Por Miguel Angel García Alzugaray

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El presidente de Estados Unidos Donald Trump reforzó la crítica de los medios de prensa de Norteamérica en unas declaraciones hace unos pocos días, después de que dos representantes de la ONU hicieran un comunicado para advertir del riesgo que las expresiones de Trump causan al tratar de minar la libertad de prensa en Estados Unidos.

Se debe recordar que en su primer día completo como presidente, en enero de 2017, Trump definió a los periodistas como “los seres humanos más deshonestos de la tierra”. Tardaría poco en bautizarlos como el “enemigo del pueblo”, o en sugerir que podría adoptar represalias legales contra empresas periodísticas. Como ya hizo cuando era candidato a la Casa Blanca, ha tergiversado más allá del límite el concepto de “noticias falsas” para definir cualquier información que sea crítica con él. Ha llegado a convocar un concurso para premiar al medio “más deshonesto y corrupto”.

El multimillonario neoyorquino, que según un grupo de prestigiosos psicólogos norteamericanos es un declarado narcisista, ha vivido desde siempre obsesionado por la cobertura mediática bajo la premisa de que es mejor que hablen de ti aunque sea de forma negativa. “Está tratando de volver a dominar el ciclo de 24 horas de noticias como hizo en la campaña de 2016. De crear un mensaje de caos: de ellos o yo”.

Ahora durante un mitin en Wilkes-Barre, Pensilvania, a favor del candidato republicano al Senado Lou Barletta, Trump caracterizó a los medios como deshonestos ya que difunden noticias falsas y apuntó a la zona de prensa presente en el pabellón. “Ellos son las noticias falsas, falsas y asquerosas”, clamó el presidente estadounidense. Mientras hablaba, apuntaba amenazante con el dedo a la zona en la que estaban los periodistas. Muchos de los congregados se giraron y empezaron a abuchearlos. “CNN apesta”, corearon algunos en el público, sonrientes y agitando el brazo.

El discurso de Trump esa noche se centró sobre todo en el análisis de la cobertura que los medios de comunicación hacen de su presidencia y dio ejemplos concretos.

Uno de los ejemplos señalados por Trump fue la forma en que fueron analizados sus encuentros con el líder norcoreano Kim Jong-un y con el presidente ruso Vladimir Putin. Trump mencionó que los medios querían que llegara y tuviera un combate de boxeo.

El discurso del presidente se produjo el mismo día en que dos expertos designados por las Naciones Unidas para el Consejo de Derechos Humanos y la Comisión de Derechos Humanos Interamericana criticaron con dureza sus ataques y los calificaron de ataques estratégicos que tienen por objeto destruir la confianza periodística.

David Kaye y Edison emitieron un comunicado donde declaran que estos ataques son contrarios a las obligaciones del país a respetar la libertad de la prensa y a la ley de los derechos humanos internacionales. Además, no han podido probar ni siquiera una vez que una noticia en particular ha sido motivada por otras razones inconvenientes, dijeron los representantes de la ONU.

No es nueva la ofensiva salvaje de Trump contra la prensa. Es parte de su ADN divisivo. Pero ahora la cruzada se ha acelerado:

En realidad, Donald Trump, ya había sugerido el pasado mes de mayo la posibilidad de retirar las credenciales de la Casa Blanca a los medios de comunicación que a su consideración informan negativamente sobre su Administración, y aseguró que las “noticias falsas” están “trabajando horas extras” contra él.

Para muchos especialistas en política interna norteamericana, esta es por una parte la peor época para los medios de comunicación estadounidenses, pero también la mejor. Tal y como nos recuerda la triste historia del otrora gigante Chicago Tribune, hace años que la industria de la prensa viene muriéndose lentamente. Sin embargo, para el puñado de empresas periodísticas bien financiadas que aún sigue en pie, la era Trump ha terminado convirtiéndose en una “época dorada”, un período de grandes negocios millonarios.

Entre los respetables miembros de la prensa en la costa este hay una increíble unanimidad en el desprecio al presidente. Están obsesionados con dejar constancia de su mal gusto, con encontrar errores en sus tuits y con terminar con Trump y sus socios por el escándalo ruso de acá o de más allá. Son más inteligentes que el simplón multimillonario. Las exclusivas que destapan son devastadoras. Las páginas de opinión parecen discursos de recaudación de fondos del Partido Demócrata. En verdad dan mucho dinero.

Nada extraño hay en ello, las supuestas libertades de expresión y de prensa norteamericanas no son más que otro lucrativo negocio de esa metalizada sociedad.

La ambición desmesurada por el poder y el dinero es parte de la mentalidad de EE.UU. Como escribió Borges, cuando el representante de una sociedad secreta que quiere crear un país distinto de todos los que existen presenta su plan a un millonario estadounidense, «éste lo deja hablar con algún desdén- y se ríe de la modestia del proyecto. Le dice que en América es absurdo inventar un país, y le propone la invención de un planeta, siempre que por supuesto, podamos dominarlo».

Cada uno de los grupos oligárquicos que integran el gobierno invisible de ese país, ha tenido su momento de poder en la historia de EE.UU. Y no ha sido fácil. Ha habido oleadas de fraude electoral. La mafia de Chicago arregló las elecciones de 1960 en Illinois para que John F. Kennedy, el hijo de un simpatizante de Adolf Hitler que además había cometido todo tipo de fraudes en Bolsa, se convirtiera en el primer -y, por ahora, único- católico en alcanzar la presidencia. Su vicepresidente -y luego sucesor- era Lyndon B. Johnson, quien llegó a afirmar que él arreglaba las elecciones en su Texas natal «sólo con una llamada de teléfono» y que lanzó a EE.UU. a una guerra en la otra esquina del mundo, en Vietnam, por una agresión a dos destructores estadounidenses que nunca existió.

Sin embargo, las críticas de la prensa a Trump parecen no funcionar. Cuando lo castigan y denuncian, cuando cacarean y lo ridiculizan, Trump parece disfrutar. Como un reflejo, el presidente devuelve contra la propia prensa esa increíble efusión de desaprobación. Ello es así porque se siente respaldado por la anodina masa de supremacistas blancos que manipulan a su antojo los círculos fascistas vinculados al Presidente.

De hecho Trump ha resucitado aquella vieja crítica contra los medios por su “sesgo progresista”, una creencia antigua que formaba parte de las paranoias republicanas en los días de Richard Nixon, que por cierto es el héroe que Trump y compañía usan ahora como teoría para explicarlo todo.

En la práctica, los medios de comunicación norteamericanos avanzan a marcha forzada hacia una era de descrédito total, no tanto por los ataques de Trump, sino porque siempre han estado al servicio de la mentira y los intereses de los círculos de poder económicos que representan. Su reputación cae cada vez más bajo. Esa es una de las claves detrás de todos los gigantescos errores del periodismo norteamericano en las últimas décadas:

Entre otros muchos, las guerras de Corea, Viet Nam e Irak, las agresiones contra Cuba, Nicaragua y Venezuela y el respaldo a las dictaduras fascistas latinoamericanas en la que fueron cómplices los gurús más importantes del periodismo; la ausencia total de visión para percibir la epidemia de falta de ética que permitió la crisis financiera de 2008; y el ascenso de Donald Trump, que (a pesar de la morbosa fascinación que sienten por él los medios) tomó por sorpresa a casi todos.

Se trata de definir lo que es legítimo para el imperialismo yanqui, por supuesto, y la llamada prensa “respetable” aún en pie está completamente fascinada con eso. Es lo que define por completo su guerra contra Trump, por ejemplo. Saben qué apariencia debe tener un político norteamericano, cómo debe actuar y cómo debe sonar. Saben que Trump no se ajusta a esas reglas y reaccionan ante él como si fuera un objeto extraño metido bruscamente dentro de su refinado mundo que contaminara con su presencia su sofisticado club de campo.

Ignorando estas críticas Trump ahora se vuelca en la campaña de las elecciones legislativas de noviembre, en las que los republicanos se juegan la mayoría en el Congreso. A lomos de la polarización política, trata de erosionar la credibilidad de los medios. Y de dividir el mundo entre buenos y malos para unificar a sus votantes en torno a un enemigo. Es la misma táctica que ha empleado para enfrentarse a los inmigrantes, los servicios de inteligencia, los fiscales, políticos demócratas…

Los ataques a la prensa, más que a sus rivales, dominan ahora sus mítines. En un país donde la libertad de expresión se vende como sagrada, el presidente, alérgico a cualquier reproche, acusa a los periodistas de ocultar sus logros.

Como en la lista de invitados de una exclusiva fiesta de hampones, hoy solo un pequeño grupo de personas, publicaciones e ideas es aceptado en la Norteamérica de Trump. El resto, no. porque no hacen el juego a los círculos de ultraderecha que son los que ahora mandan.

Solo se salvan la cadena Fox News, con una cobertura afín al republicano, y un puñado de medios conservadores extremos.

Tim Weiner, un reputado experiodista de The New York Times, coincide con el diagnóstico de una profesora de Columbia: “Ningún presidente ha atacado jamás la libertad de prensa como Trump, nada que se acerque a su crueldad y vitriolo”. Autor de un libro de referencia sobre Richard Nixon, Weiner dice que este sería el más cercano a Trump en su hostilidad con los medios.

Nixon también había llamado enemigo a la prensa, pero no dijo que lo fuera del pueblo. Como Trump, tenía aliados en los medios conservadores y objetivos similares. Nixon buscaba desacreditar la investigación del Watergate, que acabaría con su presidencia en 1974.

Tal vez la mejor definición de este fenómeno la diera hace poco un politólogo estadounidense que por prudencia pidió seguir en el anonimato: Señores periodistas, ¡despierten y pongan los pies sobre la tierra! Se acabó en los Estados Unidos la farsa de la libertad de prensa que en realidad nunca existió. Donald Trump se quitó la careta y ahora habrá que escribir lo que sus socios de la ultraderecha desean oír o callar para siempre.

¡Recemos mejor para que los “camisas pardas” del Presidente no tomen en noviembre por asalto el Capitolio!

Para los revolucionarios cubanos esta afirmación no es nada nuevo. Desde hace mucho conocemos bien la doble moral y el fariseísmo del sistema político, económico y social norteamericano, por lo que estamos convencidos que una verdadera libertad de prensa y expresión solo puede existir en una sociedad como la nuestra, en la que a partir del Primero de Enero de 1959, se hizo realidad el mandato de nuestro Apóstol José Martí: “Yo quiero que la ley primera de nuestra República sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre”