Decisiones Dificiles

 

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En dramático gesto, Lula ha comunicado a su partido que “Quizás debía pensar en otro candidato a la presidencia…” En realidad, tal vez el Partido del Trabajo no debió pedirle semejate sacrificio.

Después de experimentar el desgaste de dos períodos presidenciales, errar en la elección de su sucesora, someterse a una operación de cáncer, perder a su mujer, y estar envuelto en varias causas judiciales, el Partido del Trabajo no tenía derecho exponer a su líder histórico a semejante experiencia.

Cuando se instaló la idea de que Lula fuera nuevamente candidato, ya la derecha había destituido a Dilma Rousseff y se encontraba firmemente posesionada en los tres poderes del estado: el gobierno, el parlamento y el poder judicial, mientras el Partido del Trabajo experimentaba una parálisis que le impedía reaccionar y, mediante la movilización social y la influencia política, respaldar a la presidenta y luego defender a Lula.

Precisamente la popularidad que el PT quiso usufructuar convirtió a Lula en blanco y eje de una batalla que no podía ganar. La reiteración del liderazgo es como un atavismo político que impide a la izquierda renovar sus equipos de dirección, acudiendo al reiterado expediente de reciclar hasta extenuar a los cuadros que obtienen éxito.

Lenin, después de un atentado, tres ataques de apoplejía y dos años de agonía, fue el primer líder socialista que murió en el cargo, Stalin el segundo y Mao el tercero. En la Unión Soviética lo hicieron también: Brezhnev, Andropov y Chernenko. Lo mismo ocurrió dos veces en Corea del Norte y se reprodujo en los antiguos países socialistas. Sin llegar a ejercer el poder, la mala costumbre fue adoptada por no pocos partidos comunistas latinoamericanos. Durante décadas solo hubo dos maneras de dejar esas posiciones: muerto o destituido como fue el caso de Nikita Kruzchov.  

Así por extrañas razones y por una concepción burocrática de la política que margina a las bases del partido y a la sociedad, confiando un proceso que debía ser de masas a las estructuras que conducen la llamada “política de cuadros”, se generó una nefasta tradición alterada Ho Chi Minh y Fidel Castro que voluntaria y conscientemente se apartaron de sus altas responsabilidades en el estado y el partido. Raúl Castro que tampoco fue un aparachit, ha ido más lejos al dar paso al costado y proponer una legislación que impida la tentación de eternizarse en el poder.

Sin embargo, el líder chino, Xi Jinping acaba de imponer al partido una concepción de elección indefinida que, en el caso que logre vivir para ello, le permitirá ser eternamente presidente.

La izquierda latinoamericana repite una y otra vez el expediente de involucrarse en difíciles y a veces dudosas maniobras para lograr que sus líderes, convertidos en presidentes, se reelijan una y otra vez, sin dar oportunidad a verdaderas renovaciones. También la derecha acude a piruetas para eternizarse en el poder, pero ese es otro tema.   

En mi opinión, por razones políticas y humanas, más que tratar de convertir a Lula en presidente, el Partido del Trabajo debería esforzarse por liberarlo, sin importar el precio a pagar por lograrlo. Allá nos vemos.