REFORMAR LA CONSTITUCIÓN Y RELANZAR LA REVOLUCIÓN       

                                                                     

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El socialismo, creía Marx, vendría del progreso y no de la ruina, del desarrollo y no del estancamiento, de los cambios de mentalidad, la apertura y el pluralismo, y no del esquematismo. El desarrollo dará lugar al socialismo, al revés no funcionó, ni siquiera en la Unión Soviética.

Esas conclusiones llevan a retomar las ideas que han regido la historia universal desde el principio de los tiempos: evolución, gradualidad, y espontaneidad. Fidel Castro indicó que nadie sabía cómo construir el socialismo, lo cual era cierto, como cierto es que, al menos ahora, conocemos como no es posible hacerlo.

Difícilmente exista otro país en mejores condiciones para avanzar en la senda socialista que Cuba que es usufructuaria de las ventajas que representa el conocimiento de la experiencia de Unión Soviética y de otra decena de países a cuyo derrumbe sobrevivió, y cuyos errores pudiera evaluar con la serena determinación de no incurrir en ellos.  

En la Isla los procesos políticos se desenvuelven normalmente y bajo la dirección del Partido encabezado por Raúl Castro, y de un gobierno solvente en torno a los cuales se mantiene una aceptable cohesión social, logrando preservar las conquistas socialistas alcanzadas en más de medio siglo de desempeño revolucionario. Las exitosas experiencias de China y Vietnam son alentadores referentes.   

Con esos antecedentes, el país occidental que más ha estudiado y reverenciado a Marx y Lenin, cuyos pensamientos forman la base y esencia de su sistema político, está en excelentes condiciones para enmendar errores, conceptuales y prácticos referidos al credo y su aplicación, y avanzar innovando.

Para rectificar a fondo y salvar el socialismo los militantes y revolucionarios cubanos están obligados, no solo a resistir como hasta ahora lo han hecho, sino también a reflexionar de modo crítico para reinterpretar el marxismo, recuperar las esencias válidas, y deshacerse del lastre incorporado por desempeños erróneos. De no hacerlo, se exponen a repetir experiencias fallidas.  

Una enseñanza que es preciso asimilar es que el socialismo no es una sociedad que se construye con arreglo a un plan que no existió nunca, sino un estadío del desarrollo social que se alcanza como resultado de procesos históricos. Obviamente, como ocurre en Cuba y en varios países europeos, esas mutaciones pueden ser aceleradas mediante luchas populares y conquistas nacionales.  

Carlos Marx vivió su propia experiencia, al ser testigo de tres empeños revolucionarios fallidos: las Revoluciones del 48, la Comuna de París, y la revolución en Alemania. Aquellos reveses no lo hicieron deponer las luchas, pero le enseñaron a no dejarse seducir por la idea de que la historia podía avanzar por atajos.

En su magnífica integralidad el marxismo es un refinado producto de la cultura que devino herramienta revolucionaria. Che Guevara caló exactamente en esa conexión al asumir que los revolucionarios o pensadores sociales, deben ser marxistas con la misma naturalidad con que los físicos son einstenianos, y los biólogos pasteurianos.

Al emprender el esfuerzo por reformar y actualizar su constitución socialista y rehacer las bases de sus instituciones y su sistema político, Cuba tiene la oportunidad de crear un modelo que auspicie la eficiencia económica, asumiendo la pluralidad de formas de propiedad, métodos de gerencia e iniciativas individuales. Ese esfuerzo debe abrir caminos a la práctica de la democracia socialista en su más amplia acepción, asimilar los preceptos culturales e ideológicos avanzados y colocarse en la avanzada.

La nueva Constitución pudiera ser el instrumento para relanzar el proyecto socialista y colocar a Cuba, nuevamente, para usar la expresión de Raúl Castro, “en la punta de la vanguardia”. Allá nos vemos.