Todavía hoy al cabo de diez días de las elecciones de medio término, como se les conoce a las que no son presidenciales, se continúan recuentos y revisiones de esas boletas por las supuestas irregularidades encontradas en los conteos y reconteos.

   No es menos cierto que el estado de Florida siempre es conflictivo para lograr un resultado honesto y creíble. Además es un apetitoso bocado en cualquier elección nacional ya que cuenta con un montón de votos electorales decisivos para cualquier aspirante presidencial. Recordemos las elecciones del año 2000 que nos trajo ocho años de penurias y gobierno incapaz, como resultado de las marañas realizadas y encontradas que hicieron que el presidente lo “nombrara” la Corte Suprema y no los votos como se supone sea la costumbre del país.

   Se cacarea mucho de que el sistema electoral estadounidense es ejemplo de privacidad  en el mundo en cuanto a seguir reglas para elegir candidatos a diversas posiciones públicas, pero nada más lejos de la realidad. Les narro el proceso impersonal que sea aplica a los votantes en momentos de ejercer su derecho al voto:

  Me presento en el lugar con la dirección indicada por mi tarjeta de votante. No es privado pues se sabe que iré obligatoriamente a votar allí y no a otro lugar.

   En una de las mesas de presentación está un empleado de las elecciones con listas en frente, donde después de identificarme con mi tarjeta de votante y mi licencia de conducir, me busca en la lista donde está mi nombre y datos personales, allí me hace firmar que me entregan una boleta para votar. Mi firma no hace privada esa entrega, donde aparece un número de serie que encaja en mis datos, en caso de que alguien desee conocer mi información personal.

   Salgo con boletas (s) en mano. En esta última elección me entregaron cinco largas  cartulinas llenas de datos a escoger por ambos lados.

   Voy al cubículo donde votaré, marcando un llenado de óvulos en tinta negra, aprobando cada caso. Esto toma algún tiempo ya que es mucho a leer y decidir, cuando se tratan numerosas enmiendas como fue este último caso.

   Una vez terminado el proceso de marcar los puntos en que estuve o no  de acuerdo en apoyar, devuelvo los tarjetones a un empleado presente donde y cuando este me lleva ante una máquina que se traga las boletas una a una y que supone que contará mis votos.

   Me dan una pegatina para el pecho donde dice que yo voté. Así salgo orondo de haber cumplido con mi  derecho ciudadano. Pero he dejado una estela de datos míos donde expreso mis secretos en cuanto al voto directo (no secreto) que se podría hacer público en cualquier momento que se requiera. Así son las cosas amigos, ni privadas ni secretas.

   Les habló, Roberto Solís Ávila