Pena de Muerte

 

   1533399171_048724_1533399641_noticia_normal_recorte1 El Papa Francisco, líder espiritual de mil 200 millones de personas y respetado por otro tanto de millones por sus posiciones progresistas, recientemente declaró estar en contra de la pena de muerte, la cual, afirmó, es “inaceptable en todos los casos.”

    Lo dicho por el Sumo Pontífice me recordó una vieja crónica que escribí sobre el tema, la cual me parece interesante recordarla hoy. Entonces se tituló Guiso no culinario, y dice así:

     Creo que hay tipos que hay que darle guiso. Y no hablamos de la sabrosísima carne con salsa y papas. Sino lo que significa también esa palabra en Cuba: soga, paredón, gas, silla, guillotina, inyección o garrote vil.

    Deducirán que no me opongo a la pena de muerte. Pero debo contar sin tapujos lo que me ocurrió con un guayabito al que no sé por qué razón tenía que ejecutar. Era un tipo pequeñito, prieto, que corría como una exhalación pegado a los rodapiés de las paredes y desaparecía por detrás de cualquier trasto. A veces me miraba, estoy seguro que estudiándome, y cuando apenas me movía echaba alegremente a correr como diciendo: “Mira a ver si me agarras”.

    Siempre había oído decir: “¡Qué horror, ratones en casa!, y acabé olvidando a Mickey Mouse, el querido ratón Miguelito. Y decidí  liquidarlo. ¡Guiso con él! Coloqué la clásica ratonera de base de madera que los revienta con el golpe de una varilla que cae a cien kilómetros por segundos. Pero el tipo sabía mucho. No se iba a regalar por un cuadrito de queso o el jamoncito. No era bobo.

    Para él, el artefacto reventador sería una maquinaria medieval, una grotesca guillotina. Alguno de sus ancestros seguramente murió atrapado en su golpe y él debía estar advertido.

    Vivíamos juntos y fue cogiendo confianza. Yo hacía el gesto de cogerlo y él esperaba todavía unos segundos antes de desaparecer seguramente que riéndose. Yo ya soñaba con una pequeña escopeta. Sería imposible que él conociera la efectividad y el alcance del arma. Un gato tal vez hubiese sido la solución, pero yo no tenía gato.

    Un amigo me dijo que comprara unas trampas que consistían en una superficie al parecer inofensiva pero que cuando el bicho intenta cruzarla queda pegado a ella. Decidí probar y compre tres. Puse una detrás del refrigerador. Otra entre el librero y la pared que va al baño, y una tercera junto al rodapié desde donde el tipo a veces se detenía a observarme.

     Ese domingo, al levantarme inspeccioné las tres emboscadas. Estaba en la del refrigerador. Se movía, pero no podía escapar. Levanté la trampa, lo miré bien, de cerca ahora, y él me miró a mí. Sus ojitos eran humanos, de desespero, de dolor. Me pedían que lo ayudara, que lo salvara.

     Yo me arrepiento de muchas cosas que mal hice o mal pensé en mi vida, aunque no del paredón a los torturadores y asesinos nazis y batistianos. Tampoco si mañana al amanecer sientan en la cámara de gas al tipo de Colorado que acaba de ametrallar en un cine a montones de infelices, o si hacen  pulpa eléctrica a todos los que idearon y materializaron el 9-11. Pero aquel domingo el corazón se me comprimió. El bichito no era un criminal que había puesto una bomba como la del avión cubano en Barbados, ni violado y degollado a una ratoncita de días de nacida, ni acuchillado a una viejita para robarle sus ahorros. Sólo quería vivir y que yo lo despegara de aquella trampa diabólica y tal vez hasta quería hacerse amigo mío.

    Traté de despegarlo para, de inmediato, soltarlo en el jardín. Luego, en las tardes, le pondría un pozuelo con agua y algo de comer. Pero era imposible. Sus dos paticas y sus manitas tan parecidas a las nuestras ya parecían formar parte del pegamento asesino.

    Me sentí como un uniformado de Himmler, como un esbirro de la Quinta Estación al mando del Ventura Novo que tan respetado y bien vivió en Coral Gable. El bichito en ese instante estaba bajo tortura, y yo no tenía nada que ver con los batistianos Ventura, Carratalá ni el Menocal del cuartel de San Cristóbal. Recordé que fríamente me habían dicho: “Cuando se pegue, lo metes en un cubo con agua… y ya”. Pero ahora, viendo sus ojitos desesperados que querían saltársele del rostro y que no se apartaban de los míos, estuve seguro que el agua sería una tortura más. Y el “y ya” me pareció la del esbirro batistiano satisfecho con su labor y que con un tabaco en la boca dice: “Jefe, no quiso hablar con ná que le hice y le di cuatro tiros… y ya”.

    Morir ahogado es terrible. Muerte desesperante, sin oxigeno para respirar. Y me dije: “¿Qué rayos me hizo este bichito? Y salí al jardín y sin opciones, en un acto que encontré horriblemente piadoso, agarré un trozo de madera, puse la trampa en el suelo y yo, un gigante asesino en ese instante, de un golpe le destrocé la cabeza a aquel bichito indefenso, de rostro humano que me rogaba que lo salvara.

     Lo cuento ahora y todavía me duele, pero ocurrió hace seis años. Y todavía me arrepiento y todavía hay gente que debía ser juzgada y sanamente ser ajusticiada en la soga, el paredón, a gas, en la silla, la guillotina, con la inyección o en el garrote vil. Pero no es así, y algunos se pasean tranquilamente por las calles de Miami, toman café en el Versailles y hasta salen en televisión como héroes en lugar del guiso nada culinario que merecen.

    Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.