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Zelaya, impulsó el gasto social en educación y salud

  

  Aunque según el gobierno de Tegucigalpa muchos emigrantes han  regresado a Honduras, la caravana que lleva rumbo norte con el sueño de una vida mejor ya suma siete mil personas y no solo son hondureños. Por territorio mexicano marchan también salvadoreños, guatemaltecos y mexicanos. El presidente Trump los ha amenazado con el ejército y este cronista, que no es adivino ni tiene bola de cristal, no ha de pronosticar qué ocurrirá cuando esa gigantesca ola humana alcance el linde con Estados Unidos.

    El ex presidente de Honduras, país donde se originó la caravana, Manuel Zelaya, derrocado en el 2009 por golpe militar, explica que sus paisanos emigran “por el estado de terror que  vive su país, de violencia, fraude y alto costo de la vida, situación que mantiene el actual presidente Juan Orlando Hernández, al cual Estados Unidos sostiene y apoya,” razón por la que afirmó que Estados Unidos “está obligado legal y moralmente a dar asilo a los emigrados.”

     Andan a pie, con niños en brazos, caminando sin descanso. Muchos con los pies llagados, sangrantes, con hambre y sed y a merced del sol, la lluvia y el frío. Sólo les importa llegar. Por delante todavía tienen cientos de kilómetros que vencer y algunos, físicamente ya no pueden más.

     No es una rutinaria manifestación popular que participa en una gran protesta. Es una imponente caravana y al parecer muy bien que se organizó. Un tsunami de desvalidos que aspiran a una vida mejor y al menos poder pagarse la canasta básica, tener médico y medicina accesible por su costo, un techo decente donde dormir y que sus hijos puedan estudiar.

    Estamos en elecciones y los demócratas acusarán a Trump de secretamente haberla organizado para demostrar la necesidad de un sólido muro en la frontera con México, maquinación elaborada por la nueva gente de la CIA. Los republicanos acusarán a los demócratas de tratar de crearle más problemas a Trump con los inmigrantes y que sufragan monetariamente a la marcha. El controvertido y actual presidente hondureño acusará a la izquierda y al derrocado Manuel Zelaya y para halagar a Trump dirá que es Venezuela quien financia todo. El títere Almagro en la OEA dirá que hay que  respetar las fronteras de los países y acabará, abierta o solapadamente, poniéndose de parte de lo que haga Trump.

    Como sabemos, la caravana inicio camino en San Pedro Sula, ciudad considerada como una de las más peligrosas del mundo. Ante la prensa, los que marchan con caras compungidas expresan que en su país temen por sus vidas y la de sus hijos, que no hay trabajo, que pasan hambre, que para sobrevivir hay que tener un dinero que muy pocos tienen.

    Llama la atención que los periodistas, locutores y analistas de Miami no se refieran como es debido a la situación de miseria de esos países y apunten a que la caravana solo anda en busca del “sueño americano.” No informan, por ejemplo, que el Foro Social de la Deudas Externa y Desarrollo de Honduras reveló, según datos  del 2016, que en ese país de casi 9 millones de habitantes, 5 millones 700 mil se encontraban en la pobreza y 700 mil en la extrema pobreza. Esto sin contar el terror que crean las pandillas que mangonean en las ciudades. Males que seguramente han crecido en los dos últimos años. Situación similar a la de otros países del área.

    No debe olvidarse que militares hondureños, en una madrugada del año 2009, a la fuerza y en ropa interior sacaron de su residencia al entonces presidente Zelaya y lo condujeron a una base aérea controlada por Estados Unidos,  sitio del que en vuelo directo lo despacharon a Costa Rica. Golpe militar que en un principio, digamos que sinceramente, el presidente Obama condenó, pero luego parece que no pudo evitar comprometerse con los golpistas por las presiones dentro de su propio país.

    ¿Y qué había hecho Zelaya?

     –Subió el salario mínimo en un 30 por ciento.

    –Importó medicinas genéricas de Cuba para que se vendieran a la población un 80 por ciento más baratas

    –Vetó que las compañías extranjeras dieran dinero en las elecciones para los candidatos.

    –Aprobó la ley de Participación Ciudadana que permitía consultas populares sobre asuntos nacionales

    –Reestructuró las formas de ganancias de petroleros y bajo los precios del combustible.

    –Creo una Caja de Ahorros Comunales para los pobres.

    –Canceló la explotación minera a cielo abierto.

    –Impulsó el gasto social en educación y salud.

    Los intereses de la millonaria oligarquía no podían permitir tales comunistoides medidas a favor de los de abajo, el ejército actuó y los bolsillos de los oligarcas de nuevo en el poder absoluto se hincharon todavía más. La economía del país decreció, aunque no la de ellos, y volvió a elevarse la pobreza y la desigualdad social. Y ahora surge la caravana, cuya esencia no está en que sean maquinaciones de demócrata o republicanos, de la CIA, de seguidores de Mao-tse Tung o de fuerzas extraterrestres. La haya organizado quien la haya organizado, el caldo de cultivo social, la pobreza y la inseguridad ciudadana, fue la que impulso a miles a marchar hacia el Norte jugándose el todo por el todo, solo con la recóndita esperanza de llegar y que no les quitaran los hijos o los metieran preso y los regresaran a sus países, pues saben que el presidente Trump detesta a los inmigrantes de la región, pues los desea europeos, muy blancos y de cabellos rubios y finos.

    Caldo de cultivo que también existe en El Salvador, Guatemala y México. En cambio, a los cubanos Washington ha estimulado a emigrar con el fin de desacreditar a la Revolución y sustraerle médicos, profesores y todo tipo de personal calificado, y muchos cubanos, incitados a vivir como en las películas, llegaban y ni por una día eran ilegales, entraran por mar o por la frontera mexicana o canadiense, y les ofrecían ayuda económica y al año y un día sacaban la residencia.

      Los que impulsa a los que en estos instantes atraviesan México rumbo norte es la desesperación por la miseria e inseguridad que asolan sus vidas, aunque viven en países donde no faltan cada cuatro años elecciones que se convocan como democráticas. De otra manera ni Jesucristo hubiera podido poner en marcha, por miles kilómetros y en tan difíciles condiciones a tantos miles de personas, verdadero tsunami de desvalidos, muchos, incluso, con sus pequeños en brazos.

    Le habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.