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Según la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), la economía cubana crecerá a un ritmo del 1.1 en 2017 y 1.3 en 2018. Ese fenómeno reiterado durante años configura una situación crítica. La dura realidad es que, o bien la Isla resuelve ese problema o puede encarar una precarización del nivel de vida de la población, expresada en escases de empleo y en la consiguiente disminución de los ingresos de la población. En circunstancias así, la pobreza acecha.  

Con tan magro crecimiento el estado dispondrá de menos recursos para importar, entre otras cosas alimentos, combustibles y medicamentos o materias primas para producirlos y tendrá dificultades para asumir sus gastos y financiar programas sociales. En un escenario así la inversión con fondos públicos se reduce, crecen las deudas y se acentúan los déficits.

Las perspectivas de que la situación mejore no son alentadoras porque el bloqueo de los Estados Unidos no será levantado a corto plazo, lo cual significa que tampoco la inversión extrajera privada fluirá en las cantidades necesarias.

Por otra parte, es poco probable que los esfuerzos del gobierno para elevar la eficiencia del sector productivo de la economía, basada en las empresas estatales, rindan frutos a corto plazo pues estas entidades, aquejadas por la baja productividad del trabajo, afrontan obsolescencia tecnológica, falta de dinero para importar materias primas y otros factores. A ello se suman distorsiones creadas por la dualidad monetaria y cambiaria, el bajo nivel de los salarios y las pensiones, así como la imposibilidad de acceder a las organizaciones crediticias internacionales.       

Sin que pueda ser evitada, al cuadro se ha incorporado la corrupción que además de una macula ética, es un problema económico cuyas dimensiones no han sido calculadas. En recientes visitas a provincias, el presidente Miguel Díaz-Canel se ha percatado que recursos asignados por el gobierno para la solución de necesidades concretas o inversiones en los territorios, se esfuman por el caño de la corrupción.

A mi juicio, a corto plazo la mejor opción es la de profundizar las reformas en curso, diseñando una estrategia para el crecimiento económico y el desarrollo que, a los esfuerzos estatales sume al sector privado emergente en el sector productivo en forma de cooperativas, micro, pequeñas y medianas empresas privadas nacionales y extranjeras, incluyendo algunas fundaciones u estructurás públicas para operar en otras áreas.

Para que un proyecto de esa naturaleza y dimensiones funcione es preciso deponer objeciones subjetivas y prejuicios. Una idea semejante debe ser acogida con franqueza y espíritu abierto, como una palanca más, una fuerza honesta, dinámica y creadora que amparada, estimulada y ayudada por el estado socialista y el partido, se sume a los esfuerzos por el desarrollo y el bienestar del pueblo.

Nadie dice que los empresarios privados sean filántropos, pero tampoco son criaturas deleznables, sino actores económicos necesarios, con tendencia a la eficiencia y habituados a operar con arreglo a las leyes y con los cuales los estados conviven en prácticamente todos los países del mundo.   

Auspiciado por el estado socialista y con sus reglas, el fomento del sector privado nacional, a corto plazo pudiera aportar eficiencia, reactivar el sector productivo, crear cientos de miles de empleos, generar riquezas, contribuir al desarrollo local, apoyar proyectos estatales, como por ejemplo la construcción de viviendas de baja exigencia e incursionar en áreas de tecnologías avanzadas y servicios de alto estándar.

Por añadidura se trata del único proyecto económico importante que puede ser realizado sin costosas inversiones ni exhortaciones, con el encanto de que el bloqueo estadounidense no puede impedir ni está interesado en hacerlo.

Orientado y conducido con sintonía fina por el estado y el partido, el sector privado puede ser una fuerza tremenda y eficaz que no conducirá a la restauración del capitalismo, aunque si tal vez a una versión ganadora del socialismo. La otra no lo fue. Puede ser un referente, pero no es un paradigma. Allá nos vemos.