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Pero Carlos Marx, no tiene las alas rotas

Un brillante profesor de economía política, no necesariamente sería un competente ministro de economía. Las políticas económicas, monetarias, fiscales, así como la diagramación del crecimiento industrial y energético, el fomento de las ramas extractivas, agropecuarias, la administración del presupuesto, las finanzas, las cuentas nacionales y otras diligencias, forman parte de la práctica económica mientras la economía política lo es del conocimiento. En un caso se trata de fenómenos técnicos y en el otro gnoseológicos.

El pensamiento económico de Marx, desarrollado en los contextos europeos del siglo XIX, estuvo ceñido a la economía política, esfera en la cual desarrolló una brillante critica del capitalismo, intuyó su carácter perecedero y esbozó algunas ideas, por cierto, vagas acerca del futuro. Escribió voluminosos tomos sobre el capitalismo y unos pocos párrafos acerca del socialismo.

En su crítica al Programa de Gotha, escrito en 1875 y publicada dieciséis años después, como parte de una discusión política entre marxistas y socialdemócratas, con una prosa más poética que científica y referencias especulativas, Marx adelantó algunos criterios sobre el socialismo y la transición al comunismo que, tomados al pie de la letra, fueron la base de no pocos desatinos e ilusiones acerca como llegar a una sociedad idílica.

  Cuarenta y dos años después de que Marx escribiera la Crítica al Programa de Gotha, los bolcheviques encabezados por Lenin, Trotski, Bujarin y otros intelectuales radicales tomaron el poder en Rusia y, llevados más por las circunstancias que por convicciones teóricas, emprendieron lo que luego se conoció como la edificación de una economía socialista que rompió con todo lo establecido.

Estudiar y comprender los criterios sobre la economía política esbozados por Marx fue un interesante ejercicio teórico, mientras que edificar una economía concreta basada en la supresión de la propiedad privada, la abolición del mercado, la colectivización de la tierra, los monopolios del comercio interior y exterior y pretender administrar y planificar desde un centro la economía nacional fue una trascendental aventura.

De hecho, se trató de la más audaz innovación económica que se recuerde, la cual fracasó no porque sus presupuestos fueran erróneos, cosa no probada, sino porque se ancló y se auto condenó al inmovilismo, rechazando todos los intentos de reforma. Semejante actitud se debió al desempeño de una práctica económica y política basada en preceptos ideológicos y en supuestos doctrinarios extraídos de las cabezas de sus precursores, no de la realidad.

Quienquiera que pretenda avanzar en la construcción del socialismo, debe comenzar por reconocer que se trata de un mega proyecto concebido a partir de reflexiones teóricas e improvisaciones políticas e institucionales que, en la versión soviética no resistieron la prueba del tiempo.

Allí donde la izquierda, marxista o socialdemócrata, tenga oportunidades de intentarlo, lo pertinente es liberar las fuerzas productivas, procurando edificar un modelo inclusivo y sostenible, para mediante esfuerzos mancomunados y ventajosos para todos, promover la prosperidad individual y colectiva, producir con eficiencia y distribuir con equidad en ambientes inequívocamente democráticos en los cuales crezcan, se acumulen, se redistribuyan las riquezas y se provea bienestar, confort y felicidad. De eso y no de alguna quimera se trata el socialismo.

Probablemente Marx tenga razón al afirmar que al socialismo se llegara inevitablemente, no obstante, tal vez forzar su advenimiento no fue una buena idea. No lo fue antes ni lo es ahora. Allá nos vemos.   

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El presente artículo fue   publicado por el diario ¡Por Esto! Al reproducirlo indicar la fuente