Paños tibios no sanan llagas mortíferas

 

Nicolás Pérez Delgado

         La inocencia, en el caso que me referiré, no debe criticarse, pero debe señalarse, pues los vivos, los viejos y nuevos políticos con mucha plata en los bolsillos se valen de ella para continuar sus matrerías en contra del bien común. Los inocentes deben abrir los ojos, y digo que inocente me pareció una imagen que me encantó: el desborde de más de casi un millón de jóvenes estudiantes que en Washington protestaron contra el relajo asesino de las armas de fuego.

    Si quieren me pueden acusar del delito de criticoso. Sin embargo, para enmendarme siento que no podrán hacer uso de la Segunda Enmienda. Ella solo serviría para que proyectiles asesinos o/y demenciales me liquiden incluso sin haber calculado matarme precisamente a mí. Nada personal. A mí o a quien le toque la desgracia por puro azar. Como se dice, estar a la hora y en el lugar equivocado. Es como sacarse la lotería al revés, lo cual en este país le puede ocurrir a cualquiera recibiendo en lugar de cinco millones de dólares, cinco o seis mortales balazos.DZEvEYMXkAAIubl

   DZDw8fjX0AA-fii Aplaudí a aquella muchedumbre que también me desconsoló. Eran casi un millón de jóvenes estudiantes, muchísimos sin edad todavía para votar. Desbordaron la Avenida Pensilvania, en Washington D.C, peso sin comprender que con paños tibios no se sana ningún mal. Los jóvenes solamente exigían un mayor control sobre las armas. Por ejemplo, no venta de fusiles semiautomáticos y aumento de la edad mínima para adquirir pistolas, revólveres y fusiles.

    Un republicano de noventa años, ex juez retirado del Tribunal Supremo, John Paul Stevens, en un editorial que días después escribió para el New York Times, mostró más osadía juvenil que los estudiantes que en Washington protestaron. Serían los años, pues dice el refrán que más sabe el Diablo por viejo que por Diablo y puso el dedo sobre una vieja llaga para la que no bastan los paños tibios que ingenuamente plantearon los muchachos.

    Con valentía, como solución al tsunami de violencias y muertes que apestando a pólvora abaten al país, llamó a la derogación de la Segunda Enmienda de la Constitución, esa escolástica enmienda que intereses muy poderosos quieren mantener como si hubiera sido promulgada por el mismísimo Dios y, por tanto, herejía sería que los hombres la eliminen. Así quieren los multimillonarios de la Asociación Nacional del Rifle y otros muchos millonarios cabilderos del Congreso. Sabiamente, el ex juez John Paul Stevens la catalogó como una “reliquia del siglo XVIII,” pues como sabemos fue aprobada en el muy lejano 1787, hace 231 años.

    Por supuesto que el presidente del país que nos gastamos enseguida tuitió y como si pudiera alcanzar la altura de los Césares, sintiéndose por encima de un George Washington o un Abraham Lincoln, bramó: ¡La Segunda Enmienda jamás será derogada!

    Creo que no hay que ser jurista ni sabio para ver cosas que se caen de la mata. Cosas del sentido común que, como se sabe, es el menos común de los sentidos. La Segunda Enmienda resulta peligroso anacronismo. Surgió en un país que acababa de ganar una guerra y los ingleses podían volver a tratar de reconquistar su colonia. La nación comenzaba a extenderse hacia el oeste, cuyos naturales pertenecían a tribus de guerreros que no permitirían que los despojaran de sus territorios. También los esclavos negros, que ya eran bastante, podían rebelarse contra sus amos, pues la revolución independentista norteamericana, a diferencia de la francesa y también la cubana, no eliminó la esclavitud, aunque la Declaración de Independencia del 4 de julio de 1776 proclamara que todos los hombres son creados iguales y que el Creador los dotó del derecho de la vida, la libertad y la búsqueda la felicidad.

    Hace más de dos siglos que a los niños estadounidenses se les enseña en las escuelas lo justo de la Segunda Enmienda. Una enmienda que estaría muy bien para los intereses del siglo XVIII, pero no para el XXI, pues ahora solo vale para que se maten a esos mismos niños en las escuelas, a feligreses en iglesias, a viajeros en aeropuertos, a jóvenes en conciertos y a transeúntes por las aceras, tal y como repetidamente ocurre.

     Es bueno recordar que, sin resultado alguno, ya se han promulgado nada menos que nueve leyes para el control de las armas de fuego. Sin embargo, el mal cada día se agrava y crece el número de atentados criminales y más y más inocentes heridos o muertos.

    Claro que podrían ensayarse una nueva ley, o dos, o tres. De las tiendas pueden desaparecer los fusiles de asalto, los R-16 o los AK-47. Pero bastarían solo ocho segundos para con cualquier pistola no automática disparar siete proyectiles en medio de una multitud y otros tres segundos para cambiar el cargador y comenzar de nuevo a disparar.

     Las armas de fuego solo han de estar en manos de los agentes del FBI y de los diversos cuerpos policiales. Los jóvenes estudiantes que claman contra las armas de fuego tienen que ser más exigentes. Exigir a los congresistas que eliminen la Segunda Enmienda, pues sin querer, inocentemente hacen el juego a la industria y a la política de la muerte que bien puede aceptar una nueva ley que como eufemísticamente se dice, la regule otra vez, pero las víctimas inocentes continuarán igual.

     El juez retirado del Tribunal Supremo tiene toda la razón.

    ¡Se hace preciso derogar la Segunda Enmienda!, tuitee lo que tuitee el actual presidente, amigo de la poderosa Asociación Nacional del Rifle, cuyo negocio de muerte parece querer proteger.

    Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.