Debo pensar que el señor John Bolton, Asesor de Seguridad Nacional del presidente Trump, posee información clasificada de la CIA sobre planes de un desembarco comando de más de cien divisiones de Tropas Especiales y de la Milicia Nacional Revolucionaria que se apoderarían del Gobernment Center, proclamarían la República Autónoma Socialista de Miami y un reactivado ministerio de Recuperación de Bienes Malversados investigaría el enriquecimiento de muchos políticos.

    Es que lo de los medios en Miami y lo de políticos en Washington con Cuba solo se compara a un esquizoide delirio político. De ahí el bloqueo de sesenta años, único por su largor en la historia universal. De ahí tanta tontera y adulteración de la realidad que repite Miami. De ahí la soberana estupidez de señalar a la Isla como peligro para la seguridad de Estados Unidos, como recientemente afirmó el señor Bolton

    Tiempos atrás, algo similar ocurrió en España. Alguien parecido al señor Boltón y figura destacada de la política colonial española de la segunda mitad del siglo XIX, Antonio Cánovas del Castillo, llegó a afirmar que “la criminal rebeldía de los cubanos no es una cuestión de orden político (…) es una cuestión nacional a la que está ligada para siempre la vida y la honra de España.”

      Delirio que Estados Unidos copia de aquella España del siglo antepasado y que demente se hizo a partir de la administración del presidente Eisenhower al triunfo de la Revolución Cubana. Toca turno a la administración de Trump y suman ya doce los inquilinos de la Casa Blanca con tal demencia, solo inteligentemente atenuada cuando Carter y Obama. Pero al menos en la España del Quijote levantó la voz un político e intelectual, referente obligado en la tradición democrática de la nación, Francisco Pi y Margall, quien señaló a su gobierno lo que ningún político estadounidense se ha atrevido a expresar con claridad: “No hemos podido vencer a los cubanos con 200 mil hombres porque (…) pelean por su independencia. Los mueve y los exalta un ideal y nosotros no tenemos ninguno.”

     Y Washington, carente de Quijotes y cautivo de la política imperial de la que avisó José Martí, encubre sus bajas ambiciones exigiendo a Cuba que copie su cacareado modelo, el mismo de otras naciones de la región donde prevalecen las más notorias desigualdades sociales. Veamos sólo los tres ejemplos, en Honduras, El Salvador y Guatemala. Modelos ideales para Washington porque en parte cada cuatro o cinco años repiten unas elecciones que llaman democráticas y que en realidad las pervierte el dinero. Jugoso modelo para los ricos, no para niños limpiabotas o para los que cuando el semáforo pone la roja se lanzan entre los autos a limpiar parabrisas, aunque a muchos el brazo no les alcanza para alcanzar la parte superior del cristal. Niños sin atención médica, sin educación garantizada y con padres con empleos, si lo tienen, que no les permiten siempre llevar la canasta básica a los hogares mientras que bandas criminales los aterrorizan y temen por la vida y el futuro de sus familia.

    Si no fuera así e independientemente de quién la organizara, ¿qué fuerza ha impulsado a esas caravanas de miles y miles de personas, mujeres con bebés en coches o en brazo, niños que agotados se desmayan, de tullidos que cojean apoyados en muletas, infelices que marchan hacia el país más rico del mundo con la esperanza de poder vivir algo mejor, aun sabiendo que en la frontera encontrarán un ejército en zafarrancho de combate al que el presidente de esa gran nación, electo en una de esos comicios de cada cuatro años, ha ordenado que si les tiran piedras que respondan a bala?

    Contraste más que curioso con la forma en que han tratado a los cubanos desde 1959, a quienes se han  incitado a emigrar, les han abierto las puertas y cuando arriban hasta los llevan como héroes a la televisión y al año y un día los hace residentes permanentes, sin haber permanecido ni una sola hora como ilegales.

    Y no son escasos los que arriban con títulos universitarios, pues en su Isla la educación es gratuita en todos sus niveles y ser médico, abogado o matemático-cibernético solo requiere del ánimo de querer estudiar, sin que sus padres desembolsen un centavo. La seguridad ciudadana es plena, sin secuestros ni jefes al estilo de los Pablo Escobar o los Chapo Guzmán. Sin pandillas que aterrorizan a los vecinos y cobran el barato a los comerciantes. Y como la salud es un derecho de todos, no es necesario presenciar anuncios en televisión que dan grima –sobre todo en el país más rico del mundo–, donde tristes criaturas con cáncer y otros graves padecimientos lloriquean centavos para los hospitales donde pueden ser atendidos.

    Por eso Cuba no gusta  y se inventa que resulta un peligro para el sistema que gusta a políticos estadounidenses. Peligro que en realidad existe, pero no en el terreno de la seguridad nacional, sino en el social, en el humano, en lo cristiano. Y no solo ha sido con Cuba. También en intentos más débiles de justicia social. Con Lula, con Correa, con Ortega, con Chávez.  Vean como los cañones truenan contra Evo Morales y ya los engrasan contra López Obrador.

    Ahora mismo un neonazi que goza del beneplácito de Washington es electo en Brasil y una de sus primeras medidas fue eliminar la ayuda médica cubana a los más pobres, acto inhumano del que no hay que asombrarse. Jair Bolsonaro ya había mostrado su alma al expresar que “los negros más flacos pesan 175 libras y no hacen nada, que ni para procrear sirven.”  También ha dicho: “Estoy a favor de la tortura y el pueblo también lo está.” Y más: “No emplearé hombres y mujeres con el mismo salario, aunque hay mujeres competentes.” Y refiriéndose a los partidos políticos vociferó: “Si se quieren quedar aquí se van a tener que poner bajo la ley de nosotros. Se van fuera del país o van para la cárcel, porque esos marginales rojos serán proscritos de nuestra patria.”      

    ¿Qué más esperar? Por eso Bolsonaro resulta buen amigo de Trump. Será que ambos gustan de los principios del Mein Kampf y consideran “raza inferior” a indígenas y gente pobre y no les importa que 40 millones de brasileños queden sin atención médica.

    Y si eso no es criminal y esquizofrénica política, que baje Jesucristo y lo contradiga.

    A Cuba la sustenta lo que dijo Pi y Margall. Posee un ideal. Un ideal que la exalta. Por su parte, en Miami, y diga lo que le diga su admirado señor Bolton, es hora de dejar atrás el odio, relajarse, hacer yoga, curarse de tan prolongado delirio esquizoide. En definitiva, a los comandos cubanos no les interesa tomar el Government Center y, por tanto, el Condado Dade seguirá libre de investigadores de Recuperación de Bienes Malversados.

    Les habló, para Radio Miami, Nicolás Pérez Delgado.