

Graves errores estratégicos, la falta de un pensamiento estratégico atinado, la incapacidad para introducir a tiempo reformas integrales, la creencia en dogmas y el aferramiento al poder, dieron al traste con el mayor y más prometedor de los proyectos concebidos por la izquierda que, en medio de enormes dificultades, especialmente en América Latina, trata de remontar la cuesta. El devenir continúa. Allá nos vemos.