El ingenio de los cubanos

   Corrían los primeros años de la década de los noventa en Cuba. Era una etapa que el país estaba llamado a resistir los cambios bruscos ocasionados por  la caída estrepitosa del Socialismo en Europa, que le sostenía en gran parte de su economía. Cuba pierde el movimiento comercial en un 85 %, algo increíblemente alto para ser soportado por una vapuleada  pequeña nación del Tercer Mundo. Pero esta islita  del Mar Caribe, ya había aguantado otros golpes de vida, quizás no tan o mayoritariamente voluminoso, en otras etapas, donde y cuando ese pueblo se erguía victorioso siempre por encima de enormes obstáculos.

   Esos años Cuba con su “Periodo especial en tiempos de paz”, afronta los desafíos como nunca antes. Se trataba de sobrevivir o morir como sociedad.

   En aquellos años pude observar y enterarme al mismo tiempo como gran  parte de ese pueblo se las ingeniaba para resolver, sin esperar a que el estado cubano lo hiciera por ellos como siempre había ocurrido, y acudía a las más ingeniosas, acciones para la supervivencia. Sembrar alimentos en sus patios y hasta en balcones y azoteas de apartamientos etc..

   Recuerdo como en esa etapa, donde y cuando había un parque de vehículos (automóviles) bastante escaso, los propietarios de estos, los cuidaban como una pieza de oro macizo. Al menos en mi ciudad natal (pudo estar sucediendo en otras también) en uno de mis frecuentes viajes a la isla,  pude observar y fotografiar,  algo a lo que entonces  debí calificar como “cárcel para autos”. Se trataba de que al carecer de espacios para guardar sus vehículos en lugares seguros, los dueños se las habían arreglado para conseguir cabillas (barras corrugadas de acero de diversos gruesos) usadas para la construcción en  pisos y techos de concreto, columnas, vigas, etc., y en este caso, no se sabe cómo, pero se obtenían astas cabillas.

   Por coincidencia curiosa, en esa localidad se encontraba la gigantesca fábrica Antillana de Acero – con altos hornos de fundición –  que desde su puesta en marcha en la década de los cincuenta, produce variados tipos de piezas de  ese metal incluyendo las susodichas cabillas, que solo eran distribuidas para uso de construcción de   entidades estatales. Así como  también los balones de oxigeno y acetileno (¿?) para soldarlas por los fabricantes de estos artefactos como garajes/cárceles de vehículos,  y finalmente construían  una especie de cuarto de cuatro paredes, para sus autos, de enrejado incluyendo el techo, con estos metales con separaciones entre  rejas de varias pulgadas, por las que no se podrían introducir los maleantes a robar, tanto el vehículo como partes del mismo. También sus puertas del mismo estilo, eran cerradas y aseguradas con gruesas cadenas y grandes y seguros candados,  que también  eran  de dudosas procedencias. Todo esto ocurría en  los “solares sin uso o yelmos”

   Así las cosas, el cubano y su ingenio superaba cualquier impedimento para lograr hacer más placentera su vida, y este caso de los “garajes/cárceles” para autos al aire libre, es otra contundente prueba de ello. Asío descansaban sin riego alguno, los tan amados y necesraios vehiculos de nuestros hermanos criollos.  Así también ocurría en otras cosas que comentaremos después, ya que este ingenio del cubano merece que se le celebre y estimule comentandolo como otro de sus triufos ante la vida. 

   Les habló, “Desde Miami”, Roberto Solís Ávila.