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Fidel Castro y Malcolm X en el Hotel Theresa

 

 

     Esta crónica no me pertenece. Con el título“Fidel en la ONU (1960)” fue publicada hace días en Segunda Cita. Su autor es el experimentado diplomático cubano Raúl Roa Kouri, quien, entonces, con 24 años de edad,  era miembro de la delegación diplomática cubana ante la ONU. Razones de espacio hacen imposible ofrecerla completa.

    En 1960, dirigentes de varias potencias se pusieron de acuerdo para asistir al XIV período de sesiones de la Asamblea General. Eisenhower, Macmillan y Jruschov abrían la lista, en la que también figuraban grandes personalidades del Tercer Mundo: Jawaharlal Nehru, Gamal Abdel Nasser, Kwame N’Krumah y Sekou Touré. Con particular expectación se aguardaba en Nueva York al entonces Primer Ministro, Fidel Castro. Líderes de los países de Europa oriental, entre otros el polaco Ladislaw Gomulka y el húngaro Janos Kadar concurrieron a la cita en el palacio de acero y cristal, a orillas del East River.

     Cuando se hizo público que Fidel asistiría a la Asamblea General, Malcolm X propuso, a través de Bob Taber, que se alojara en el Hotel Theresa, en el ghetto negro de Harlem. Me pareció una idea formidable, como he contado en otra parte. Pero ya el embajador Manuel Bisbé había tomado otra decisión: se alojaría en el Hotel Shelbourne, cercano a las Naciones Unidas, en Lexington y 37.

     Numerosos cubanos acudimos al aeropuerto de Idlewild (ahora John F. Kennedy) a esperar al héroe de la Sierra Maestra. Una larga caravana de carros, patrulleros de la policía, agentes de seguridad y los miembros principales de la Misión ante la ONU, entramos hasta la escalerilla de la nave, un Britannia de nuestras líneas aéreas. A la salida, llegando a la autopista, un grupo de fidelistas saludaba, agitando banderitas de papel. El Comandante extendió el brazo fuera de la ventanilla del auto y un genízaro de la policía neoyorkina intentó impedírselo: Fidel, en gesto airado, le apartó la mano.

     Un día o dos después del arribo a Manhattan la tensión crecía en los alrededores del Shelbourne. El gerente pidió hablar con el Primer Ministro. Fidel me instruyó verle. El tipo, de mediana estatura, corpulento, de bigotico y entradas, estaba exaltado: «Mr. Roa, me dijo, estoy muy preocupado por los pickets; es posible que haya violencia, que tiren piedras, que dañen nuestra propiedad. Diga al Primer Ministro que necesitamos un depósito de 20 000 dólares por si algo sucede.» Repuse que eso era totalmente irregular e inaceptable, pero insistió en su demanda. Al conocerla, Fidel Castro exclamó, indignado:

      “¡Son unos bandidos! La ONU no debería estar en una ciudad donde no se respeta a las delegaciones que vienen a sus reuniones, donde no puede uno alojarse sin que traten de extorsionarlo! Raulito —instruyó— dile a ese individuo que no aceptamos su exigencia, que es un bandido. Díselo: ¡un bandido! Y que nos vamos del hotel!”

     Cumplí sus instrucciones al pie de la letra.

     En la habitación, Fidel daba grandes zancadas de un lado a otro. Ordenó al capitán Antonio Núñez Jiménez salir a comprar tiendas de campaña. Ya que no se podía vivir en el hotel, acamparíamos en el jardín de las Naciones Unidas. Pidió al doctor Bisbé que llamara al secretario general, Dag Hammarksjöld, y le solicitara una entrevista urgente. Había que dejar constancia de nuestra protesta por el inícuo tratamiento, de la necesidad de trasladar la ONU a un país civilizado, en el que los jefes de Estado o Gobierno recibieran las cortesías debidas.

     Fue entonces que referí a mi padre, sentado en una de las camas, lo del Hotel Theresa. «¡Coño! ¿Cómo no lo dijiste antes?» Expliqué brevemente las razones. «Bueno, ahora ya nos vamos de aquí. Dilo a Fidel.»

     El Comandante en Jefe no prestó mucha atención cuando, interrumpiendo su vigoroso paseo, le informé que podía conseguir un hotel. Fue la segunda vez, al escuchar que estaba situado en Harlem, que se detuvo. «¿En el Harlem negro?» —preguntó. Al recibir mi respuesta afirmativa indagó nuevamente: «¿Estás seguro de poder obtenerlo?» Repuse que sí, que Malcolm X nos lo había ofrecido y no tenía dudas de que podría lograrlo aún, llamando a Bob Taber.

      Fidel dio instrucciones a Abrantes de acompañarme a la oficina de los Musulmanes Negros mientras él, Roa y Bisbé se dirigían, con todos los demás y las tiendas de campaña —por si acaso— a ver al Secretario General de las Naciones Unidas.

     Con José Abrantes, pues, fui al Hotel Theresa tras localizar a Malcolm X por medio de Taber. Según habíamos convenido, llamé a mi padre a la oficina de Hammarksjöld, cuando todo estuvo resuelto. «Tenemos dos pisos —informé—. Pueden venir.»

      Como por arte de magia (los servicios especiales yanquis no son tan deficientes) comenzaron a llover las llamadas telefónicas al despacho de Hammarksjöld con ofertas de hoteles para la delegación cubana. El estirado diplomático intentaba convencer al jefe revolucionario de que era más apropiado trasladarse a uno de los buenos hoteles de Midtown. Fidel repuso que ya teníamos uno, el Theresa, y que iríamos a Harlem, con los humildes, los negros y latinos preteridos y discriminados, nuestros hermanos… Imagino la cara que puso el atildado funcionario sueco.

      Cuando Fidel Castro y sus acompañantes llegaron al Hotel Theresa, grupos de afronorteamericanos y latinos ya se agolpaban en los alrededores. Una cerrada ovación y gritos de ¡Viva Cuba! les saludaron, apenas el líder revolucionario bajó del automóvil. Sonriente, contento, Fidel devolvió el saludo con la mano. La policía y los agentes de seguridad habían levantado barreras que impedían a la multitud acercarse. En el vestíbulo, Fidel abrazó a Taber, estrechó la mano del gerente negro. Nuestra delegación ocupaba dos pisos: Fidel, Almeida, Celia, Roa, Núñez Jiménez y otros compañeros se instalaron en el de arriba. Desde una ventana, el Comandante en Jefe cumplimentó nuevamente a los amigos de Cuba, la gente de Harlem.

      Súbitamente, aquella instalación más bien pobre se convirtió en noticia de primera plana. Allí acudiría —para espanto de la seguridad yanqui e inquietud de la soviética— el primer ministro de la URSS, Nikita S. Jruschov. Bajo, rechoncho y sonriente, abrazó a Fidel, sus barbas parecían una peluca sobre la calva del ucraniano. Le acompañaban el canciller, Andrei Gromyko, su yerno Adzhubey, que ocupaba la dirección de Pravda y otros camaradas. Por tener quehacer en la ONU no asistí a la conversación.

(….)

       Todas las tardes, al regresar de la ONU, nos reuníamos en el cuarto del Comandante en Jefe. Este, conversando con nosotros, iba tejiendo su discurso, tocando diferentes asuntos, exponiendo ideas. El capitán Núñez Jiménez y yo éramos los encargados de recogerlas, sintéticamente, en tarjetas de archivo, que luego pasaba yo a máquina: una tarjeta, una idea. Al final, alrededor de cuatrocientas tarjetas constituyeron la única referencia escrita usada por Fidel en su magistral intervención ante la ONU, que mantuvo en vilo a centenares de delegados, invitados y miembros de la Secretaría, de pie en los pasillos, por más de cuatro horas.

     Tremendo fue el impacto del discurso. No sólo nadie se había dirigido a la Asamblea por espacio de tiempo tan largo, sin que la atención decayera ni se produjeran deserciones en el auditorio; ningún jefe de Estado o Gobierno había hecho semejante proceso político al imperio, desnudando su entraña depredadora y voraz, su intervención grosera en la vida y los asuntos internos de un pueblo soberano e independiente. La ONU, que durante muchos años fue intrascendente vertedero de palabras, cámara de resonancia del dictum de los poderosos, tornábase ahora trinchera de ideas, foro de denuncia y combate. Imposible olvidar aquella pieza de historia quemante…

    Le habló para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado dando a conocer parte de una crónica escrita por Raúl Roa Kourí.