En el sistema capitalista lo fundamental para empresarios y comerciantes es tratar de hacerse ricos a expensas de la mayoría de la población y una de las artimañas realizadas en los últimos tiempos es la llamada obsolescencia programada que consiste en confeccionar productos con una vida limitada.

Este concepto comenzó a tener sus primeros impulsos en Estados Unidos hace 80 años cuando en una revista se publicó un artículo donde se planteaba que “el producto que no se estropea es un problema para los negocios”.

Cuatro años más tarde, en 1932, Bernard London, un promotor inmobiliario, fue el creador del término al proponer reactivar la economía estadounidense en un texto denominado “acabar con la depresión a través de la obsolescencia planificada”. Su formula consistía en que los productos usados durante un tiempo se entregaran a la administración para eliminarlos y a quiénes no lo hiciera se les aplicara un impuesto.

En los años 50, Clifor Brook Stevens diseñador industrial, definió más detalladamente el concepto: La obsolescencia planificada consiste en introducir en el comprador un deseo un poco más nuevo o mejor o antes de lo necesario.

Pero ya fue en las décadas del 1970-1980, con el gran auge y concentración de capitales de los consorcios internacionales que se impulsaron las producciones de útiles y equipos con vidas limitadas.

Si en años anteriores un refrigerador, un televisor o un simple bombillo eléctrico podrían durar 20, 15 o 2 años respectivamente, con las nuevas adaptaciones se les programaba entre 40 % y 30 % menor.

Varios analistas del tema definen la obsolescencia programada como la planificación o programación del fin de la vida útil de un producto o servicio el cual, tras un período de tiempo calculado de antemano por el fabricante, se torna obsoleto, no funcional, inútil o inservible.

Según la ONU, por este motivo se generan unos 50 millones de toneladas de residuos electrónicos al año lo que suelen acabar en grandes vertederos ubicados en países en vías de desarrollo en Asia y África porque las compañías transnacionales no están autorizadas a depositarlos en terrenos de naciones desarrolladas, por el gran daño que provocan al medio ambiente y a los humanos.

Benito Muros, presidente de la fundación FENISS (Energía e Innovación Sostenible sin Obsolescencia Programada), quien lleva 20 años investigando este tema, en entrevista con BBC Mundo señaló que “nos enseñan a consumir, a conjugar el verbo tener en lugar del verbo dar”.

Seguidamente Muros explicó que la falta de concientización sumada a la práctica de las empresas de acortar intencionalmente la vida de sus productos (la llamada obsolescencia programada o planificada) plantea un gravísimo problema a nivel medioambiental y social pues se generan toneladas de basura electrónica y “se fomenta la desigualdad en el mundo al permitir que se acumule la riqueza en manos de bancos y grandes corporaciones”.

En nuestros tiempos esta injusta práctica ha penetrado en casi todo el comercio masivo, debido a que las industrias las han extendido con el objetivo de incrementar el flujo de sus ganancias y asegurarse consumidores perpetuos pues cada producto tiene un tiempo de vida o de utilidad programado artificialmente para que no duren mucho y sean reemplazados por otros nuevos.

La cadena venezolana Telesur explica que la caducidad planificada resultó ser una eficaz fórmula para dar salida a los productos excedentes de las empresas, continuar el ciclo de acumulación y se convirtió en la palanca que activó la compra y el crédito.  

La falsedad llega al extremo de que al diseñar la vida útil de un producto hasta se le incorpora un dispositivo interno para acabar con éste.

Por ejemplo, el especialista Benito Muros explicó que un celular sin obsolescencia programada duraría de 10 a 12 años en lo que respecta a la mecánica y electrónica y en cuanto al software su vida útil sería de entre seis y ocho años, si se diseñara para que incorporara ciertos avances en materia de tecnológica que no lo dejen desactualizado,

Pero los fabricantes los programan para un poco más de dos años. Datos de la Organización No Gubernamental Greenpeace, indican que en 2015 más de 3 000 millones de personas tenía un smartphone y se estima que en 2020 la cifra ascenderá a 6 000 millones, más del 70 % de la población global.  

Aquí aparece la obsolescencia indirecta: podrías reparar un producto averiado para que continúe siendo útil por otro período de tiempo pero desde un punto de vista económico no merece la pena. La solución capitalista es lanzar nuevos productos cada año y propagandizarlos como el mejor. En la actualidad el 75 % de los dispositivos móviles más vendibles son difíciles o imposibles de reparar.

En los equipos Iphone actúa la obsolescencia por incompatibilidad en el software pues cuando se trata de introducir una actualización, éste deja de funcionar porque ya no es compatible. También está la obsolescencia psicológica que debido a las campañas publicitarias te hacen creer que tu equipo es viejo y te impulsan a adquirir uno más nuevo que incorpora lo último de la moda.

De esa forma adaptan a las personas al consumo compulsivo, impulsando la sociedad del derroche con pingües ganancias para el gran capital, las transnacionales e ingenieros y diseñadores que falsean los productos. Habló para Radio Miami, Hedelberto López Blanch.