El “convertible”  de Chibás

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Un Packard del año 1949, como el de Chibas

La Habana   en estos tiempos es la capital de los  autos “convertibles”, como se les ha dado en llamar a los automóviles  de techo descapotable producidos  por la  industria  automovilística para países de clima  benigno  como  Cuba,  donde  el  crudo invierno no  congela  de frio a sus alegres pasajeros y al  chofer  timón  al mando.

Hoy, a más de medio siglo después  de los  años  cincuenta los  turistas  de todas partes del  mundo que visitan  la capital  cubana le han  dado vida  a toda una  flota  de automóviles  descapotados   que en su  recorrido por  las  calles  y avenidas  de la “ciudad de las  columnas”- al decir  del afamado  escritor cubano Alejo Carpentier- tienen el privilegio y el placer de revivir en su memoria un mundo pasado, que ni  aún sus más fervorosos panegiristas  podrán  afirmar  a ciencía  cierta que fue mejor  que  el  incierto presente  que hoy  vive la humanidad.

Poseer un auto “convertible” , aparte  de  ser un privilegio  para el que  lo tiene, es además un gusto muy especial,  como es el  caso  de los  hombres que prefieren  a las mujeres rubias  en vez  de a las trigueñas, por más que sean  estas bellas por igual.  Es cuestión de gusto  y  punto.

Yo por  ejemplo, he sido  dueño  de varios  autos “convertibles” a lo largo de mi vida.  En Cuba cuando tenía  apenas  unos veinte y dos  años   de edad  tuve  un Pontiac  del  año 1952 de techo de lona  negra  con carrocería  pintada  de  rojo-  los  colores del Moviente 26  de Julio- eso  en los  tiempos  en que Batista estaba  en Palacio  y Fidel  acababa  de asaltar el  cuartel  Moncada.

 Después, más tarde en el  tiempo,  me hice  de otro Pontiac descapotable del año 1956  también  rojo  y negro,  lo que para  la  policía  de la dictadura   de Batista  era una manifiesta  provocación  de mi parte, lo cual  no era cierto sino más bien gusto que tenía yo  por  esos  dos  colores  de evidente  contraste,  si  bien eran colores de rancia tradición  revolucionaria.

  Para el año  1958 ya estaba  yo  en las lomas  del Escambray hasta el  triunfo de la Revolución. Con ese mismo  Pontiac convertible, que había estado  bajo resguardo en  un garaje de buenos  amigos durante los  meses  finales  de la  tiranía batistiana–  ya  en 1959, cargado  de compañeros “barbudos con el precioso Pontiac convertible.”,  recorrimos  el  paseo de El  Prado  en los primero  carnavales  después  del  triunfo  de  la gesta revolucionaria.

Ya en 1960 cambiamos el  veterano  Pontiac  de 1956  por  una   nueva “cuñita” convertible deportiva   de la  marca italiana  Fiat,  modelo “Spider” de  dos  plazas,  con techo  negro  y  carrocería  amarilla  que más bien parecía  un  carrito de juguete para niños  que un auto  para adultos de  mi edad y  porte revolucionario. Todavía, luego de los años  transcurridos  ese automóvil  anda  dando ruedas por  las  calles  de La  Habana y hasta  he  tenido  el  placer  de conversar con su  nuevo  dueño cuando  lo  tenía  aparcado en la  calle 23  de El  Vedado  frente  a la antigua  fábrica  de tabacos  “Partagás”. Y eso que  cuando  adquirí la  “cuñita”  Fiat  que más bien parecía  una lata  de sardinas, mis amigos  me decían que mi carrito  de juguete nunca llegaría  a viejo por  lo  frágil  de su apariencia exterior. Pues ahí está “vivito”  y rodando.

Años  después viviendo en Miami  cuando gané  algún dinero  en mi  profesión de editor de publicaciones, siguiendo  mi preferencia  por  los auto  convertibles  me  hice  de  un Mercedes-Benz del año 1971 modelo   280 SL que  todavía  poseo y que con  el paso de los  años  es todo  un “Clásico  antic”  de gran  valor en el  mercado de autos antiguos. También tengo  otro Mercedes –Benz convertible  del  año 1972, de techo  negro y carrocería  en  rojo, una combinación que viene a ser  una  réplica en recuerdo  de mis anteriores  Pontiac de los  años  cincuenta  en La Habana de ayer.

¿A qué  viene  eso de   esta  crónica sobre mi apasionado gusto por  los  carros convertibles? , se peguntarán mis   amigos oyentes y   lectores de Radio-Miami.  Pues se trata  de que desde hace años  ando  en busca  de la  cuña  convertible del líder Ortodoxo  Eduardo Chibás, quizás  el  automóvil  más reconocido  en las  calles de toda Cuba en  todos  los  tiempos.

La  “cuña  de Chibás”, marca Packard del año 1949 era un convertible  de techo de lona blanca y carrocería  pintada  de azul  claro,  bien  fácil  de distinguir  entre  todos  los autos que circulaban entonces  por  las calles  de la Cuba  de ayer.

El  Packard convertible  de Chibás por  su valor  histórico indiscutible  para los  cubanos  hay que rescatarlo donde quiera  que  esté en cualquier oscuro  lugar  del territorio cubano. Si alguien sabe dónde  está puede contactar e informárselo  al  Historiador  de la  Ciudad de la  Habana, el   doctor  Eusebio Leal. De mi parte  será agradecido  y también recompensado.

Un auto como el  de Chibás es también parte  de nuestra  historia.

Les habló para Replica  de Radio-Miami su director Max Lesnik.