Misiles en Damasco; buenas frías en Miami

 

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Damasco: horas después del ataque

 


Mi amigo Irenaldo García, quien repito nada tiene que ver con el esbirro batistiano de igual nombre, me llamó el sábado en la mañana, horas después del nuevo ataque ordenado por Trump contra Siria. Me invitaba a tomar unas frías en su casa y conversar del convulso mundo que nos rodea. Le dije que no podía ir: tenía el carro en el mecánico.
—Yo te recojo –me respondió.
Y me recogió, pero en una ruidosa motocicleta. Qué remedio. Monté.
—¿Y eso tú en moto? –le dije cuando arrancamos–. Ta vas a matar.
—Dirás que nos vamos a matar, pues tú vas allá atrás –dijo y se río.
Llegamos y enseguida me sirvió una casi helada Old Milwake en una jarra de cristal con el rótulo BUCANERO fuerte y me dijo:
—Nicolo, sabrás que los rusos informaron que a las 3 y 55 minutos de esta madrugada fueron lanzado contra Siria 103 misiles, pero que 71 fueron interceptados y que ninguno se atrevió en la zona donde estaban ellos y, por tanto, no utilizaron sus sistemas antiaéreos. No sé si has visto que con banderas, música y baile esta misma mañana los sirios salieron a las calles de Damasco a festejar el fracaso del ataque. Vi fotos. Vamos a ver si aquí las ponen en los noticieros. El gobierno del presidente Assad informó que sólo tuvieron tres heridos. Trump, tan alardoso y prepotente, como siempre, tuitió: “Misión cumplida, le acabamos el arsenal químico,” pero lo lógico es pensar que si se bombardea una fábrica de armas químicas los gases letales se diseminan y matan a medio mundo. Así que los misiles cruceros, los cazabombarderos B1, los Tornados y Rafaeles, de los americanos, ingleses y franceses, hicieron el ridículo si así se pudiera catalogar un ataque contra un gobierno que no está en guerra contra ellos y que acaba de derrotar a terroristas que hasta ciudades enteras habían tomado. ¡Cómo no iban a tomarlas, si los buenos de la película los apoyaban!
Fui a decir algo, pero me interrumpió.
—Nicolo, ¿cómo es posible que el Congreso, la prensa, los marineros, los aviadores, los negros, los racistas, los inmigrantes, los jueces, los delincuentes, que los estadounidenses, pueblo y gobierno actual, hayan olvidado las supuestas arma químicas que tenía Hussein en Irak, donde no encontraron ni un frasco plástico de Clorox para desinfectar el piso, el baño y la cocina, pero no obstante, acusando de lo que no existía, mataron iraquíes por tongas y se quedaron con todo el petróleo de ese pueblo.
—Así es –respondí.
—Entonces, dime, Nicolo: ¿Será este el pueblo políticamente más inculto del mundo?
—Muchas veces lo parece –contesté.
Terminé mi Old Milwoke, enseguida trajo otra tan fía como la primera, la vertió despacio en mi jarra Bucanero, que como sabemos es la marca de una muy popular cerveza cubana, y dijo que no valía la pena hablar de lo ocurrido horas atrás en Sira. Era más de lo mismo, cantaleta similar a la que Venezuela constituye un peligro para la seguridad de los Estados Unidos. Un día van y tiran unos bombazos en los alrededores de Caracas para ver si se apropian de las reservas más grandes de petróleo que se encuentran en la cuenca del río Orinoco en ese país. Es la vieja política imperial –afirmó–. La misma de la que José Martí alertó incluso antes que Vladimir Ilich Lenin escribiera el libro “El imperialismo, fase superior del capitalismo.”
—¿Es o no es, Nicolo?
—Es –respondí y de inmediato agregué–: hasta el Papa está de acuerdo en eso.
Las cervezas realmente estaban frías, exquisitas, y él, de repente cambió palo pa rumba como para, como había dicho, no seguir con más de lo mismo, y me preguntó si había visto “Broche de oro.
—¿Broche de oro? –dije sin entender.
—Verdad que sigue siendo tan inculto como siempre –se burló–. Es una excelente comedia puertorriqueña. Tres viejos amigos, con personalidades diferentes, que escapan del asilo y viven situaciones hilarantes que dan que pensar en los bríos casi siempre velados que existen en la ridículamente llamada tercera edad.
Me contó parte de la cinta y conversamos de varios temas. Me dejó y minutos después apareció con el DVD de la película junto a otro par de Old Milwake, creo que la tercera mía y cuarta de él, o la cuarta mía y la quinta de él. Dijo:
—-La vas a disfrutar –no sé si se refería a la película o la nueva fría.
Me la tomé y le dije que tenía que marcharme. Dispuesto estaba dar la patada del arranque de la moto. Pero yo, cauteloso, dije:
—Me voy en guagua. Haré ejercicio en las quince cuadras que tendré que caminar para cogerla y de paso eliminaré tóxinas etílicas.
—Está bien, si me tienes miedo como motociclista te llamo a Uber o de viejo te vas a morir en la parada. El transporte público es una porquería. No hay dinero para adquirir guaguas, ni para niños con cáncer a los que hay que hacerles colectas por televisión, pero ¿sabes cuánto cuesta cada uno de los misiles que tiraron esta madrugada? Par de millones, como mínimo. Y fueron más de cien. Pero de guagua nada –respondió con firmeza–. Te llamo a Uber.
Y en un auto de Uber regresé a mi morada, satisfecho de la tarde junto a mí buen amigo Irenaldo García, quien vuelvo a repetir nada tiene que ver con el esbirro batistiano de igual nombre y a quien no se le puede hacer un cuento, sea de Siria, Brasil, Argentina, Chechenia y, mucho menos, de Cuba.
Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.

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Viva cuba libre!