Una ola de racismo contra hispanos, negros  y judíos es el arma que ha esgrimido la extrema derecha norteamericana para apoderarse  del tradicional  Partido Republicano  de Estados Unidos amenazando con ello el balanceado sistema político de la nación norteña que hasta la presidencia  de Donald Trump,  en él  no era posible  ganar elecciones  desde  posiciones extremistas, ya fueran estas   de izquierda  o de derecha.

Una situación bien incomoda  tienen en estos momentos  los judíos  norteamericanos,  puesto  que si bien  por  una parte saludan la posición de la Casa Blanca  con respecto al  Estado  de Israel, trasladando la  embajada  de Estados Unidos  de  la ciudad  de Tel-Aviv  a Jerusalén, por la  otra no son  pocos los que piensan que la retórica extremista de corte ultranacionalista en los  discursos  del Presidente Trump, es la que  ha sacado a flor  de piel un antisemitismo visceral  que  se ha mantenido latente- aunque escondido-  en ciertos  sectores   de la población blanca  norteamericana  de origen europeo. Es el  nazismo disfrazado de “América Primero”.

El presidente Trump también  tiene un dilema  ante sí.  El  de continuar  con su discurso  nacionalista extremo  para complacer  a la base “trumpista” anti-hispana, anti-negra  y antisemita que le  apoya,  lo llevará  a buscarse  el  rechazo  de  toda  la comunidad judía  norteamericana que se siente amenazada por  esos  brotes  de extremismo racista.  O por  el  contrario el Presidente  cambia su discurso  para  encausar  su gobierno por  el  camino tradicional  de la política norteamericana  en el que  era tabú  y “políticamente incorrecto” utilizar el  racismo como arma  para obtener votos y ganar elecciones.

Los judíos  norteamericanos  por su parte también se encuentran  en un dilema que es el  de  tomar posición política  en su país- que es Estados Unidos-  mirando  solo hacia  Israel  o por el  contrario deciden su posición política  teniendo   bien  en cuenta  los  intereses  de  la  democracia norteamericana en la que sus valores  fundamentales están en peligro, amenazados  por  un nacionalismo  extremista que  se manifiesta ahora , primero contra  los  hispanos,  después contra los  negros,  pero  que al final  de cuentas  también alcanza a los  judíos que han sido a través  de la historia, en la Inquisición primero  y en la Alemana  Nazi después, los que han pagado  bien caro   con sus vidas las consecuencias  de la intolerancia racista.

Se dice que el voto  judío  es un voto de calidad porque  detrás  de él  hay toda una elite,  bien intelectual o  de dinero que va más allá  de su peso político  electoral. El dilema  es tanto  para Donald Trump  como  para los  judíos  norteamericanos.

La suerte  está echada y el  que se equivoque,  pierde. Y pierde  para siempre porque en esta encrucijada, tanto para uno como para los  otros no  hay segunda vuelta.

Y hasta  la próxima entrega de El  Duende que con  mi gallo me voy cantado a mi tumba fría. Bambarambay.