Las vanguardias políticas no son electas ni se designan, tampoco se autodefinen como tales. Se trata de entidades hijas de circunstancias especiales, caracterizadas por el pensamiento avanzado y la audacia política, que a partir de interpretar las necesidades de una época, ejercen un liderazgo temporal.

Durante ciertas etapas de las luchas populares, las vanguardias encabezan al pueblo, lo orientan y lo conducen, y modificadas las circunstancias, atienden sus demandas. En una parte del camino halan a las mayorías y en otras son empujadas por ellas. La presunción que las vanguardias son demiurgos vigentes para siempre es infundada.

Las tareas de las vanguardias revolucionarias pueden ser trascendentales, aunque siempre son transitorias. Su vigencia funciona en el cumplimiento de las tareas históricas que recabaron su presencia, las que no asuman tal imperativo, y se empeñan en una vigencia extemporánea, suelen terminar mal.

Con sutileza los prohombres que lideraron la independencia de las 13 colonias de Norteamérica y protagonizaron la fundación de la primera república moderna, aunque individualmente se mantuvieron activos y de hecho gobernaron el país durante 28 años, dieron paso al costado para que el espacio político fuera ocupado por las instituciones. Eso explica porque que en Estados Unidos nunca hubo un caudillo.

No ocurrió así en Latinoamérica, a pesar de esa experiencia que precedió 30 años a las luchas por la independencia, donde las cohortes que rodeaban a los libertadores, se sumaron para formar las oligarquías constituidas por militares, latifundistas, y el clero, que asumieron las repúblicas como botín. De los luchadores por la independencia latinoamericana surgieron algunos próceres y demasiados sátrapas.      

Aunque con menos éxitos que sus vecinos, la Revolución Mexicana de 1910 sustituyó a los caudillos por una institucionalidad fundada en la legalidad, que ha persistido. La constitución de 1917 ha estado vigente por más de 100 años, durante los cuales, aunque con déficits, la democracia ha logrado una estabilidad institucional que ha permitido momentos estelares como los del general Cárdenas, y ampara promesas como las Manuel López Obrador.

En Cuba, Fidel Castro tuvo la lucidez de evitar que el Movimiento 26 de Julio trascendiera el cometido histórico de la lucha contra la dictadura de Batista, y en lugar de convertirse en partido político, se subsumió en una unidad política nacional, que dio lugar a una nueva fuerza a cargo de conducir la construcción del socialismo.    

Entre los problemas de la izquierda marxista liderada por la Unión Soviética figura haberse afiliado a un desmesurado, abstracto, y excesivamente distante programa, que obligó a la vanguardia política, diseñada para conducir la lucha por el poder, a ejercer un liderazgo indefinido, lo cual trazó una deriva que fatalmente condujo al autoritarismo.

En ninguno de los países del socialismo real se desarrolló la democracia, porque esta supone mínimos de pluralidad, separación de poderes, y espacios para diversidad de enfoques en el ejercicio del poder, cualidad imposible cuando al monopolio político se suma el económico, social, cultural, y científico. La pretensión de regir la totalidad de la vida social desde el gobierno y la producción hasta el entretenimiento conduce a excesos.

 Empeñada en perfeccionar sus esquemas económicos, estructuras estatales, y su modelo político, que no son dogmas grabados en piedra, como mínimo Cuba podría considerar esas experiencias. El momento es ahora. Allá nos vemos.