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Echándole fuego a la Caldera del Diablo

Hay que insistir en el tema por lo que de importancia tiene tanto para el mundo como para el propio pueblo norteamericano. Nunca antes en su historia  desde la “Guerra Civil” que enfrentó al Norte contra  el Sur por el tema de la esclavitud  de los negros, el país que inició su existencia como paradigma de República de libertades- si bien era solo para los hombres de la raza blanca- se ha visto como ahora en un estado de tanta controversia y convulsión interna, una peligrosa polarización entre dos bandos irreconciliables que amenaza el futuro de esta nación que es todavía a pesar  de todo, la más poderosa de la tierra,  mas  por su fuerza militar y su economía súper desarrollada, que por sus virtudes republicanas

Los imperios como los propios seres humanos, nacen, crecen, se desarrollan y mueren. Así ocurrió con el Imperio Romano y los que les sucedieron después,  como el español  de Felipe II,  el  británico iniciado  por  Isabel I,  el alemán de Carlos V  o el  ruso de los Romanov, que no tan lejos como en 1917 fuera barrido por la poderosa fuerza  de la Revolución Bolchevique.

Estados  Unidos  más divididos que nunca antes en su historia  como imperio no ha a ser  una excepción. La permanencia  de un sistema  político  o económico, como la  de los  gobiernos,   de cualquier tipo que estos sean, tiene como base fundamental la  unidad  del pueblo junto a sus dirigentes, más aun en tiempos difíciles como los que hoy se viven en el  mundo.

Sin lugar a dudas la presidencia de Donald Trump ha sacado a la luz las contradicciones internas que socaban los cimientos  de la sociedad norteamericana. Para unos Trump es el que viene a salvar a los Estados Unidos  de sus enemigos internos  y externos,  “ hacer de nuevo  América First”, mientras que para  el  otro bando  Trump es el centro  de todos los males y es el que con su ascenso al poder a desatado  este  aquelarre que amenaza con destruir  la  América  líder del  llamado y tan cacareado  “mundo libre  occidental”.

Una cosa  es cierta.  Que una nación dividida por  poderosa que parezca no va a ninguna parte, como no sea  a la decadencia y a su desaparición como potencia relevante en un mundo que tiene otros polos que también aspiran a la hegemonía mundial.

        Me dice  un  Duende sabichoso- que más sabe  por  viejo que por   Duende – que a decir verdad Donald Trump no  es el  gran culpable de lo que está ocurriendo hoy en los Estados “Divididos”  de América. El  solo  ha destapado la caldera  del Diablo.

Y hasta la próxima entrega de El  Duende que con mi gallo me voy cantando a mi tumba fría. Bambarambay.