A propósito de un 14 de marzo igual y diferente

Llueven felicitaciones y convites para el periodismo cubano cada 14 de marzo. Hasta quienes lo fustigan continuamente por sus carencias como espejo de la realidad, en estos días lo celebran. De este lado del abrazo, hay un respiro, un sentimiento temporal de alegría, un repaso del esfuerzo que va detrás de cada cobertura y de la entrega extra para que la edición o la emisión del día, no sólo informe, como manda la ley primera del oficio, sino que emocione, conmueva, estremezca, comprometa incluso.

Es 14 de marzo y olvidamos por un día lo que el resto del tiempo nos angustia. Pasan a un segundo plano, se engavetan en las trastiendas de lo pendiente, las dificultades materiales, tan agobiantes todavía y la rabia que demasiado a menudo nos generan las “fuentes” negadas a decir, a evaluar, a rendir cuentas, no al medio -que sólo media-, sino a sus públicos, a quienes se deben y nos debemos, porque al fin todos somos receptores, incluso las fuentes y los periodistas.

Pero tampoco es exactamente igual este 14 de marzo a los que le han antecedido desde que en 1992, el centenario de “Patria” nos dio fecha nacional y acordamos distinguir con premios anuales o por la Obra de la Vida a quienes han ido haciendo más y mejor periodismo, bajo las mismas dificultades y carencias.

Varios congresos de la UPEC y un descomunal salto en las tecnologías, han ido empujando al gremio de la desgastante autocrítica de los primeros tiempos a la reflexión madura, propiciada por los aportes de todas las generaciones que hoy conviven en un escenario mediático que internet ha modificado a una velocidad tal, que no se parece en nada al de hace una década, un lustro o un año apenas.

Quizás el punto de inflexión sobre el contexto y sus más acuciantes desafíos, haya que ubicarlo en el momento en que la tesis doctoral de Julio García Luis sobre Periodismo, Revolución y Socialismo, rescatada por Rosa Miriam Elizalde nos instaló en el debate, todavía inconcluso, sobre la necesidad de ajustar las viejas estructuras de gestión estatal de la prensa y fomentar modelos de gestión que garanticen la sobrevida, cuando no la preminencia, de los medios públicos, en el desafiante contexto comunicacional contemporáneo, más veloz, complejo y diverso que en todas las épocas precedentes, desde la era Gutemberg.

Antonio Moltó, comunicador innato y periodista desde él mismo y desde todos nosotros simultáneamente, entendió enseguida la urgencia de los llamados con que arrancó el IX Congreso y consagró las energías que le sobraban y hasta las que le faltaban, a despertar en la UPEC, delegación por delegación, una responsabilidad fundamental con la búsqueda de soluciones propias a los problemas de sus medios, sean locales o nacionales. Los preparativos del próximo congreso se han centrado en ese objetivo y han encontrado una impresionante reserva de trabajo y talento, dispuesto a hacer y haciendo.

Dicho sea en homenaje a quienes sacrificaron en parte sus profesiones para servir a sus colegas: durante 20 años, la UPEC presidida por Tubal Páez y un grupo de periodistas de indiscutible prestigio, cumplió con honestidad ejemplar esa y otras tareas fundamentales, nacidas de largos e inolvidables diálogos con Fidel, que elevaron como nunca antes el nivel técnico y profesional de la membresía y estrecharon de modo definitivo la relación con la academia. Las carreras de Periodismo y Comunicación Social llegaron a estar entre las más demandadas por los mejores egresados del nivel medio superior y ambas especialidades comenzaron a graduar a sus primeros doctores.

Pero a la organización le era imprescindible ir desprendiéndose de lo que vulgarmente llamamos “la bodega”, esa misión útil y valiosísima que cumplió en los años más duros de la crisis económica cuando fue preciso centralizar para repartir con equidad y justicia los escasos recursos que el estado podía destinar para sostener sus medios. Por eso se esperó tanto y se agradece mucho la política comunicacional a punto de estreno.

A menos de cuatro meses del X Congreso, ya sin la presencia física de Fidel y de sus telúricas sacudidas a nuestras capacidades dormidas, no nos hemos sentado a llorar por su ausencia, sino a repensar en lo que él, periodista también, nos dejó de provocaciones y sueños. Las vísperas de este Día de la Prensa cubana, han estado cargadas de discusiones pero también de acciones. Conscientes de que nos toca llenar los vacíos que van dejando los fundadores y los que vinieron después y se nos fueron demasiado pronto, ya transitamos de los diagnósticos a los proyectos, de la demanda de atención a las respuestas desde adentro. El país que nos felicita hoy, no se cansa de decir que espera más de su prensa. Nosotros también. Y trabajamos en ello.