nicolas 2Ha muerto un gran hombre que por encima de todo fue un buen cubano. De esos que no son cincelados por pensamientos políticos sectarios sino por el amor al terruño y su derecho a la independencia, el bienestar y la administración prudente de su diversidad, siempre que no afecte el núcleo fundacional del poder ciudadano.

Nicolás Ríos, cariñosamente conocido por amigos y enemigos como Chicho Ríos, murió el sábado 17 de marzo, con la tranquilidad espiritual de sus convicciones cristianas, luego de una enfermedad penosa totalmente inmerecida.

Fue una de las personas que más contribuyó al acercamiento de los cubanos emigrados en la década del noventa. Especialmente a romper prejuicios entronizados en Cuba luego de tres décadas del socialismo real soviético que por aquellos años demostró no ser un real socialismo, convirtiéndose en una maquinaria disfuncional, cuya dirigencia de entonces fue incapaz de rescatar.

Fue el hombre más desenfadado que conocí; quien no permitía que sus creencias lo separasen de la realidad. Católico de pura cepa, fue Presidente en sus años jóvenes de la Juventud Acción Católica en su queridísimo pueblo, Camagüey. Siendo tan religioso, me llamó la atención una vez (fuimos amigos cercanos y colaboradores durante cincuenta años) que no comulgase. A mi pregunta sobre el particular me dijo: “porque en mi tiempo, cuando podía fecundar utilizaba anticonceptivos lo cual es considerado pecado por la Iglesia”. Le repliqué “pero ya ese tiempo ha pasado y no tienes la facultad de la fecundación. Ya no usas anticonceptivos”. Y con su crudeza habitual me expresó: “pero si la tuviese, volvería a usarlos y eso significa que peco de pensamiento”. Era cierto. Una parte de su creencia llegó un instante que contradecía la realidad de sostener y desarrollar una familia adecuadamente. Sus condiciones no le permitían más de tres, a quienes crio y atendió con amor y dedicación Así era en todo. Tenía ese entendimiento, poco común, de poner la realidad por encima de pensamientos o creencias.

Nicolás hablaba su verdad con la mayor crudeza. El halago no fue jamás su oficio y la lealtad a sus creencias sobrepasaba toda expectativa, como lo muestra la anécdota que acabo de contar, sin que esos convencimientos le impidiesen conjugar la realidad con el sueño.

Fue profesor en la Universidad de La Habana y con aquel quijotismo que lo caracterizaba, a principios de los sesentas pretendió introducir en Cuba el debate del socialismo cristiano junto al de los orígenes marxistas y trotskistas que primaban en el casi recién inaugurado proceso revolucionario. Nicolás tenía grandes amistades con el movimiento social cristiano chileno en esa época. Como le fue imposible insertarse de lleno en el proceso cubano decide, alrededor de 1968, solicitar su salida del país. Fue entonces que un Vice Ministro del Interior amigo, lo llama y le pregunta: “¿Chicho, por qué quieres irte del país?” y con su desplante habitual, replicó “porque no me dejan ir”. En esa época el gobierno cubano imponía grandes restricciones a quienes deseaban emigrar, principalmente por razones de seguridad, ya que los servicios de inteligencia estadounidense, reclutaban a cuanto cubano salía del país para sumarlo a sus campañas sucias en contra de Cuba y su proceso revolucionario. Nicolás tuvo la visión larga de nunca involucrarse en actividades semejantes y aunque estaba muy lejos de ser comunista, ni siquiera socialista de orígenes marxistas, reconocía que los mejores gobiernos no procedían necesariamente de la existencia de partidos políticos. Pero Nicolás creía en el debate plural, no dirigido y era opuesto a ponerle trabas al pensamiento.

En otra de sus hazañas políticas se le ocurrió llevar a Cuba en la década del noventa unos Seminarios que impartía el Profesor Fiallo en Suramérica que había bautizado como Democracia Participativa. El término no sé de quién proviene, pero en realidad se hizo popular en Cuba a partir de estos seminarios y tengo anécdotas que así lo indican.

Cuando en Cuba se debatía a principios de los noventa, qué podría suceder como consecuencia de la caída del Bloque Soviético y Estados Unidos flexionaba sus músculos invadiendo Panamás, arrogándose el derecho de secuestrar a Noriega y ocupar el país, a Chicho se le ocurrió aquella idea que de repente parecía descabellada. Su proyecto tuvo un carácter decisivo en mostrar a los cuadros medios del Partido Comunista de Cuba que era posible conversar con emigrados sobre asuntos diversos, debatir, llegar a acuerdos, reír y divertirse juntos. Los más de cien seminarios que se impartieron a lo largo y ancho de la Isla, prepararon el terreno para que gente conservadora, verdaderos exponentes de la sociedad miamense, personas adineradas, invasores de Playa Girón, antiguos conspiradores, expresos políticos por delitos en contra de los Poderes del Estado, acudiesen a encuentros amigables con las autoridades cubanas. Autorizar aquellos seminarios fue sin dudas, una gran visión del Jefe de Gobierno y líder del proceso, Fidel Castro.

Los Seminarios mostraron que pocos en Miami eran comunistas o socialistas de origen marxista, pero ayudaron a arranca el estigma creado en la militancia comunista cubana de que todo emigrado era un enemigo, aun cuando la mayoría de ellos no simpatizase con el gobierno. Hasta hoy, abundan y sobran quienes critican a ese gobierno, pero pocos quienes sostienen posturas irreconciliables y muchos menos esgrimen la violencia como medio de lucha.

Nicolás Ríos, un dandi del vestir elegante y la buena comida, hablador incansable, preciosista de la escritura, con quien aprendí a redactar mientras fungía como miembro del Consejo Editorial de la Revista Contrapunto, la primera o una de las pocas que, en volumen circuló en Cuba en las épocas difíciles del Período Especial, trabajador infatigable que revisaba la publicación, hablaba con quienes escribíamos y nos explicaba las ediciones necesarias a nuestras faltas de sintaxis o uso del lenguaje, es un icono de las relaciones entre la emigración cubana y el gobierno de Cuba. Todos aquellos que vivieron en Miami en los años noventa lo conocieron. Su presencia pública fue permanente en entrevistas de todo tipo y su participación, en el programa radial de Radio Progreso, con más de una hora de trasmisión diaria, junto con otra dirigida por Francisco Aruca, su fundador, era casi una obligación para comenzar el día en Miami.

Sin su nombre no puede hablarse de Normalización entre la Emigración y el Gobierno Cubano.

 Pienso que, en estos momentos, tu Dios, te haya concedido el derecho de comulgar, como siempre lo mereciste y donde discutibles criterios, te llevaron al doloroso sacrificio de no hacerlo por tantos años. Espero que no descanses en Paz como buen cubano e incansable activista y sigas escribiendo con el desenfado indomable con que te recordamos todos aquellos que tuvimos el honor de conocerte, junto a esa inmensa audiencia que pudo escucharte disfrutando de tus charlas y denuncias. Hasta pronto.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Ha muerto un gran hombre que por encima de todo fue un buen cubano. De esos que no son cincelados por pensamientos políticos sectarios sino por el amor al terruño y su derecho a la independencia, el bienestar y la administración prudente de su diversidad, siempre que no afecte el núcleo fundacional del poder ciudadano.

Nicolás Ríos, cariñosamente conocido por amigos y enemigos como Chicho Ríos, murió el sábado 17 de marzo, con la tranquilidad espiritual de sus convicciones cristianas, luego de una enfermedad penosa totalmente inmerecida.

Fue una de las personas que más contribuyó al acercamiento de los cubanos emigrados en la década del noventa. Especialmente a romper prejuicios entronizados en Cuba luego de tres décadas del socialismo real soviético que por aquellos años demostró no ser un real socialismo, convirtiéndose en una maquinaria disfuncional, cuya dirigencia de entonces fue incapaz de rescatar.

Fue el hombre más desenfadado que conocí; quien no permitía que sus creencias lo separasen de la realidad. Católico de pura cepa, fue Presidente en sus años jóvenes de la Juventud Acción Católica en su queridísimo pueblo, Camagüey. Siendo tan religioso, me llamó la atención una vez (fuimos amigos cercanos y colaboradores durante cincuenta años) que no comulgase. A mi pregunta sobre el particular me dijo: “porque en mi tiempo, cuando podía fecundar utilizaba anticonceptivos los cual es considerado pecado por la Iglesia”. Le repliqué “pero ya ese tiempo ha pasado y no tienes la facultad de la fecundación. Ya no usas anticonceptivos”. Y con su crudeza habitual me expresó: “pero si la tuviese, volvería a usarlos y eso significa que peco de pensamiento”. Y era cierto, una parte de su creencia llegó un instante que contradecía la realidad de sostener y desarrollar una familia adecuadamente. Sus condiciones no le permitían más de tres, a quienes crio y atendió con amor y dedicación Así era en todo. Tenía ese entendimiento, poco común, de poner la realidad por encima de pensamientos o creencias.

Nicolás hablaba su verdad con la mayor crudeza. El halago no fue jamás su oficio y la lealtad a sus creencias sobrepasaba toda expectativa, como lo muestra la anécdota que acabo de contar, sin que esos convencimientos le impidiesen conjugar la realidad con el sueño.

Fue profesor en la Universidad de La Habana y con aquel quijotismo que lo caracterizaba, a principios de los sesentas pretendió introducir en Cuba el debate del socialismo cristiano junto al de los orígenes marxistas y trotskistas que primaban en el casi recién inaugurado proceso revolucionario. Nicolás tenía grandes amistades con el movimiento social cristiano chileno en esa época. Como le fue imposible insertarse de lleno en el proceso cubano decide, alrededor de 1968, solicitar su salida del país. Fue entonces que un Vice Ministro del Interior amigo, lo llama y le pregunta: “¿Chicho, por qué quieres irte del país?” y con su desplante habitual, replicó “porque no me dejan ir”. En esa época el gobierno cubano imponía grandes restricciones a quienes deseaban emigrar, principalmente por razones de seguridad, ya que los servicios de inteligencia estadounidense, reclutaban a cuanto cubano salía del país para sumarlo a sus campañas sucias en contra de Cuba y su proceso revolucionario. Nicolás tuvo la visión larga de nunca involucrarse en actividades semejantes y aunque estaba muy lejos de ser comunista, ni siquiera socialista de orígenes marxistas, reconocía que los mejores gobiernos no procedían necesariamente de la existencia de partidos políticos. Pero Nicolás creía en el debate plural, no dirigido y era opuesto a ponerle trabas al pensamiento.

En otra de sus hazañas políticas se le ocurrió llevar a Cuba en la década del noventa unos Seminarios que impartía el Profesor Fiallo en Suramérica que había bautizado como Democracia Participativa. El término no sé de quién proviene, pero en realidad se hizo popular en Cuba a partir de estos seminarios y tengo anécdotas que así lo indican.

Cuando en Cuba se debatía a principios de los noventa, qué podría suceder como consecuencia de la caída del Bloque Soviético y Estados Unidos flexionaba sus músculos invadiendo Panamás, arrogándose el derecho de secuestrar a Noriega y ocupar el país, a Chicho se le ocurrió aquella idea que de repente parecía descabellada. Su proyecto tuvo un carácter decisivo en mostrar a los cuadros medios del Partido Comunista de Cuba que era posible conversar con emigrados sobre asuntos diversos, debatir, llegar a acuerdos, reír y divertirse juntos. Los más de cien seminarios que se impartieron a lo largo y ancho de la Isla, prepararon el terreno para que gente conservadora, verdaderos exponentes de la sociedad miamense, personas adineradas, invasores de Playa Girón, antiguos conspiradores, expresos políticos por delitos en contra de los Poderes del Estado, acudiesen a encuentros amigables con las autoridades cubanas. Autorizar aquellos seminarios fue sin dudas, una gran visión del Jefe de Gobierno y líder del proceso, Fidel Castro.

Los Seminarios mostraron que pocos en Miami eran comunistas o socialistas de origen marxista, pero ayudaron a arranca el estigma creado en la militancia comunista cubana de que todo emigrado era un enemigo, aun cuando la mayoría de ellos no simpatizase con el gobierno. Hasta hoy, abundan y sobran quienes critican a ese gobierno, pero pocos quienes sostienen posturas irreconciliables y muchos menos esgrimen la violencia como medio de lucha.

Nicolás Ríos, un dandi del vestir elegante y la buena comida, hablador incansable, preciosista de la escritura, con quien aprendí a redactar mientras fungía como miembro del Consejo Editorial de la Revista Contrapunto, la primera o una de las pocas que, en volumen circuló en Cuba en las épocas difíciles del Período Especial, trabajador infatigable que revisaba la publicación, hablaba con quienes escribíamos y nos explicaba las ediciones necesarias a nuestras faltas de sintaxis o uso del lenguaje, es un icono de las relaciones entre la emigración cubana y el gobierno de Cuba. Todos aquellos que vivieron en Miami en los años noventa lo conocieron. Su presencia pública fue permanente en entrevistas de todo tipo y su participación, en el programa radial de Radio Progreso, con más de una hora de trasmisión diaria, junto con otra dirigida por Francisco Aruca, su fundador, era casi una obligación para comenzar el día en Miami.

Sin su nombre no puede hablarse de Normalización entre la Emigración y el Gobierno Cubano.

 Pienso que, en estos momentos, tu Dios, te haya concedido el derecho de comulgar, como siempre lo mereciste y donde discutibles criterios, te llevaron al doloroso sacrificio de no hacerlo por tantos años. Espero que no descanses en Paz como buen cubano e incansable activista y sigas escribiendo con el desenfado indomable con que te recordamos todos aquellos que tuvimos el honor de conocerte, junto a esa inmensa audiencia que pudo escucharte disfrutando de tus charlas y denuncias. Hasta pronto.